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NUMERO 689 A B C. MIÉRCOLES 24 DE ABRIL DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAGINA 6 1 -1 fVÍ i. V LA SOLEMNIDAD MILITAR DE AYER MADRID. DESFILE DE LOS RECLUTAS DE CABALLERÍA ANTE LA TRIBUNA REGIA, AL LADO DE LA CUAL PRESENCIÓ EL PASO DE LAS TROPAS S. M. EL REY Fot. Goñ! Cesión inaugural. A las doce menos cuarto, y bajo la presidencia del gobernador civil de la provincia, se abrió ayer la sesión. Después de leída por el secretario la comunicación de convocatoria y la lista de los nuevos diputados, así como los artículos 45, 46 y 4.7 de la ley Provincial, que se refieren ala constitución de la Diputación, y otros varios del re- DIPUTACIÓN PROVINCIAL glamento, pronunció un breve discurso el marqués del Vadillo. Saludó y dio la bienvenida á los nuevos diputados. Manifestó su deseo y su esperanza de que la Diputación resolverá los problemas que atañen en especial á la Beneficencia, y en general, á los intereses todos de la provincia. Declaró abierto el actual período en nombre del Gobierno, se ofreció á la Diputación para cuanto sea necesario en bien de la provincia y de la Diputación. El Sr. Benito Moreno saludó al gobernador y ofreció su apoyo- en nombre de la minoría liberal. El Sr. Pérez Calvo dio las gracias al gobernador por sus manifestaciones. Expresó su confianza de que el gobernador presida con alguna frecuencia las sesiones para que se entere bien de las necesidades de la Diputación. El marqués del Vadillo hizo algunas aclaraciones á su discurso, manifestando su creencia de que no habrá mayorías ni minorías para trabajar por el bien de la provincia. Dicno- esto abandonó el salón el gobernador, siendo acompañado hasta la puerta por el presidente interino, el secretario y muchos diputados. Después continuó la sesión y se constituyó la mesa de edad. Presidió el Sr. Sánchez (D. Simón) como de más edad, y como secretarios más jóvenes actuaron los Sres. Ramírez Tomé y Sauquillo. El presidente dirigió un saludo á los diputados que cesan y á los que los substituyen, y luego fue elegida la Comisión permanente de actas, para la cual obtuvieron mayoría los señores Marañón, Cernuda, Goitia y Ochoa. BIBLIOTECA DE A B C 62 LAS DOS BARONESAS 63 sentaba la ocasión de levantarme, de ífegar á una posición social digna del nombre que llevo; en una palabra, de llegar á ser rico y feliz... Me había enamorado de una niña encantadora, hija única de un banquero millonario... Iba á declarar mi amor y á pedir la mano de Leonida Desfontaines. Sin duda me ¡a hubiesen concedido, pues la familia soñaba con una alianza aristocrática... ¡Llegué demasiado tarde... Mi primo Max había puesto sus ojos en Leonida y se dignaba llamarla al honor de restaurar el dorado de su blasón... Habló... fue aceptado... Se casó con la que yo amaba... Se enriqueció con los millones que hubieran debido pertenecerme... ¡Todo para él! ¡Todo para él! ¡Ah, tienes razón, Marieta, no son celos solamente lo que me inspira, es odio! Jorge había hablado en voz baja, pero vibrante. Sus miradas eran espantosas. ¡Y bien! si se muere tu primo- -replicó la Ardilla, -quedarás tú enfrente de la viuda y de su fortuna. ¡Sí, de toda la fortuna! Como Max tenía reputación de pródigo, Mlle. Desfontaines fue casada bajo el régimen dotal; así, pues, volvería á tomar posesión plena y entera de sus millones, con la única carga de pasar á la baronesa viuda una renta de algunos miles de francos, estipulada en el contrato. ¿De suerte que si tú te casases con la viuda de tu primo te encontrarías á la cabeza de la repleta hucha de que goza hoy él? -Sí. ¿A cuánto asciende su renta? -Mas de doscientas mil libras. ¡Diablo, bonita suma! -Me contentaría... -dijo Jorge sonriéndose. -Mad. de Tréves ¿ama á su marido? -Le ha amado al principio de su casamiento, cuando ella podía todavía suponer que él sentía hacia ella algún amor. ¿Y hoy? -Hoy ya no le ama... Max no se tomó mucho tiempo ei trabajo de ocultarle que sólo se había casado con ella por su dinero... A fuerza de mal proceder, de palabras ofensivas, de epigramas sangrientos, de humillaciones y hasta de injurias, ha hecho morir la ternura que se desbordaba del corazón de Leonida. Ahora, sólo el deber la une á su marido. ¿La baronesa viuda detestará, sin duda, á su nuera? -Con todas sus fuerzas, y no pierde ocasión de probárselo. ¿De manera que la joven es desgraciada? ¡Cuanto es posible serlo! -De ahí resulta una situación, que tú, naturalmente, explotas en tu provecho... ¿Haces el papel de consolador? Jorge movió la cabeza. -No como, lo entiendes tú- -dijo. -Mi prima no engañará jamás á su marido. ¡Un marido de quien tiene tantos motivos de queja! ¡Quita allá! -Así es, como te lo digo... el deber reemplaza al amor. -Entonces, la baronesita es una perla que no se encuentra, -Qae no se encuentra fácilmente. ¿Has sondeado por lo menos su corazón? -He tratado de hacerlo, pero sin resultado. ¿No sabes si podrá amarte? -Me amará si se queda viuda... lo espero... pero me guardaré muy bien de preguntárselo demasiado pronto; bastaría una palabra imprudente para ponerla en completa rebelión... Aparte de toda cuestión de dinero, siento por Leonida una pasión violenta, y nada en el mundo me decidiría á confesárselo... ella no me lo perdonaría nunca. Marieta alzó los hombros. -Aseguran que el amor entontece- -dijo con una carcajada, -y, palabra de honor, principio á creerlo. ¿Por qué me dices eso? -preguntó Mr. de Nerville un poco 1 resentido. -Porque, según mi parecer, te conduces como un colegial con tu prima. ¿Qué harías tú, pues, en mi lugar? ¡Pardiez! Sería su amante esperando que, ya libre por la viudez, pudiese ser su marido... ¿Y conoces tú el medio de llegar á ese resultado? -Ese medio se puede encontrar... Ya pensaremos en ello; ocupémonos ahora de lo que yo pensaba decirte si tú respondías á- mi carta viniendo aquí... Pues, al escribirte, yo tenía un objeto. ¿Cuál? ¡Un poco ae paciencia! Tú has venido sin perder un minuto, lo cual me causa placer y me demuestra qme conservabas buen recuerdo de mí. Por mi parte, yo siento por ti el más vivo interés, y veo con pena que todavía no has encontrado la fortuna. -Poseo, precisamente, lo que poseía en otro tiempo. ¿Una pensión de doce mil francos? -Además, mesa y habitación en casa de tu primo el barón de Tréves. -Aquí, no en París, donde vivo en mi casa. -Eso es mediano, lo sé bien; pero, en fin, debes hallarte feliz si te comparas conmigo, tendida en esta cama, con la pierna rota, sin recursos en el presente, sin esperanzas para el porvenir. He pedido al médico, que me asiste que fuese conmigo franco, y hasta brutal... Me lo ha prometido y ha cumplido su palabra, afirmándome que después de mi curación quedaré coja y deforme. ¡Imposible! -exclamó Jorge. -Posible y cierto, querido. Mi vida galante se ha. concluido; tú lo comprendes. No me queda más recurso que pasar á los inválidos, pero sin pensión, sin renta, sin un cuarto... ¡Es gracioso! ¿No has ahorrado nada? ¡Ni un rábano! Nunca he tenido mucho dinero, ya lo sabes; no siendo más que una pequeña cocotte de décimaoctava dimensión, y si hubiese tenido cuatro cuartos, no los hubiera conservado... Soy derrochadora... Los luises se me escurren de entre los dedos sin que yo sepa por dónde han pasado... Además, yo no preveía la rotura... Van á vender mi mobiliario, pero como está incompletamente pagado, el tapicero pondrá oposición sobre el precio de la venta y será una gran cosa si llego á coger tres ó cuatro rail francos. ¿Estás en ese estado, mi pobre Ardilla? -Así mismo... La negra miseria... sin pan... sin asilo... con un hornillo de carbón enjperspectiva, y la Morgue por horizonte... á menos que... -Sí.