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NUMERO 667 A B C. MARTES 2 DE ABRIL DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAGINA 6 t f- i? FIESTAS DE MURCIA. CABALGATA DE EL BANDO DE LA HUERTA LA CARRETA DEL AG 1- OLI LA CARRETA DE LA ERMITA TRIBUNALES Fot. Miralles. LA CAUSA DEL TERCER DEPOSITO PRIMERA SESIÓN A las dos de la tarde constituyese el Tribunal de Derecho, formado por los Sres. Higuera, Ortega Morejón y García Díaz. Procédese al sorteo de jurados, y resultan elegidos los Sres. Pérez Santos, Castro Muñoz, Hernando, Castillo y Pérez, Martínez Cuesta, Ramírez López, Lozano Mermo, Gómez Pérez, Fernández y González, Fuente Sanz, Santos Castro Fernández, Siciíio López y Blanco. En estrados ocupan sus sitios respectivos el Sr. Mena, el Sr. Abril, D. lorenzo Moret, abogado del Estado, y los defensores Sres. Bergantín, Alvarez (D. Melquíades) y Díaz Cobeña. Al lado de estos siéntanse también muchos letrados, con toga. La Sala, no obstante ser la de mayores dimensiones de la Audiencia, hállase completamente llena. El relator da lectura á los escritos de las partes, que son los que ya conocen nuestros lectores. Terminada la lectura, que dura largo rato, comienza el interrogatorio del fiscal al Sr. Rivera (D. Eugenio) Este dice que las bóvedas que se construían en el Depósito, cuyas obras dirigía, iban cubriéndose con una capa de tierra de 10 centímetros de espesor, capa que se destinaba á preservar la cubierta de las variaciones atmosféricas. Fiscal. -La bóveda que se cargó con carga Rivera. -De la zona que cubrían los 10 cen- ciones; pero mi opinión es que obedeció la ramayor de tierra ¿qué extensión tenía? tímetros. pidez á la ola de calor que se dejó sentir en los Fiscal. ¿Cómo y por dónde rodaban las ca primeros días del mes de Abril. Rivera. -Unos cuatro metros. Fiscal. ¿Quedó otra zona desprovista de rretillas para completar las cargas? La acción popular. ¿Recuerda que dijo en tierra por efecto de la carga que pusieron en Rivera. -Las carretillas eran unas 70 y mar- una Memoria publicada por usted, que la desla anterior? chaban por la zona de 10 centímetros, si bien trucción ó derrumbamiento de una bóveda popara evitar los choques y- el cansancio del ope- dría arrastrar la totalidad de la cubierta. Rivera. -Sí, señor. Fiscal. -Y tina vez cargadas las bóvedas, rario, se pusieron unos tablones sobre las bóRivera. -Yo no he podido decir eso. vedas. ¿entraron ustedes en el Depósito? Acción popular. -Decía usted que la destrucFiscal. ¿Se trabajaba debajo también duran- ción podría arrastrar las bóvedas inmediatas. Rivera. -Sí, señor; entrábamos y salíamos frecuentemente, no sólo yo, sino también el te estas operaciones? Rivera. -Eso- sí; porque, en efecto, así puede Rivera. -Sí, señor, porque las pruebas esta- ocurrir; pero no es lo mismo arrastrar las iningeniero Sr. Santa María y algunos emban terminadas. pleados. mediatas que arrastrar la totalidad de los comFiscal. -La obra estaba calculada para reFiscal. ¿Y sin terminar de establecerla car- partimientos. sistir cargas uniformes y horizontales? ga, bajaban también los obreros debajo de las El presidente dirige una pregunta al Sr. Ribóvedas? Rivera. -Sí, señor. vera, y el Sr. Abril protesta de que se pregun Fiscal. -Entonces, ¿por qué eligió usted Rivera. -Pero si las cargas eran simultá- te sin haber terminado su interrogatorio. una zona aislada de la cubierta, con lo que ha- neas... El presidente afirma que está en sus atribubía de originarse un desequilibrio necesariaFiscal. -Bien; pero yo quiero saber si se ha- ciones el preguntar á los procesados cuando lo mente? bía establecido la uniformidad de la total car- estime conveniente. Sigue preguntando el Sr. Abril acerca de El Sr. Rivera dice que la sobrecarga unifor- ga que pesaba sobre la cubierta. me ha de ser simultánea y puede ser indepenRivera. -No, señor; quedaban algunas zonas otras obras que ha realizado, tratando de investigar las causas que determinaron el hundiente dentro de la totalidad; es decir, que por por cargar. esto puede establecerse la sobrecarga en una El abogado del Estado. ¿Es cierto que se miento. ¿Se ñafcía contado con las fuerzas horizonzona determinada, dejando otras zonas sin ella, separaron ustedes en la construcción de la obra y sin que por esto sufra el conjunto. del pliego de condiciones, por lo que hace al tales? Fiscal. -Las fuerzas que gravitan en una material? Rivera. -Sí, señor. Rivera. -No, señor; porque algunos de éstos parte de la cubierta, ¿no arrastran las inmediaAcusador privado. ¿Se lavaban las arenas? pueden emplearse con el mismo resultado y es tas y afectan á la solidaridad? Rivera. -Sí, señor. Rivera. -No, señor; porque esas fuerzas es- indiferente que se utilicen los convenidos ú Acusador privado. ¿Qué obreros interveotros análogos. tán calculadas y no perjudican al conjunto. nían en el lavado? Fiscal. ¿Entraron los obreros dentro del Abogado del Estado. ¿Cómo se explica usRivera. -Un capataz y algunos obreros, que tercer depósito mientras se realizaban las ted que el hundimiento de la obra fuera tan siempre eran los mismos. pruebas? rápido, y sobre todo, total? Acusador privado. ¿Recuerda cómo se llaRivera. -Esta es una cuestión muy compleja maba el capataz? Rivera. -Sí, señor. Fiscal. ¿De dónde tomaban la tierra para ir y, sobre todo, hay que convenir en que la cienRivera. -No recuerdo. cargando la cubierta? j cia tiene sus límites dentro. de sus investigaAcusador privado. ¿Recuerda usted si el se 8 BIBLIOTECA DE A B C Jorge de Nerville, que la observaba, tuvo en sus labios una indefinible sonrisa, que disimuló lo mejor que pudo mordiéndose el bigote. Max dejó su asiento. ¿Sabéis, madre mía? -dijo- -no almorzaremos hoy con vos, á menos que no 1 queráis acompañarnos. ¿Tienes proyectos? -preguntó ¡a señora. -Sí, he dado mis órdenes... Iremos á dar una vuelta á los estanques de. Commelle y á visitar el castillo de la Reine- Blanche, que acaban de restaurar. Haremos una comida campestre en casa del guarda de la granja, y luego seguiremos hasta la Chapelle- en- Serval, donde necesito hablar con el alcalde acerca del arriendo del Chine- Ver para la próxima temporada de caza. Leonida levantó la cabeza. ¿No podríais dejar esta expedición para mañana ó para otro día cualquiera, amigo mío? -murmuró. ¿Y por qué la había de dejar? -replicó el barón secamente. -Porque desearía que no salieseis hoy... ¿Qué significa este extraño capricho... ¿Será menester en lo sucesivo antes de decidir una cosa solicitar vuestra venia? ¡Max, ya sabéis que no... -Quiero entonces la solución del enigma... ¿Por qué me pedís que no salga? ¿Tenéis un motivo... -Lo tengo. ¿Cuál es? -No os lo puedo decir... No salgáis; he ahí todo... ¡Os lo ruego, os lo suplico! -Decididamente os volvéis loca. ¿Habéis podido creer que había de ceder yo á un capricho que ni siquiera motiváis? ¡Os burlaríais de mí... Si os desagrada venir con nosotros, quedaos; no me opongo á ello... Nos pasaremos muy bien sin vos. ¡Sois injusto, amigo mío! -respondió tristemente la joven. ¿He hecho alguna vez alarde de. pretender ser aquí el ama y de tener la menor influencia sobre vos? Sé demasiado bien á que atenerme respecto á eso... Vuestra voluntad es la mía y vuestros deseos son órdenes para mí. -Todas esas son palabras- -interrumpió Max bruscamente. -Sí, ó no, ¿vendréis con nosotros? -Sí, si os obstináis en salir, pero otra vez os lo suplico: ¡no lo hagáis! ¡Y yo exijo una explicación! -exclamó el joven golpeando el suelo con el pie. -Quiero saber el motivo ó el pretexto de esta obstinación que me saca de quicio. -No son más que presentimientos- -balbució Leonida con voz muy baja. ¡Presentimientos! -exclamó la suegra con risa burlona. -Estaba segura de ello. ¡No podía ser otra cosa! -Sí, señora- -replicó Leonida; -un presentimiento que me oprime el corazón y me espanta. Ved cómo tiemblo... Tengo fiebre. ¡Oh! Burlaos de mí, me importa poco, pero escuchadme. ¡Max; os lo pediré de rodillas... No salgáis hoy. ¡No vayáis hoy por la mañana al estanque la Commelle! -Vamos- -replicó Max impaciente. -No me engañaba hace un momento al creeros absolutamente loca. ¡Desvariáis, querida! Al oiros, se creerla que había Yse oian en el bosque las pisadas áá niugfcos hombres corriendo. Asqueroso, jadeante, cubierto de sangre y lleno de espuma iba como una máquina puesta en movimiento por ruedas invisibles. De repente se detuvo. Llegaba á diez pasos de los estanques. Volviendo á emprender su marcha rápida y violenta, se lanzó sobre la orilla en medio de los juncos. Detrás de él exclamaban voces ya sin aliento: -Por aquí... Por aquí... Y se oían en el bosque las pisadas de muchos hombres corriendo. apostados asesinos á mi paso.