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MADRID, L U N E S 29 DE ABRIL D E 1907. S Í U M E R O E) CTR f 0 C É N T I M O S 1 m amumm vmm ¿mt m a s a s CRÓNICA U N I V E R SAL I L U S T R A D A AÑO IIL N Ü M 694. m 2. É P O C A mmmiii ammsm MADRiü. J KAí KU c u m j c u ESCENA FINAL DEL SEGUNDO CUADRO DE LA ZARZUELA LA HOSTERÍA DEL LAUREL: OLAVIDE (SR. ONTÍVEROS) ¡Cielos! -la campana de Huesca! ESTRENADA CON GRAN ÉXITO Fot. A B C EN EL P R E S E N T E NUM. EXTRAORDINARIO Incluimos el suplemento ilustrado de ocho páginas L A M U J E R Y L A C A S A que deben exigir iodos nuestros suscriplores y compradores. PRECIO: DIEZ CÉNTIMOS EN T O D A E S P A Ñ A m B a i K H B C EN S O M O R R O S T R O POR j M. SALAVERRIA T AS H U E L G A S Kl hospitaLde Gallarta es i un edificio l a r g o todo blanco, puesto en la cumbre de una colina en forma panorámica; más que hospital parece convento, uno de esos plácidos conventos de monjas que buscan los lugares serenos y solitarios, llenos de sol y de olvido; frente al hospital hay tinas huertas, unos jardinillos, un estanque, un ciprés obscuro y alto que hace las veces de campanil. Aquí, en la soledad de este refugio piadoso, es donde confortaremos nuestros cuerpos cansados con un ágape campesino. El médico subalterno del hospital es quien hará los honores de la mesa. ¿Quiénes este médico... Vosotros, lectores de las ciudades, que andáis entre cosas y seres naturales, normales y adocenados, que vais de un café á un casino y de una oficina á un palacio, vosotros, lectores, os figuráis que el mundo es una acotada llanura en donde no crecen más que plantas vulgares y conocidas; ignoráis que el mundo está lleno de abismos y sinuosidades, que el mundo tiene rincones y sorpresas maravillosas, y que, finalmente, en el mundo existe una serie de hombres raros que huyen, por la misma condición de su rareza, de las ciudades y de los sitios acotados; hombres extraños, originales, que buscan los rincones de los pueblos, las playas apartadas, y que siendo muy sabios y muy idóneos desprecian la vanidad del mtindo conocido y vejetan tranquilamente, á solas con su manía, aguardando el momento de morir. MI médico de Gallarta es uno de estos hombres originales: su vida podría compararse á la de un anacoreta; sus sentimientos son los mismos que los de un cristiano primitivo; su rostro, que empieza á encanecer, tiene un gesto de candor, mezclado con ternura, con un poco de la fijeza inteligente del hombre culto, y sus ojos, de procedencia gallega, tienen aquella mansa dulzura de los paisajes del Miño. PiKs este amable médico nos conduce á su biblioteca y nos muestra la mesa del banquete. ¿Qué diréis que he visto en esta biblioteca de un médico? ¿Acaso el busto de Galeno, ó unos frascos hediondos, ó unos librados de empalagosa ciencia esparcidos por la mesa de trabajo? Nada tan lejos de la verdad. El primer libro que sorprenden mis ojos es un tomo de versos de Santa Teresa de Jesús, y el segundo libro es un volumen francés que trata de los místicos españoles, desde Chaide á San J u a n de la Cruz... Y en lugar del busto de Galeno, ¡oh, pasmo de mis ojos! veo un busto del dios Buda- -un dios que tiene los ojos cerrados, como quien ha alcanzado á ver los más recónditos del ser interior, según la doctrina búdica, y que tiene los labios plegados, las comisuras hacia arriba y un gesto de suprema y sonríen te beatitud, como aquel que ha matado el deseo y vuela ligero más allá todavía, mucho más allá del Nirvana... Hablamos, mientras comemos, de todas las cosas y de todos los hombres. Y de este cambio de impre. siones saco yo- un recuento de datos, que ahora procuraré comunicar á los lectores por lo que tienen de curiosos y por lo que puedan servir á la historia de unas minas tan famosas y de tan tristes recuerdos. Las minas de Somorrostro eran explotadas desde mucho tiempo atrás, por medios primitivos y con éxito mediano; pero al acabarse la guerra civil, ante la demanda de los mercados y las facilidades de la locomoción, vino la verdadera fiebre explotadora que creó en uti momento fortunas fabulosas, pueblos nuevos, líneas férreas, escuadras de navios, e c. Entonces se reclutaba el personal obrero entre la misma gente vascongada; vino después la filoxera, el hambre despidió á los bracerps del interior de la Península, acudieron también verdaderas muchedumbres de gallegos y leoneses, y las minas se convirtieron en un campo revuelto adonde convergían las gentes de toda España. Las relaciones entre el capital y el trabajo fueron entonces muy duras; los propietarios de las minas, como los grandes terratenientes andaluces, apenas si visitaban sus minas, encomendando su explotación á los contratistas, que son los legítimos enemigos del bracero; y, claro es, que habiendo por un lado la codicia inhumana, fría y sórdida de los contratistas, y por otro lado la inconsistencia y heterogeneidad de la masa obrera, las relaciones de amos y siervos tenían que adoptar ttn carácter de rencor reconcentrado que cualquier día necesitaba estallar. Y estalló, efectivamente, en aqviellas célebres huelgas, que tuvieron la virtud de alarmar á Bilbao, á Madrid y á toda España. La trayectoria de aquellas primeras huelgas tuvo un carácter muy curioso, por su sencillez y por lo bien que se amoldaba á las condiciones de la fuerza rebelde. Los obreros, como queda dicho, formaban un conjunto heterogéneo compuesto de todas las procedencias, de todas las ignorancias y de todos los sentimientos de odio; necesitaban los obreros rebelarse y no acertaban cónio hacerlo; querían bajar al llano, vengarse y destrozar á sus enemigos, y no podían organizarse bajo un régimen estratégico; pero como el impulso estaba dado, ya no podían detenerse, y obraban como las aguas de un torrente que se ven forzadas áespandir- se por la tierra baja. En efecto, la iniciación y LA BOTADURA DEL ACORAZADO ROMA. SPEZIA. ASPECTO DE LA PARTE DE LOS ASTILLEROS DPUTINAOA A l- OS INVÍTADOS A PRESENCIAR LA BOTADURA F t. Croce. fin del movimiento de aquellas primeras iiuelgas, parecían una obra inconsciente de la ÍN aturaleza, más que obra de hombres. Los obreros de la parte arte se rebelaron, cayeron sobre las minas próximas y las obligaron á parar; se engrosó el torrente, fué cayendo por las laderas y recogiendo el contingente de las mina bajas, y al fin, cuando la masa obrera formaI: u un ejército de 5.000 hombres indignados bajó por la angustura del monte, por un barrarico, lo mismo que un torrente aselador, y cayó en el valle de Ortuella. Aquí esperaban al torrente 17 guardias civiles, los cuales, por culpa de su imprevisión, no supieron mantenerse á distancia y contener la ola que bajaba del monte, sino que se dejaron rodear por las aguas; y he aquí un puñado de guardias envueltos por la turba, incapacitados para defenderse, expuestos á un peligro inminente. Por fortuna para ellos, en aquel preciso instante llegaba un tren lleno de soldados, cuyo capitán, más prudente que los guardias, mandó, parar el tren á distancia de medio, kilómetro, esparció la tropa en guerrilla, avanzó y dio orden al corneta de que tocara un punto de atención. Aquello fué como un relámpago... Cinco mil hombres robustos, llenos de odio y envalentonados poco antes, eu oyendo la corneta se dispersaron, se diseminaron, se desvanecieron por la montaña, dejando á los 17 guardias civiles en el mismo lugar, dueños del campo. Aquella primitiva estrategia de las huelgas fué rectificada luego: comprendían los obreros que nunca podrían avanzar un paso si se empeñaban en formar masas nutridas, y en lo sucesivo acordaron distribuirse en pequeñas porciones y bajar por distintos lados á los puntos de ataque, que son las fábricas del río y las calles de Bilbao. ¿Las consecuencias de estás huelgas... Primero, el pánico en la ciudad; después, el paro de algunas fábricas, con grandes perjuicios de tiempo y dinero; por último, el hambre entre los huelguistas, unos cuantos heridos y dos ó tres muertos en cada batalla. Pero el tiempo no transcurre en vano: la mayor justicia que cada año aporta á la sociedad, el mutuo interés de amos y criados, los consej o s de la experiencia, todo contribuye á que la vida del minero sea cada día más soportable. Antes, los contratistas y capataces obligaban á los obreros á vivir en barracones inmundos, á dormir como esclavos y á comer á un precio fijo; ahora viven donde quieren, duermen donde íes gusta, comen de lo que pueden. Su jornal oscila entre las tres pesetas, que ganan los braceros, y cuatro ó cinco que ganan los barrenadores. Se ha fundado el hospital de Gallarta, cuyo director, el Sr. Areilza, y su médico habitual, el Sr. Fidalgo, cuidan por introducir la higiene á toda costa y estirpar, como ya lo han conseguido, toda clase de epidemias en la población proletaria. Hay otro hospital en La Arboleda y u n asilo para los muchachos de obreros. Y hay un poco de mayor piedad, algo como un deseo de conciliar las almas de esos dos terribles y fatales adversarios, trabajo y capital. Sin embargo; para Mayo se está preparando otra huelga. ¿Una huelga más? ¿Unos nuevos atropellos? ¿Nuevas violencias? ¿Nueva sangre... Pero mientras yo me ocupo en lanzar estas ftiffjfjiiMItiiiÉ MMfff