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NUMERO 6 77 ABC. VIERNES 12 DE ABRIL DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAGINA. 6 VISITA DE S S MM; LOS REYES A CARTAGENA S. M. EL REY Y EL INFANTE D. FERNANDO RECORRIENDO EN CARRUAJE LOS FUERTES DE LA COSTA Así ha- anunciado, su llegada la. aristocrática días americanas. Es una mujer amable, pero: Máscagni, Puccini ó Massenet, mientras, tu pareja que anteanoche, á las nueve, se presen 4 insignificante; una linda, muñeca, con gestos mujer lanzaba gorgoritos anglo- franco- germa- tó al público en el elegante café concierto de de gatita, cuyo único defecto es querer cantar. no- americanos. la vía Due Macelli. Su marido, el príncipe Francisco María ConsEl público, al principio, admiró el extraordiEl salón, á pesar del precio elevado que se tantino Amadeo Roberto de Broglie, es un jo- nario aplomo de la extraña pareja; pero luego fijó á los billetes, estaba lleno y muchos aris- ven distinguido, que ostenta un impecable juzgó que el espectáculo no valía el precio que tóci atas concurrieron con el propósito de di- frac, última creación del sastre de Eduardo VII I le habían exigido y silbó, tímidamente priiney que tiene una fisonomía picaresca. Ha diri- ro, con más brío y sin asomo de galantería vertirse á costa de los príncipes artistas. gido la orquesta con arestos que envidiarían ¡después. Entonces alguien gritó: L princesa Estella tiene el tipo de las juFot. Goüi. ¡Aveva ragione papá! ¡Qué razón tenia papá! Y el público en masa ha reído la gracia. Esta es la acogida que ha dispensado el pú blico de Roma á los príncipes de Broglie, que se han empeñado en ser artistas, á pesar de no tener condiciones para ello. Y á pesar de la oposición de papá. FRANCO FRANCHI BIBLIOTECA DE A B C 32 LAS DOS BARONESAS 29 Coco acahaba de lanzarse sobre el harón Max y le clavaba los dientes en el brazo... Esta le salió al encuentro. -Señor doctor- -le dijo, -colocad á esta pobre señora en mi cama. -Eso voy á hacer. Y tendió cuidadosamente sobre la cama á la baronesa, cuya situación, por otra parte, no tenía nada de alarmante. Santiago Habert, después de haber levantado á Mr. de Tréves, lo había llevado á la casa ayudado por Mr. de Nerville, lívido y tembloroso Al lado de una cama de matrimonio había una cuna, cubierta con una especie de mosquitero de muselina ordinaria, destinado á impedir que las moscas fuesen á posarse en la cara de la criatura. El médico retiró la muselina. I, a niña dormía. Era una niña de dos años. El doctor la examinó con extremada atención. Trémula, la mujer del guarda esperaba su sentencia. -No veo nada extraordinario ni. que pueda inquietar- -dijo. -I, a noche pasada ha sido muy calurosa, y el calor se reconcentra bajot estos techos poco levados: esto ha causado el insomnio de la niña y determinado su llanto. ¿De modo que no está peor? -No; os lo aseguro. ¡Ah, señor doctor, qué tranquilidad me proporciona el oiros! Iva niña, á quien el ruido de las voces había despertado, abrió los ojos llorando. Su madre la cogió en los brazos para calmarla, y el médico pudo observarla de nuevo. -Nada absolutamente que pueda inquietar- -repitió; -todo va lo mejor posible... Acostad á la chiquitína; se volverá á dormir. Voy á daros una receta... ¿No está aquí Brigard? -No, señor doctor. ¿Sin duda hace su ronda? -Está en la Encrucijada de la Mesa desde muy temprano... Inspecciona 3 los obreros que arreglan las calles. -Cuando vuelva le diréis que vaya á Coye á tomar en mi casa la poción, cuya fórmula os voy á poner. -Bien, señor doctor. El médico sacó de su bolsillo un carnet de hojas, y sobre la primera págins trazó algunas palabras, que firmó y fechó. -Tomad- -dijo desprendiendo la página y colocándola sobre la mesa. En seguida se enjugó con su pañuelo las gruesas gotas de sudor, producidas por su andar rápido y por el anafre encendido en la primera pieza. -Estáis en un baño de sudor, señor doctor- -dijo la mujer del guarda. No queréis tomar algo para refrescar? -Iba á pediros una taza de leche y un pedazo de pan. -Al momento, señor doctor. Voy á serviros fuera, á la sombra de los árboles; estaréis mejor que aquí. -Eso es... He salido en ayunas y tengo realmente necesidad de tomar algo. El médico íué á colocarse debajo del espeso ramaje de un tilo más que secular; puso á su lado el sombrero, el bastón en una silla al alcance de su mano, y respiró con toda la fuerza de sus pulmones el aire refrescado que venía de los estanques. Mad. Brigard no se hizo esperar. Vino al cabo de un instante, trayendo en un plato muy blanco una taza de leche, una cuchara, un cuchillo y un pedazo de pan. -Aquí tenéis, señor tortor- -dijo. -Yo me ueivo á mis planchas... El tra-