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NUMERO 674 A B C M A R T E S 9 D E ABRIL D E 1007 OCHO P A G I N A S E D I C I Ó N PAGINA 3 LA ENTREVISTA DE CARTAGENA EL YATE REAL GIRALDAD, ALOJAMIENTO, DE LAS PERSONAS REALES, EN EL PUERTO DE CARTAGENA sas, cuyo pintado cabello sugiere hondas títudas acerca de la limpidez de sus costumbres; -jievo estas damas, si llegan á sentarse, bien pronto se fatigan en aquel aire, completamente virtuoso, y se levantan, y se marchan allá arriba, a las misteriosas salas, donde el aire, algo más indulgente, no pueda inquietarlas. Y suenan los violines... ¡Cómo podría expresar el encanto de su música en aquel lugar, en aquella hora, entré tales gentes! A un ládc ¿se abre el saloncillo de lectura, al otro ladoelsalón rojo de conciertos: las vidrieras, pistadas de colores suaves, dejan pasar la. luz de- un modo lento y blando; más allá, por una puerta abierta, se vé la terraza, y en la explanada del paseo se ve jugar á los niños, y se ve á los ancianos tartajosos que salen á mirar el último rayo de la tarde: y más allá, la bahía, tranquila como un lago, y en segundo término una torre, y después la chimenea de una fábrica, que humea con religiosa lentitud; y por fin, las colinas, y el sol que cae tras ellas, encendiendo el espacio antes de morir. Ahora suenan los violines con mayor vehemencia. ¡Con qué elocuente pasión unen sus voces todos ellos, cual si quisieran expresar el dolor, mezclado con la resignación, y al mismo tiempo la íntima esperanza, toda esa inefable sensación del crepúsculo, la hora de la muerte del día! Cuando los violines decrecen y quieren apagarse, entonces sale un violonéello, y con su voz más varonil, con su voz más humana y más triste, entona una melopea, que viene á ser el compendio de la tarde, elmáximoiacento de melancolía, de adiós al sol. En este momento me he sentado á hojear una revista inglesa. Los grabados me traen á la imaginación escenas del mundo remoto; me hablan de ciudades exóticas, de costumbres raras, de paisajes nunca vistos; la tierra pasa ante mis ojos como en un cinematógrafo fantástico: aquí un bosque de la India, ahora unas regatas en el Támesis, después una ciudad rusa aprisionada por el hielo, y un buque de guerra navegando á todo vapor, con sus cañones aprestados y sus banderas ondeantes. Y al par- de estás imágenes gráficas y positivas, los violines, con su elocuente rumor, levantan en mi espíritu otras imágenes ideales, inefables, sutilísimas... Ahora es una noche a e luna, ahora es una vuelta hacia atrás y hacia las civilizaciones desaparecidas, ahora e ¡s un sueño blanco én un astro desconocido, ahora es... qué sé yo... lo. que son, en fin, los ensueños que levanta la música en una imaginación bien preparada. Y así pasa la tarde, suavemente, muy serenamente, entre murmullos de violín, rayos crepusculares, ensueños é imaginaciones. Por donde se ye que esta clase de salones, en verano como en primavera, son una fantas tica invención para p a s a r amablemente el tiempo. lo, sonriente, parlanchín que asistía á la carrera abstrusos: uno parece ser un arquitecto anciade los caballitos? ¿Y las dulces ó las amargas no, otro parece un comerciante retirado, otro emociones? ¿Y las pesetas que iban, que ve- un viejo doctor, y los otros, militares, sin duda. nían, que se multiplicaban ó que se. dividían coroneles, por lo bien que llevan sus barbas LAVERRÍA terriblemente... Todo aquello pasó. Ahora no canosas, de un corte completamente heroico y están aquí los caballitos. español. En otro diván hay tal vez un joven EL GRAN CASINO T o u o s vosotros Ahora; hay media docena de señores graves, que- sueña, con los ojps en el techo. Y acaso conocéis la vida luciente y ruidosa con qjie se adorna este clá- sentados en un diván, que hablan de negocios entra alguna vez una pareja de dainas francesico Casino allá etilos buenos días del verano. Entonces son- el estrépito, y la muchudúmbr e, y los colorines, y las bellas sonrisas de las más s. -bellas mujeres. P. ¿ero ahora no es verano. AÍiora el Casino estásilérieioso y como anegado en una jígran calma; ahora; súená apenas una voz, ape ñas se vé la onda esquiva de un vestido de mu jer que pasa, apenas hay nada, sino- serenidad, I; dulce tranquilidad, una especie de espera laríga, un supño invernal... Pero yo soy amigo de todas las serenas y dulces melancolías, y ahora es cuando me agrada penetrar en el. Casino, como aquel qué entra en un templo solitario. El vestíbulo está igual, con su correspondiente ujier, galoneado y tieso, tan impasible como siempre; rueda, pues, la mampara de cristales, y he ahí aparece el primer salón. Este es aquel salón blanco, blanquísimo, coqueto é insinuante, donde gustaban detenerse las muje? res, antes de penetrar en el mundano recinto, y y donde sabían mirar furtivainente á los espejos para inquirir la perfección, el orden y la originalidad de los tocados. Este era el lugar femenino, cuyo secreto sólo conocían las mujeres, y en él supo colocar el arquitecto, con una sutil previsión, un espejo muy grande y muy claro, en el que pudiesen observarse, no sólo el peinado y el gesto de la boca, sino tam; bien el movimiento total de la mujer que avan za, se inclina, se vuelve ligeramente, y hace, eh fin, toda esa larga serie de movimientos inexpresables cuyo sentido misterioso, esotérico, sólo la mujer conoce. Pero ahora no avaní zan mujeres... El salón está vacío. Pero no, allá en una me; éita hay una dama rubia que bebe en silencio, con reflexiva lentitud, una humeante taza de leche y de té. has mesillas del té ¡qué singular encarito ofrecen! Son una obra acabada de la civilización; son bonitas como objetos de bu: doir, completas y abastecidas como el sueño de un gourmet. Hay en ellas un mantel blanquísimo, unas diminutas servilletas, unos pía titos muy finos, unos tarros de dulce inglés, una bandejita con pastas, unas cantimploras con azúcar, con agua, con leche, unos cacharrillos grotescos y pueriles llenos de té, y un gran ramo de flores én él centro... Pero no se ve á nadie; un criado, vestido con casaca azul y pantalón rojo, con las manos cruzadas sobre el estómago, con la mirada en los cristales, piensa en no sé qué raras cosas, y la dama rubia que bebe el- té silenciosamente, piensa también en otras ignoradas entelequias. De manera que es preciso pasar al segundo salón. En este salón, que es algo más severo, un poco más obscuro, estaban puestos los caballitos en el verano. ¿Recordáis aquellos caballitos multicolores? ¿No sentís un estremecimiento de ternura al considerar su galope redondo, su furiosa carrera circular, todos bonitos y repintados, con sus jinetes encima, consus caCARTAGENA. LA CALLE MAYOR becitas alargadas por el deseo de llegar á la saeta? ¿Y el concurso animado, elegante, frÍYOCENTRO DE LA ANIMACIÓN EN ESTOS DÍAS- Fot. Lauren. BC A TIÁN, EN SAN SEBASPOR 1. MARÍA SA ABC P U B L I C A HOY OCHO P Á G I N A S CINCO CÉNTIMOS NUMERO EN TODA ESPAÑA