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NUMERO 691 A B C. V I E R N E S 26 D E ABRIL D E ¡907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 6 1 4 UNA FIESTA DE CARIDAD EN EL ALCÁZAR DE SEVILLA BAILE ORGANIZADO POR LA ASOCIACIÓN SEVILLANA DE CARIDAD EN LOS JARDINES DEL ALCÁZAR Fot. Barrera. AvTRÁVES J- Algo por el estilo ocurre en España con los medida de higiene, tener bigote. A lo sumo se Fue preciso la caída del Imperio para que ios Tn a militares franceses hiciesen de su capa un sayo y e toreros. Dejar, que. crezca ún. mechón de pelo les toleraba la sotabarba. FRON TPT A parte posterior de la cabeza y rasurarse A los húsares no seles toleró ese ornamento de su labio superior lo que les viniese en gana. 1 I X v l X I í l t el de la- parte anterior, es incomprensible. hasta 1792. Sólo á los dragones se les reconoLos carabineros franceses son los que han PUESTION PELIAGUDA Resulta que los c a m a r e r o s de los cafés de París han conseguido con la huelga una cosa importante, por lo menos: el derecho á usar bigote. ¡Ahí es nada! La verdad es que no había razón para que el hombre que servía en un café tuviese que prescindir del bigote. Pero, en fin, nuestra gente de coleta hace cía y respetaba ese privilegio. De las tropas de línea, sólo á los granaderos esto voluntariamente. El afeite de los camareros en París era obli- carabineros y, otras fuerzas escogidas, se les gatorio. Revocar esa disposición arbitraria ha permitía la moustache. sido un triunfo para el gremio. Pero cuando Iyuis Napoleón, presidente de Y á este propósito recuerdan los eruditos la República, autorizó el uso del bigote á tofranceses en materia cabelliida que hasta 187 c j das las compañías, se lo prohibió, en cambio, lbs marinos de aquella nación no podían, por á la Guardia imperial. demostrado más afición al bigote. En esto se parecen á los españoles, que han motivado la frase popular de -más bigotes fue un carabinero La moda inglesa ha impuesto, entre la gente de buen tono, la supresión del bigote. Jactémonos de ser imitados en algo por la soberbia Albión. BIBLIOTECA DE A B C Í. AS DOS BARONESAS 71 ¡Gracias, mi antiguo amigo... ¡Gracias ppr u n a prontitud, de la cual no dudaba... ¡Una g r a n desgracia nos sucede! -Lo sé. todo, querida señora; Mr. de Nerville me h a contado la catástrofe. -Es espantosa, ¿no es verdad? ¡Espantosa, sí, esa es la palabra... Ah, la fatalidad os hiere bien cruelmente! -Sin contar con que las consecuencias de este golpe pueden ser tan terribles como el golpe. mismo... ¿Qué queréis decir? -Doctor, hacedme el favor de tomar asiento... Antes de llevaros j u n t o á m i hijo tengo que hablaros. -Estoy á vuestras órdenes, querida señora. J o r g e hizo un movimiento para retirarse. -No, no, quédate- -le dijo la baronesa; -lo que yo quiero preguntar al doct o r te interesa. tanto como á mí. -Mr. de Nerville no tenía empeño n i n g u n o en alejarse; al contrario, tornó asiento al lado de su tía. Esta parecía fuera de sí; violenta agitación leíase en su semolante. -Querido doctor- -comenzó á decir: -hace treinta años que sois el médico y el amigo de nuestra casa. No tenemos secretos p a r a r o s Conocíais nuestros reveses de fortuna y la razón del casamiento contraído por mi hijo, pues sólo la imperiosa necesidad explica y justifica, alianza tan desigual. La unión de M a x con Mlle. Desfontaines, nos devolvió los millones perdidos por mi marido en insensatas especulaciones... L a viuda del banquero Desfontaines vivía todavía en aquella época, y vos sabéis tan bien como yo, puesto que fuisteis testigo, con qué tesón sostuvo las cláusulas del contrato extendido por su notario, y que el nuestro n o pudo modificar. -Sí, me acuerdo perfeetamente. El régimen dotal h a sido impuesto; el barón Max está, investido de la administración de la renta; pero sin poder tocar al capital, y si llegase á morir, os veríais reducida á recibir de su viuda u n a r e n t a vitalicia de 6.000 libras. -Que unida á lo poco que me queda, subirían mis rentas á la mezquina cantidad de 10.000 francos... ¡La miseria p a r a mil -Admitiendo que la viuda de vuestro hijo quisiese atenerse estrictamente al contrato. -Se atendría, no lo dudéis; pues me detesta. Muerto Max, ella me arrojaría de esta casa, que es suya... No ama á mi hijo... No le h a amado nunca... ¡Al casarse con él qttiso ser baronesa, y h e ahí todo! Dejará pasar el término legal impuesto á la viuda, y se volverá á casar. Mi nuera no tiene ni corazón ni alma; hipocresía y doblez hacen el fondo de su carácter... Pero, detesto la maledicencia y no quiero ocuparme de esta mujer más que para modificar, si es posible, el porvenir, que me espanta. Ahora bien, yo no soy la única amenazada. Max pasa á su primo Jorge de Nerville u n a pensión, de sus rentas. Esta pensión se extinguiría con él, y mi sobrino se quedaría sin recursos. Ya veis, querido doctor, q u e al salvar á mi hijo, llenaríais dós deberes, puesto que salvaríais al mismo tiempo de la miseria á v u e s t r a a n t i g u a amiga y al p a riente más cercano del barón. Piedagniel t muy confuso, murmuró: -Ciertamente, yo me alegraría... pero el caso es grave... muy grave... Ex cesivamente grave... ¿Queréis decir que es imposible la curación de Max? -exclamó la viuda palideciendo. La mordedura de tin perro rabioso es mortal; eso lo sabe todo el mundo. -El médico que ha prestado los primeros auxilios á mi hijo, afirma lo contrario; sostiene que el barón vivirá. -Afirmación de ignorante, ó mentira de interesado explotador... Lo que queráis. -Pero entonces, ¿Max está perdido? -A no ser por un milagro, lo temo. ¡Pues bien, es necesario hacer este milagro! Es necesario curar á mi hijo. Sis necesario, por lo menos, que vívalo bastante para salvar á su madre. ¿Y cómo os había de salvar? -preguntó Piedagniel muy intrigado. -Haciendo lo que hasta hoy ha rehusado hacer... La viuda del banquero ya no está ahí para impedir á mi nuera que ceda á las solicitudes de su marido. En los términos de su contrato de boda, debe, en el caso de la muerte de su marido, pasarme una renta... Max obtendrá fácilmente que ella quintuplique la cantidad de esta renta. -Querida señora- -hizo observar el doctor, -no se puede modificar un contrato de boda. -Lo sé; pero una mujer dueña de sus bienes puede disponer á su voluntad de todo ó de una parte, y formar compromisos. Jorge de. Nerville escuchaba á su tía sin decir una palabra. Al oir estas últimas, hizo un gesto cuya significación era clara. La idea emitida por la baronesa viuda no era de su gusto, y podemos traducir su pensamiento por estas palabras: -Pero, ¡diablo! eso sería aminorar la fortuna de Leonida, y yo la quiero toda entera... Mad. de Treves no reparó en este juego de fisonomía, y prosiguió: ¿Habéis comprendido, doctor? Es menester llamar en vuestra ayuda á todos los recursos de la ciencia, y curar á mi hijo, ó por lo menos, prolongar su vida... Este médico, Mr. Luciano d Harblay, afirma que se puede sacar á Max de este mal. paso, y parece de buena fe; pero sólo en vos tengo confianza... Sólo vos debéis asistir y curar al barón... Sólo vos debéis mandar aquí... Vuestro primer cuidado será, sin duda, alzar la consigna impuesta por 111011 sieur d Harblay, y que me hace tan desgraciada. ¿De qué consigna se trata? -Me prohiben entrar en el cuarto de mi hijo, verle y hablarle... ¡Absurdo! -exclamó Piedagniel levantándose. ¡Absurdo y odioso! -Nadie, excepto el ayuda de cámara y una enfermera elegida por monsieur d Harblay debe acercarse al herido. ¡Pondremos orden á todo eso, querida señora... Voy á ver al señor barón... ¿Permitiréis que os acompañe? ¡Ciertamente! y Mr. de Nerville y Mad. Leonida de Treves. -Es inútil advertir á mi nuera- -dijo vivamente la baronesa- -Corno gustéis; venid, señora.