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NUMERO 690 A B C. JUEVES 25 DE ABRIL DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i PAGINA 6 LA EXPOSICIÓN DÉ SPORTS EN BERLÍN EL KRONPR 1 NZ (X) Y SU ESPOSA VISITANDO LAS INSTALACIONES AL INAUGURAR EL CERTAMEN Fot. Berliner Ittustratiotis. NOTAS PARISIENSES J emos entrado en la época del año en que París se convierte en la gran hospedería del mundo. Aventurad un paseo por calles y bulevares; visitad, si la huelga os lo permite, los cafés, esos salones de la democracia como los llamó Gambetta; asistid al teatro ó á cualquier lugar público, y oiréis sonoridades extrañas, conversaciones en lenguas incomprensibles y raras. Días pasados encontrábame en un teatro del bulevar, y por primera vez en mi vida dediqué unos minutos á esa complicada y curiosa ciencia que se llama estadística. Delante de mí hallábanse cuatro alemanes: dos jóvenes: parejas que, con las manos enlazadas, seguían indife- rentes el espectáculo- -luna de miel en su cuarto creciente, dije para mí. -A mi derecha tres matrimonios ingleses, con sus respectivas proles, contemplaban mudos é impasibles la escena; más allá, dos rusos consagraban los entreactos á hablar de la Duma, y en las butacas de orquesta cuatro españoles discutían en voz alta la belleza de algunas damas de los palcos. A mi espalda varios japoneses observaban silenciosos las peripecias de la opereta, y en el paseo algunos, italianos escuchaban con devota atención la partitura de la obra. Decididamente- -pensé- -los parisienses están aquí en relativa minoría. Y me acordé de la aventura de ese desgraciado periodista de tras os montes, á quien Mr. Clemenceau quiso expulsar de Francia por advertir á sus compatriotas el peligro que aquí se corre de perecer de hambre ó de morir víctima del sabotage, ese procedimiento á la moda, por el cual el honrado é inofensivo jarabe de tolú lo convierte en mortífera estricnina cualquier mancebo de botica que tenga quejas de su, patrón. Pero se conoce que á los extranjeros; no les arredran los peligros que tanto han alarmado al periodista lusitano. Y sin temor á sucumbir víctimas de un jicarazo ó de que el hambre los deje extenuados, siguen impertérritos su pere grinación anual. Entonces medité en la riqueza que perdería París él día que los extranjeros, atemorizados BIBLIOTECA DE A B C DO LAS DOS BARONESAS 67 -ConveHlacr. -Vendrás á hablar conmigo por las tardes. ¿No temes que llamen la atención tan frecuentes visitas y den lugar á comentarios? -No... Pediré á Mad. Daval, que es una buena persona, que guarde silencio respecto á nuestras entrevistas. -No digas una palabra de mi al Dr. d Harway. Ya siento haberle hablado de ti. ¡Le has hablado de mí! -exclamó Jorge sorprendido. ¡Oh! Nada más que para saber si estabas en casa de tu primo... Eso es de poca importancia... Sin duda ha olvidado ya la pregunta. -Es probable. -Si el barón se muere, ¿crees tú que la viuda dejará el chalet? -Casi estoy seguro de lo contrario. No le gusta la sociedad y nada le llama á París- -Entonces se me ocurre una idea. Para maniobrar, necesito estar en el campo de batalla. ¿No podrías tú brujulearme un pequeño comercio en Latnorlaye, en Chantúly ó en las cercanías? Con tal de vivir tranquila, no tengo empeño en que sea en París, que me daría muchos recuerdos y me forzaría demasiado, al comparar el pasado con el presente. ¿Qué te parece? -Creo que tienes razón, y voy á buscar... y voy á informarme... -Con prudencia. -Se supone. -Por otra parte, no hay prisa ninguna... Todavía tengo para cerca de un mes, según Mr. d Harblay; pero, lo repito, espero que la alegría va á acelerar mi curación. ¿No tienes nada más que decirme? -Sí, tengo que hacerte una recomendación. ¿Cuál? -No me dejes ignorar nada, absolutamente nada dé lo que pasa en el chalet de Lamorlaye. -Sabrás todo, y al por menor. -Es lo que se necesita... Entonces, hasta la vista. -Hasta la vista... ¿Necesitas algún dinero? -No, gracias... Me quedan todavía algunos luises. Mr. de Nerville estrechó la mano de Marieta, y salió. Cuando se vio sola, Marieta dio un suspiro de alivio. -Vamos- -murmuró. ¡He. aquí- un buen negocio! El porvenir está asegurado... Conozco á Jorge y cumplirá su promesa. Además, le tengo sujeto y le obligaré á hacer bien lo que debe, y aun un poco más, lo cual será muy justo, porque le serviré bien. Pretende que ama á su prima; pero, tanto como la mujer, desea la fortuna... Es preciso que se case con la viuda del barón Max, y si ella no se prestase de propia voluntad á este matrimonio, yo me encargaría de tenderle una linda trampa que haría indispensable la coyunda. Dos golpecitos que sonaron á la puerta interrumpieron este monólogo. ¡Adelante! -dijo Maneta. La criada traía la comida. La Ardilla comió con apetito. Así como lo había prometido, el doctor volvió por la tarde al chalet de Latnorlaye. Max se encontraba en un estado de completa postración, resultado del brebaje que había recetado Luciano d Harblay, que creía, según recordarán nuestros lectores, que esta postración era necesaria. Después de su visita, dio cuenta brevemente del estado del herido á la jo ven baronesa de Tréves. La viuda se negó á recibirle, bajo pretexto de que se encontraba indispuesta, y que recibiría noticias por el ayuda de cámara. A Luciano le llamó la atención que la madre del enfermo tuviese tan poco empeño en escucharle; pero supuso que estaría ofendida por haberle prohibido entrar en el cuarto de su hijo, y que le guardaría rencor. Por otra parte, le importaba muy poco. -Volveré mañana por la mañana- -dijo ai marcharse. Jorge de Nerville, de vuelta ya en el chalet á la hora de comer, se presentó en el cuarto. de su tía. Encontró sombría y silenciosa á la baronesa. Ella se contento con preguntarle si había puesto en el correo la carta de que se había encargado. La respuesta fue afirmativa, y el sobrino condujo á la Baronesa viuda al comedor. Esperaban á Leonida para sentarse á la mesa. Esta se excusó de ir. Vencida por las terribles emociones que había sufrido desde por la mañana, no se sentía con fuerzas para bajar. Ante todo, necesitaba algún descanso. -Tiene razón en librarnos hoy de su odiosa presencia... -murmuró la baronesa Germana. Y por lo bajo añadió: ¡Si el cielo fuese justo, esta mujer es la que debía haber sido mordida! ¡La que debía estar ahora en peligro! La comida fue triste y duró poco. Antes de las ocho y media, tía y sobrino entraban en sus habitaciones respectivas. A la mañana siguiente, muy temprano, un empleado del telégrafo llamó vigorosamente á la reja del chalet y entregó en manos del criado un despacho dirigido á la señora baronesa de Tréves. Una doncella llevó el telegrama á su ama, ya despierta, pero acostada todavía. La baronesa viuda rompió el sobre y leyó. El despacho estaba concebido en estos términos: Tomaré tren en París á las nueve; estaré estación Coye á las nueve y cuarenta y cinco; ruego me envíen á ms, zax. -Piedagniel. i ¡El buen doctor! -exclamó la baronesa en uña explosión de alegría. ¡En éste tendré confianza! Y añadió dirigiéndose á la doncella: -Id al cuarto de Mr. Nerville y rogadle que venga á verme sin demora. Si por casualidad hubiese salido, enviadme al cochero. -Bien, señora.