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A B C MARTES 6 DE ABRIL DE 1907. OCHO PAGJNAS. EDICIÓN í- í LOS SUCESOS DE MARRAKEX CONDUCCIÓN DEL CADÁVER DEL DR. MAUCHAMP, A LOMOS DE CABALLERÍA, DESDE MARRAKEX A MAZAGAN Fot. Croce. Puedo asegurar también que si el niño que nazca es varón, el Papa mandará á la Reina Victoria la Rosa de Oro, siendo portador el conde Eduardo Soderini. Mons. Scapinelli, que va á Burgos, y que luego ya á Madrid, tiene cuarenta y un años, ha nacido en Reggio d Emilia en 1866, y es de Eamilia noble. Estudió en la Academia de Nobles eclesiásticos y desempeñó puestos importantes; fue primero prefecto de los Palacios Apostólicos del Vaticano; luego, secretario de la Comisión administrativa de los bienes de la Santa Sede y se le concedió entonces la categoría de secretario de Embajada. Muy influyente en tiempos de León XIII, su influencia no ha decaído con el Papa actual. Es una esperanza para la diplomacia pontificia, que tantos tropezones ha dado últimamente. Otro delegado llevará el capelo á Mons. Rinaldini, el nuncio en Madrid. Será Mons. Enrique Sibilia, que ha pertenecido á esa Nunciatura y que, por ese motivo, es muy conocido en España. Estuvo en Sevilla en 1905 para entregar el capelo al cardenal Spínola. Mons. Sibilia tiene cincuenta y siete años y pertenece á la diplomacia pontificia desde hace diecisiete años. Dícese que pronto será nombrado nuncio en Baviera. AS CONSECUENCIAS DEL Desearía n o h a b l a r más DOSS 1 ER MONTAGN 1 NI de los pape les de Montagaini. Hace quince días que la Prensa del mundo entero se ocupa de ellos y él telégrafo, el teléfono, el correo, lanzan dia- D. ÁNGEL RODRÍGUEZ CHAVES ILUSTRE PER 1O DÍSTA FALLECIDO ANTEANOCHE EN MADRID ñámente á la circulación un sinnúmero de in discreciones y de fantasías. Me limitaré á transmitir algunas informaciones relativas á este asunto. En el Cuerpo diplomático, acreditado en c ¡Vaticano, han tenido cierta repercusión las revelaciones del dossier. El conde Széczen, emba jador de Austria, ha sido el primero que ha expresado su descontento y el de sus colegas pot lo que se ha publicado sobre el conde de- Koevenhüller, embajador austríaco en París, y así lo ha declarado categóricamente al Papa. El Cuerpo diplomático entero ha hecho patente stl enojo no asistiendo á la reunión semanal que suele verificarse en casa del cardenal Merry del Val. Sólo fueron algunos cónsules de las Repúblicas Sudamericanas. El secretario de Estado será, seguramente, la primera víctima del escándalo. Pero el Papa ha declarado que no quiere dar á Clemenceau la satisfacción de quitarle al cardenal Merry del Val sus funciones. Sin embargo, un eminente miembro de la curia romana, me ha hecho las siguientes manifestaciones: La caída de Merry del Val es fatal, inevitable; Su Santidad no podrá substraerse á algo que los acontecimientos imponen. Puede no obedecer á influencias de fuera, pero le será imposible resistir ante un pronunciamiento del Cuerpo diplomático. Entonces tendrá que ceder; pero cederá cuando llegue el momento oportuno, salvando la responsabilidad y el prestigio del secretario de Estado. FRANCO FRANCHI BIBLIOTECA DE A B C 44 LAS DOS BARONESAS 41 -Pedro Lion. -Bien, quedaos. El lacayo se llevó la camilla. -Dadme una cuchara grande- -ordenó el médico al avuda de cámara. Este salió para ir á buscar el objeto pedido. Durante su ausencia, Luciano d Harblay se acercó á la cama y apoyó dos de sus dedos sobre la muñeca izquierda del enfermo. Las pulsaciones de la arteria eran extremadamente débiles. Mr. d Harblay sacó de su bolsillo una redomita, que destapó en el momento en que el criado traía la cuchara. El doctor agitó la redomita y se la alargó á Pedro. -Dentro de un momento- -dijo- -haréis lo que os diga. Volviéndose entonces á la cama, pasó uno de sus brazos por debajo de la cabeza del enfermo para levantarlo; después hizo seña al criado que llenase la cuchara, cuyo contenido vertió en la boca de Mr. de Tréves, entre los labios medio abiertos y los dientes separados. -Otra- -dijo en seguida. Pedro Lion llenó de nuevo ía cuchara, cuyo contenido absorbió inconscientemente por segunda vez el herido; después, Mr. d Harblay volvió á colocar la cabeza sobre la. almohada, con las mayores precauciones. El ayuda de cámara había vuelto á tapar la redomita. El doctor permaneció de pie á la cabecera del enfermo, con los ojos fijos en Sus inmóviles facciones. Así se pasaron algunos segundos. De repente se produjo una contracción en la cara, y un largo suspiro salió del pecho de Max; pero sus párpados no se levantaron. Luciano d Harblay se volvió hacia Pedro Lion. -Dentro de media hora- -dijo, -esté dormido ó despierto, agitado ó tranquilo vuestro amo, haréis lo mismo que acabamos de hacer. -Bien, señor doctor. -Guiadme ahora al cuarto de la madre de Mr. de Tréves. -Venid, señor doctor. Y el ayuda de cámara, seguido del doctor, se dirigió hacia las habitaciones de la baronesa viuda. Esta, obedeciendo por primera vez de su vida á una voluntad más fuerte que la suya, había cedido, como sabemos; pero apenas había abandonado el cuarto de su hijo, cuando se produjo una reacción, y la vieja señora se abandonó á un violento acceso de furor, mezclado con angustia. La angustia resultaba de la situación de Max. El furor provenía de la manera completamente desusada con que la había hablado su nuera. -Venid conmigo, Jorge- -dijo imperiosamente á su sobrino. Mr. de Nerville la acompañó. En el camino, la baronesa viuda, luera de sí, abría y cerraba las puertas con tal violencia, que los tabiques del chalet temblaban. Una vez en el saloncito que precedía á su cuarto, se volvió hacia su sobrino, y con el rostro contraído por la cólera y los ojos echando chispas, le preguntó con una voz que silbaba entre sus dientes apretados: Mi hijo... mikijo... mi hijo. J- -balbuceaba entre sollozos. Los conductores habían subido la escalinata y entraban en el vestíbulo. La baronesa entró en él precipitadamente en el momento en que ellos cruzaron la puerta. Leonida, seguida de Jorge, fue á toda prisa junto á su suegra. -No os desconsoléis, madre mía... -le dijo. -Max ha sido víctima de un accidente muy grave... pero su vida no esta en peligro... Le salvarán. ¡Mi hijo... mi hijo... mi hijo... -balbuceaba entre sollozos.