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MADRIÜ. MIFRCOL E S 27 DE F E B R E R O DE 1907. NLIM. SUELTO, 5 C E N T S S CRÓNICA UN 1 VER- SAL I L U S T R A D A ANO 111. N U M 634) f á? íf) f 2. É P O C A TERRIBLE NAUFRAGIO HOEK VAN HOLLAND. EL PUBLICO CONTEMPLANDO DESDE EL MUELLE EL DRAMÁTICO ESPECTÁCULO DEL NAUFRAGIO DEL VAPOR BERLÍN, r Fot. TopIrnV 1 A RIQUEZA DE LAS NA C l O N E S POR ALVARO CALZADO Juan Bautista Say decía que la apreciación ñe la riqueza de una nación es un problema tan difícil como el de la cuadratura del círculo. No es posible medir la riqueza de un pueblo como la de un individuo, teniendo en cuenta la cantidad de valores en cambio y de valores en uso de que dispone. La riqueza de las colectividades consiste más en el uso racional y en la repartición equitativa de los bienes, que en la suma de los valores poseídos. Por eso, dos Estados con el mismo número de pobladores y una- masa también igual de valores, pueden ser el uno rico y el otro pobre, si en el primero los valores en uso y los valores en cambio están repartidos con relativa igualdad entre los habitantes, si el bienestar es general, mientras en el segundo, al lado de una aristocracia ó de una plutocracia que vive en la abundancia, se encuentran en la miseria las demás clases sociales. Adam Smith, al emplear las palabras siguientes: wealth of naíions, que hemos traducido por riqueza de las naciones, se refería más al bienestar que á la riqueza misma. Si la riqueza de los pueblos se traduce en bienestar general, sei á fácil, examinando ciertos signos exteriores, reconocer si es rica ó pobre una nación. Alguien ha dicho, no recordamos quién, que la pobreza, la indigencia y la miseria se conocen en el modo de vestir de los pueblos, en su tendencia á la mendicidad, en la rebusca del apoyo ajeno, en la no satisfacción de las necesidades más imperiosas. Estos signos exteriores del pauperismo son palpables en Espaila. Aquí la mendicidad es para muchos pobres un oficio, y es tal la tendencia de alargar la mano, que, por pedir algo, hasta piden los niños las estampas de las cajas de cenllas, á la puerta de los estancos, á quien ven comprar fósforos. Nuestro pueblo tiene en la masa de la sangre el vicio de pedir, como también tiene el de acudir al prójimo en demanda de auxilio, de apoyo, de recomendaciones, trátese de un examen, de unas oposiciones, de un cargo público ó de un destino privado. ¡Somos un país de mendigos y de pedigüeños, porque somos un país pobrel ¿Cómo se puede medir la riqueza colectiva? Hemos visto cuáles son los signos exteriores de la miseria; veamos ahora cuáles son los síntomas característicos de la riqueza. El problema es más difícil y las opiniones son tan numerosas como contradictorias. Durante mucho tiempo se ha considerado á la balanza comercial favorable como un signo de riqueza, pero lioy día ya nadie tiene en cuenta la diferencia que existe entre el valor de las mercancías que compramos en el extranjero y el de las que vendemos fuera, para decir que somos deudores ó acreedores de las demás naciones, que nos empobrecemos ó nos enriquecemos. Y es que no sólo se venden productos, sino que también ios servicios son objeto de cambio. Si nos fijáramos exclusivamente en la baianf. a comercial, resultaría que España e más rica que Inglaterra, v reniltaría tal monstruosidad porque la Gran Bretaña ha importado en iqo 6 mercaiicias por valor de 607.897.893 libras CANALEJAS EN ALCOY LA CALLE DE ANSELMO ARACIL, A LA LLEGADA DEL ILUSTRE PRESIDENTE DEL CONGRESO Fot Matarredona. esterlinas, y sólo ha exportado productos por dísticas de Aduanas, debe unirse al valor de valor de 375.672.913, mientras E. spañahaven las mercancías exportadas cuando éstas llegan á los mercados extranjeros. A esto debe añadido fuera casi lo que ha comprado. Inglaterra presta á las demás naciones con dirse que los ingleses compensan el excedente sus transportesmarítimos un género de servi de sus importaciones con la colocación de dinero en fondos del Estado de otras naciones 3 cios cuvo precio, aiinnue no fis ura en las estf en valores, industriales de otros países. Ade más, Inglaterra tiene colonias ricas, que sabe explotar, y desde donde afluyen anualmente á la metrópoli riquezas considerables. Y como no debemos, por lo tanto, fijai nos en el movimiento comercial, revelado por las estadísticas aduaneras, nos será preciso adoptar una fórmula que, á pesar de su deficiencia, se acerca más á la realidad. Diremos que si el individuo es rico, principalmente por la cantidad de valores en cambio y en iso que posee, la Nación lo es, sobre todo, por la manera de estar empleadas, explotadas y repartidas sus riquezas. Pero la riqueza general de un país es algo más que la suma de las fortunas individuales; es preciso añadir á eso la fortnna pública, representada por trabajos que es difícil valuar, que no crean rentas y que son indirectamente reproductivo. s. Tales son los caminos de hierro, los canales, los puertos. La multiplicidad de estas grandes obras, de pública utilidad, constituye el elernento más eficaz para el desarrollo de las fuerzasS prodnctivas: de los países civilizados. Al enumerar los signos de la miseria, hemos visto que en España abundan; al hablar de lo que constituye la riqueza de los pueblos, vemos que carecemos de cuanto poseen las, naciones ricas. ¿Es que España no puede llegar á s e r una nación floreciente? ¿Existe- algún motivo fisiológico que lo impida? No lo creemos. Consideradas desde un punto de vista puramente fisiológico, las razas no son más ó menos aptas para enriquecerse; las instituciones políticas, las costumbres, el medio ambiente, el aire que se respira, son lo que modifica las tendencias ó las aptitudes délos pueblos. Prueba de ello es que el español que sale de su patria, al encontrarse apartado de esas inüuencias nocivas, realiza la misma obra que el hombre de otra raza, y se enriquece, lucha y vence en la batalla de la vida. Dos razas europeas han colonizado. América: la latina y la auglo- sajona. El peculiar modo de ser de esas razas. ha producido efectos diferentes. Los que las representaban venían con distinta mentalidad. La raza latina, preocupada constantemente con el principio de autoridad, buscando en la multiplicidad de los pre eptos legales, en la reglamentación, en la administración, el orden y la seguridad, ha vivido inucho tiempo en un estado anárquico, mientras la raza anglo- sajona, adoptando ante todo el principio de la libertad individual, ha alcanzado un grado de prosperidad desconocido en os demás pueblos. Esto que en América ha sucedido, no es un fenómeno aislado; ha pasado también en otras regiones. Si emigrantes de raza latina van á lunaai una colonia, su primer pensamiento será elegir un gobernador, un vicegobernador, directores, subdirectores, inspectores, comisiones, subcomisiones, presidentes, vicepresidentes, jueces, guardias civiles, carabineros, polizontes, todo eso para velar por la tranquilidad, por la seguridad de unos cuantos individuos que tendrán la misión de alimentarse y de alimentar á los demás, y que, naturalmente, estarán mal alimentados. Los emigrantes anglo- sajone. t se preocupan, ante todo, de trabajar, cada cual por su üado, sin contar con el apoyo del vecino, sacando fuerzas de su propia flaqueza; nombrarán funcionarios iiieces, tjolizontes pero en