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NUMERO 684 A B C. VIERNES 19 DE ABRIL DE 15,07. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i PAGINA 3 i V. LOS PREMIOS DEL CONCURSO DE GANADOS DE SEVILLA PREMIO DE S. M. EL REY, CABALLO DE CUATRO AÑOS, DIVERTIDO DE D. ENRIQUE RAMÍREZ; 2, PREMIO DEL MINISTERIO DE LA GUERRA, CABALLO DE CUATRO ÑOS, ROYAL GUFT DEL SR. DOMECQ; 3, MEDALLA DE PLATA, LOTE DE MACHOS CABRIOS SEMENTALES, DE D. BRAULIO CARRETERO; 4, MEDALLA DE ORO, LOTE DE JEZ BORREGOS MERINOS, DE D. EDUARDO 1 BARRA; 5, MEDALLA DE PLATA, COLLERA DE PALOMOS DE RAZA ESPAÑOLA, DE D. JOSÉ GARCÍA JIMÉNEZ; 6, MEDALLA DE PLATA, LOTE DE CERDOS, DE D. MANUEL VÁZQUEZ RODRÍGUEZ Fots. Barrera. A B C E N EL NORTE. POR J. M SALAYERRIA Sale el tren de la estación de Amara corriendo, pitando, con gran estrépito, á pesar de su pequenez, y se lanza valientemente por una cuesta hacia las fragosidades del país cantábrico. Pero antes de partir, los ojos del viajero pueden contemplar con admiración ese ensanche de San Sebastián, que por lo bello y rápido parece milagroso, y puede también el viajero considerar la cantidad de constancia que existe en esta gente vascongada, puesto que unas pobres marismas, en menos de veinte años se han convertido en espaciosas plazas, anchas calles, palacios, arboledas, colegios, talleres. Sin embargo, el tren tiene prisa, y como buen hijo de la moderna civilización, es, ante todo, práctico y gusta poco de las metafísicas y de las contemplaciones. Tuerce, pues, una curva, penetra en un túnel, sale á la luz y corre, corre como un desesperado por la ladera de las colinas y por la sinuosidad de los barrancos. Ahora los ojos del viajero pueden recrearse lo mismo jue ante las imágenes de un cuento fantástico. Allá arriba, en la cumbre de una loma, una casa blanca, y en rededor de la casa, los prados, los manzanales, la huerta, los sembradíos; la puerta de la casa, abierta como un ojo vigilante, alcanza á ver toda la extensión de la propiedad, en la que hay ocho ó 12 cultivos diferentes, y la mirada del amo, lo mismo que la de un patriarca bíblico, contempla abajo toda su riqueza, su esperanza, su fruto, su familia y su hogar... ¿No es éste acaso el ideal de la propiedad agrícola, el bueno y perfecto ideal de un pueblo que desea sobrepasar á los siglos? ¿Tener sobre sólidas bases asentada la riqueza? ¿Subdividir la tierra en infinitas familias? ¿Poner al amparo de la tierra la tradición, la institución de la familia, el respeto al hogar y á las costumbres? ¿Darle á cada agricultor su tierra para que él por sus mismas manos la trabaje, y que nadie tenga que ofrecer sus manos mercenarias, comiendo cuando el amo es rico, muriendo cuando el amo se arruinó... Pero el tren corre, silba, alborota con gran estrépito, ajeno á toda suerte de consideraciones sociales. Aquí pasa un arroyo saltando, allá un bosquecillo de robles, allí unas reses que pastan mansamente. Por los caminos bajan los carros pequeños y chirriantes del país; el grito del zagalón suena gutural y extraño, como una voz prehistórica. ¡Aidá! ¡Aidarí... Hace buen sol, hay brisa fresca, las! nubeciíias blancas rozan la tersura y limpidez del i DE SAN SEBASTIAN A BILBAO cielo primaveral. lluego aparece un valle. muy abierto, luego una aldea, iuego otra más lejos, y un campanario macizo en lo altoíde un otero. Un río manso, profundo, verde, unos patos sobre el agua, una barcaza negra y chata. I s frutales en flor, los prados llenos de margaritas, un sembrado de berzas que ostentan sus ñores amarillas, de un amarillo infantil, primaveral, inexpresable... Y enfrente las. jmoñtañas muy foscas y muy bravias, buenas para albergar facciosos. Y el tren corre y más corre, impaciente por llegar al punto matemático, como buen hijo de nuestra matemática y. fría civilización. Detrás de un recodo aparece el pueblecillo de Orio, todo pintado, de blanco; y aliase divisa el mar, y llega una ráfaga del Océano... Pero el tren se zambulle en un túnel y corre, corre con gran estrépito, y desde entonces ya no puede sosegar lartniráda ante lo furtivo, antitético, veloz, de los paisajes. Pasan los pueblos, unos acostados en la playa, otros á la orilla de un río; intercalados con las caserías labradiegas, pasan las fábricas, los hornos, los molinos, toda la vida laboriosa de éste infatigable país. Aquí voltean las campanas, allá giran las- tpoleas de un taller, más lejos cruza un pastor, por abajo vuela un automóvil. Silbando, corriendo con loco júbilo, el tren se mete por una encañada y llega á Eibar, un pueblo rico, cuya riqueza consiste en las armas; un pueblo alegre. y derrochador, cuya alegría fluye del mismo origen de la muerte... Un pueblo que fabrica millones de revólvers, que manipula las terribles armas, y que, sin embargo, es pacífico, vocinglero y enemigo de los delitos de sangre. Un pueblo jovial en que los obreros cobran jornales increíbles, por lo subidos, y en donde, sin embargo, nadie piensa en ahorrar, sino en divertirse cantando, bebiendo, comiendo... Un pueblo pequeño donde hay abiertos dos teatros. Y á los pocos momentos se deja la provincia de Guipúzcoa y éntrase en el señorío de Vizcaya. Aparece la llanura de Durango, florecida, risueña y cultivada como un jardín. A lo lejos cierran el horizonte, las cumbres peladas de la sierra, y entre las más altas rocas van ondulando los vellones de la niebla. De la torre de Duran gó viene una campanada muy triste, muy grave y religiosa; pero otra campana le contesta, no sé desde dónde; y aquella campana suena muy aguda, muy alegre, como si se obstinase en repetir: ¿Para qué entristecerse, ahora que es Abril, y hay un sol tan hermoso... Indudablemente, la campana tiene razón. T, locomotora también asiente, y silba con júbilo, como queriendo afirmar que, en efecto, no vale la pena de entristecerse. Y- desde ahora el tren no tiene que hacer más sino deslizarse por el valle abajo, siguiendo el curso del río, atravesando lindos pueblos, bosques, sembrados, praderías. Pero cuando más bello era el paisaje, y cuando el alma se recreabaítuejor ante la serenidad y sencillez de las cosas y de los seres, he ahí, aparece un terreno rojizo, y una vagoneta, y unos hombres de cara borrosa... Son las minas, ¡son las terrir bles ¡minas de hierro! La civilización con sus exigencias imperativas, el régimen del dinero, el. sudar y el rebelarse, la impaciencia, la gran impaciencia y el gran imperativo de la civilización... Llego, en fin, á Bilbao. El río, que antes venía manso y limpio por entre márgenes floridas, ahora baja turbio por entre malecones y almacenes. La gente transita con avidez, con ideas fijas en mitad del cerebro, con los ojos graves, y no con aquella placidez de los hombres del campo. Hay más humo que flores. Las montañas llegan hasta el mismo borde de las calles. Las barcazas lentas y pacíficas de los campesinos se han trocado, en buques formidables. Se oye discutir y disputar, correr y afanarse... Por la orilla del muelle pasa una fila de mujeres, que apenas si guardan ningún aspecto femenino; están descargando la mercancía dé un buque, y gritan, y riñen, y blasfeman como hombres... Los carros suben henchidos de fardos, los trenes y los buques silban, las grúas rechinan, el humo pasa denso, enturbiando aquel puro y bello cielo primaveral... Pero ¿qué remedio? Esta es la civilización, y todos debemos respetar su imperativo categórico. ¿Adonde va tu persona con palo, faca y revólver... -A votar en Barcelona. Con la rodilla en la tierra como señal de respeto, le digo al rey de Inglaterra: ¿Quiere usted ya estarse quietor Quisieron dos caballero? de Alhucemas, emigrar y los cogió prisioneros la kábila de Azarar, Allí los trató cruelmente el Dadí, que. es una fiera... La aventura es ciertamente para azarar á cualquiera. Mosquera: en letras bonitas vi tu cartel, que no copio por no agradarme sus citas; ¡qué toreros, San Procopio! Sólo falta el Enagüilas para que el cartel dé el opio. Luis DE TAPIA DEL VIERNES CABOS SUELTOS Primavera actual, me encanta mas si siguen estos fríos con los que hoy día me espantas, tendré que pedir seis mantas á Eugenio Montero Ríos. Programa de diversiones del domingo venidero: En la Comedia, la Tina... En las calles, el puchero... Silba el rápido automóvil, silba el tren, silba el vapor, silba el aire, todo silba... Es que pasa Salmerón. Aquel Moret, cuyo exceso epistolar le hizo en peso desprestigiado caer, tres actas traerá al Congreso... ¡No me queda más que veri J. eo en un periódico parisiense: Acaba de constituirse en París una Cámara Sindical de publicidad. Mr. Gastón Doumergue, ministro de. Comercio, y Mr. Gabelle, director de la enseñanza técnica de dicho ministerio, han aceptado, respectivamente, la presidencia y vicepresidencia de honor. El objeto que perseguirá principalmente dicha- Cá- Este suelto trae 3io y á mi memoria cierta conversación que tuve, aún no hace tres meses, con un correcto gentleman, á quien un muy querido amigo mío me presentó en un bar del bulevar, y cuya profesión, al conocerla, causóme entonces no poca sorpresa. ¡Redactor de publicidad... -Sí, señor- -decíame nú nuevo amigo el gentleman, ya entrando en el terreno de las confidencias, -en íni. país existen los redactores de publicidad, como en Francia ó en España. -Confieso francamente- -respondí á mi amable interlocutor- -que ignoraba la existencia de esa especialidad periodística. -Pues para que no lo dudéis voy á iniciaros en algunos misterios de nuestro arte, ó mejor dicho, de nuestra ciencia. Sabed- -continuó diciéndome mi nuevo affiígo, terminando- -de beberse- suíoi -que todo hay croniqueurs, críticos ó reporten. mará, será contribuir al mayor desarro lo y á la enseñanza de la publicidad. LA PUBLICIDAD ES UNA CIENCIA