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NUMERO 683 A B C JUEVES 18 DE ABRIL DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 6 VJAJE DE PROPAGANDA ELECTORAL SUECA. ENTRADA DEL EX DIPUTADO D. VICENTE BLASCO IBAÑEZ. (X) POR LA CALLE PRINCIPAL DEL PUEBLO, RODEADO DE SUS CORRELIGIONARIOS, PARA ASISTIR A UN MITIN. a bólirse. Pío X es frugalísimo, y su mesa conserva la modestia y casi la pobreza que tenía cuando era un simple párroco de Salzano. Cuando fue elegido Papa Pío X, pareciéndoíe que la cocina estaba montada con gran lujo de personal, exclamó estupefacto: -Parece imposible que para hacerme un poco de comida, se necesiten siete cocineros. Generalmente el menú pontificio se compone de menestra, otro plato, queso y fruta. Un simple criado sirve la mesa. Pío X gusta de comer libremente con sus secretarios ó con sus amigos, sin testigos inoportunos. Cuando es necesaria la presencia del criado, el Papa oprime un timbre, el criado se presenta, cumt le su obligación y luego se retira. Terminado el almuerzo, Pío X se entretiene un poco en agradable sobremesa con sus comensales, y se retira después á sus habitaciones para dormir una siesta de una hora. Cuando se levanta, recibe nuevamente á Merry del Val, despachando los negocios más urgentes. Después de celebrar las audiencias oficiales. el Pontífice vuelve á sus habitaciones y trabaja hasta las nueve, hora en que cena; una sopa, un plato de carne, queso y fruta, otras sólo toma una ensalada y cuatro uvas. Á las diez y media se retira á descansar. La misma simplicidad usa Pío X en el gobierno de la Iglesia, reduciendo muchísimo el personal del Vaticano. Baste decir que en tiempo Ge León XIII había algunos sacerdotes que disfrutaban de un buen sueldo al mes y de alojamiento en el Vaticano, tan sólo por llevar en la mano el som- Fot. F. Campos. brero del Pontífice, cuaado éste descendía de su carroza para pasear por los jardines; otros también estaban bien retribuidos por conduch el bastón ó el paraguas de Su Santidad, según hiciese buen tiempo ó malo, y otros por comisiones tan insignificantes como éstas. Pió X ha, cortado todo esto, introduciendo muchas economías, y volviendo por la austeri dad del culto, ha dispuesto que en todas las iglesias se restablezca el canto gregoriano. La solemnidad del culto católico, ha dicho, basta para la fe. BIBLIOTECA DE A B C LAS DOS BARONESAS 51 ¿Y quién? -Su ayuda de cámara. ¿Y su madre, sin duda... -añadió vivamente Leonida. -No, señora. ¿Estáis seguro? -Completamente seguro. -En ese caso, voy junto á él; no me fiaré de nadie más que de mí misma para velar por él. -Mad. de Tréves se disponía á dejar su cuarto. El doctor la detuvo con un ademán. -Permitidme, señora, que os diga lo que he decidido sobre este particular. Leonida miró á su interlocutor con alguna sorpresa. ¿Lo que habéis decidido? -repitió ella. -Sí, señora, y tengo el derecho de imponer- mi voluntad, pues en casa del enfermo, el médico que asiste es el amo después de Dios, como el capitán á bordo de su buque... Bajo este supuesto, he decidido, hasta nueva orden, que ni la mujer del herido, ni la madre, ni el primo, serán admitidos á su lado. ¿Este aislamiento os parece útil? -Más que útil, indispensable. ¿Y habéis dicho vuestra decisión á mi suegra... y la acepta? -Sí, señora. Entonces obedeceré; pero os prevengo, doctor, que cesaré de respetar esta consigna cuando la baronesa viuda de Tréves no se someta ya á ella. ¿Creéis, señora, que intente violarla? -Tengo la convicción... por no decir la certeza. -Y yo confieso que lo dudo... Vuestra suegra ama á su hijo. Ha comprendido que si no tenía mis prescripciones en cuenta retardaría y comprometería, tal vez, su curación... La ternura maternal la hará dócil... A Mad. de Tréves, como á vos, daré noticias diarias... Además, creo poder prometeros que el aislamiento del señor barón no será de larga duración. ¡Dios os oiga, doctor! -Y ahora, señora, ¿me será permitido ocuparme de vos? ¡De mí... -murmuró Leonida. -Sí... No debéis estar repuesta de la doble conmoción que. habéis experimentado... -Conservo sensación de frío general y un ligero temblor nervioso. -Lo he previsto, y he preparado para vos t na beMda calssante. Al decir esto, Luciano d Harblay presentaba á Mad. de Tréves una botello de transparente cristal. Leonida colocó sobre un mueble esta botella- -Pensáis en todo, doctor- -dijo con urna semisonrisa. -Un médico debe, no solamente combatir el mal, sino prevenirlo cuando puede- -replicó el joven; después añadió: -He aquí la fórmula de la poción que he hecho tomar á Mr. de Tréves, y he aquí la vuestra. He inscrito estas recetas en rni- registro, así como nos está mandado que lo hagamos, á nosotros, humildes curanderos de aldea, medio médicos, medio boticarios. Tened la bondad de conservarlas. La baronesa colocó los dos papeies en un cajón. -Doctor, sali nd á Mr, de ¿revés- -prosiguió Leonida con vu ¿suplicantt Luciano prosiguió: -Podéis tomar una cucharada ahora y otra esta noche antes de acostaros. -Obedeceré religiosamente. Mr. d Harblay se inclinó y se preparaba para dirigirse á la puerta. sabéis, no podéis saber lo que yo deseó su curación... Si mi marido se muriese, sería una horrible desgracia para mí... Habéis salvado mi vida on peli- -Doctor, salvad á Mr. de Trives- -Prosiguió Leonida co? i voz suplicante. -Vos no