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NUMERO 684 A B C VIERNES 19 DE ABRIL DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 6 EL PENAL DE SANTOÑA LOS RECLUSOS EN EL PATIO, RODEANDO AL DIRECTOR DEL PENAL, DESPUÉS DE LA HORA DEL RANCHO nudencias, las hay que reciben un mico por toda respuesta; pero aun así, no escarmientan, y vuelven á las andadas con más ardor si cabe. Ejemplo de esto que decimos es lo ocurrido á doña Asunción López, respetable matrona de eincuenta y cinco años de edad, que entabló relaciones hace algún tiempo con el joven Antonio González, esperando, huelga la afirmación, que había de conducirla al altar en plazo breve. Es verdad que la novia contaba treinta años más que el novio, vamos, que no era una chiquilla, pero Antonio mostrábase enamorado, parecía serio, formal y, además, presentaba, entre otras garantías, la de la viudez. No ha- las citas de su amada con menos puntualidad; bía, pues, motivo para esperar una trastada, faltó algunos días con diferentes pretextos, y propia de alocados muchachuelos que, como por último, desapareció, dejando á su novia en aquel Augusto de que habla Fígaro en El po- el más amargo desconsuelo, porque tras de no brecito hablador, cifran sus ilusiones en casarsecumplirle los juramentos amorosos que en sus pronto para hombrear con sus conciudadanos. horas idílicas le hiciera, se llevó aasi todos sus Venía, como vulgarmente se dice, con los pa- ahorros! peles debajo del brazo, y esto fue lo suficiente Ante tan rudo desengaño, resignóse doña para que doña Asunción le creyera á pies jun- Asunción á perder para siempre al hombre tillas y aun le entregara 4.75 pesetas para gas- amado; pero no pensó lo mismo del dinero, y tos del expediente matrimonial y 1.000 para al efecto presentó una denuncia contra Gonarreglar otros asuntillos. zález. Este negó en el sumario y en la vista, que González, ya lo habrá supuesto el amable lector, una vez dueño de tales cantidades, acudió á ayer se celebró en la Sección segunda de la Fot. R. Meléndez. Audiencia, que hubiera dado jamás palabra de matrimonio á la denunciante; pero como algunos testigos comprobaron lo dicho por doña Asunción respecto á los amoríos y al dinero, el fiscal insistió en su acusación y pidió para el procesado la pena de cuatro- meses de arresto mayor. El letrado defensor aoogo por la absolución de su patrocinado, fundándose en que una de las cantidades habíala recibido á préstamo. De las 475 pesetas del expediente matrimonial no se sabe nada. Ni se sabrá probablemente. UN PASANTE BIBLIOTECA DE A B C 54 LAS DOS BARONESAS 55 me logaba, con sus manos cruzadas, que salvase á su marido. Yo haré todo lo que de mí dependa para satisfacerla, y espero conseguirlo. El mudo, cuya cara había cambiado súbitamente de expresión, se dejo caer sobre un ribazo de hierba, al lado del camino, bajó la cabeza y se puso á llorar como un niño. Luciano le miró con simpática compasión, y continuó su camino. ¡Pobre hombre! -murmuró. -Para ver feliz á Mad. de Tréves quisiera verla libre... Estoy seguro que de buena gana ayudaría á lamuerte del barón. ¡La joven, al contrario, esclava del deber, pide que su marido viva... ¿No es ésta la más pura, la más sublime virtud? Con esto continuó su camino. Pronto llegó á una pequeña puerta rústica, que cortaba ancha y sólida empalizada. Abrió esta puerta con una llave que sacó de su bolsillo, y se encontró en el cercado que precedía á la casa. Era un bonito cuadrado de terreno como de una media hectárea próximamente, mitad huerta, mitad jardín, y muy bien cuidado. Canastillas de flores alegraban con. sus colores y perfumes las cercanías de la habitación, á la que grandes árboles daban su sombra. Bajo estos árboles, una mujer que podría tener cincuenta años, sentada en rústica butaca, se entregaba al trabajo de costura. Al oir que la puerta se abría, esta mujer levantó los ojos é hizo un movimiento para levantarse. La voz del doctor la detuvo. -Quédate sentada, madre, te lo ruego... Has estado mala y todavía estás débil... No te muevas... Voy junto á ti. Mad. d Harblay obedeció sonriendo. En pocos segundos el doctor atravesó el jardín, besó la frente de su madre, coronada por una abundante cabellera gris, se sentó y se puso en actitud de enjugarse el sudor que inundaba su rostro. -Estás cansado, hijo querido- -le dijo la buena señora- -Un poco, madre. -Abusas de tus fuerzas; te matarás á fuerza de trabajar. -No hay cuidado; el cansancio del cuerpo es cosa excelente. A la verdad, desde hace algunos días tengo exceso de trabajo; pero esto no durará siempre así. ¿Has comido al menos? -Sí, he tomado una taza de leche y un pedazo de pan en casa del guarda del castillo de la Reine- Blanche. XII ad. ü Harblay continuo: ¿Por qué no quieres escucharme? ¿Por qué no compras un caballo ó un carruaje? -Eso me haría perezoso- -respondió Luciano sonriendo; -además, la ad- quisición de un caballo y un carruaje es muy cara, sin contar el sostenimiento Seria menester tomar un criado, y yo no soy bastante rico para hacer frente á este exceso de gasto. La buena señora sacudió la cabeza en ademán poco convencido. -Pues entonces quedemos como estamos- -murmuró con resignación. -Será lo mejor- -respondió sonriendo Luciano. -Por otra parte, lo repito, a actividad, el movimiento al aire libre me dan fuerzas. ¿Vienes del chalet de Lamorlaye? -Directamente y por el camino más corto. ¿Esperas? -Mucho. -He ahí una cura que te hará- Honor. El joven no respondió, y suspiró distraídamente. ¿Por qué suspiras? -preguntó Mad. d Harblay inquieta. Tienes alffüá c disgusto? -No. ¿De veras? -Te lo aseguro; solamente ciertas ideas que no tienen nada de alegres cruzan mi imaginación. ¿Qué ideas son esas? -Pienso que tal vez hubiera sido mejor que no me encontrase esta mañana en la casa del guarda, cuando la catástrofe ocurrió. ¡Qué dices! En tu ausencia, el barón Max de Tréves no habría recibido los primeros auxilios que serán causa de su curación, y el perro rabioso hubiera mordido á la joven baronesa. -Todo eso lo sé, y sin embargo, repito que tal vez hubiese sido mejor que yo no hubiese estado allí esta mañana... -No te comprendo. -Y yo no- puedo explicarme... Así, pues, os pido que no hablemos de ello. Mad. d Harblay miró á su hijo con atención y le encontró la fisonomía más triste que de costumbre; pero acababa de rogarla que cambiase de conversación y no quiso contrariarle insistiendo. ¿Vas á volver á salir? -preguntó. -Iré luego al lugar á visitar dos enfermos. ¿Estarás fuera mucho tiempo? -No... Desearía que nos hicieses comer esta tarde un poco más temprano ue de costumbre... á las seis menos cuarto, por ejemplo... Volveré á Lamorlaye después de comer. -Todo estará dispuesto... ¡Ah! Me olvidaba, el alcalde de Coye te ruega que pases por su casa parala redacción de la sumaria del accidente. -Voy á extender en pocas líneas esa sumaria y se la llevaré al alcalde cuando vaya á ver á mis enfermos. El joven entró en su gabinete, situado en el piso bajo y contiguo al salón de espera. Un comedor y una cocina se encontraban al otro lado de un corredor que separaba la casa en dos partes iguales. Dos ventanas daban luz á este gabinete. Una daba al jardín, la otra al patio, ai cual un muro de apoyo, sosteniendo una verja y cortado por una puerta, separaba de la calle.