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ADRID. VIERNES 8 DE FEBRERO DEÍ 907. NÚMERO SUELTO, 5 CÍiNTlMOS iS if mmm mimmtmi ili í iii í íl I- -nmm, i t iHiitii- -v W- -iiiMn qg iii i ¡ii, lj linin ii i i j n, l i, l nii tl) i 1 CRÓNICA U N I V E R O j 1 1 LUSTRADA. AÑO 111 NÚM. 6i5. B 2 É P O C A K ft S ten Q f. Sí N? ílM! íjf LA NEVADA DE AYER EN MADRID 1 EL PASEO DE RECOLETOS. 2, EN EL RIO MANZANARES. 3, CENTINELA EN SU GARITA, MODELADO EN NIEVE A LA PUERTA DEL MINISTERI O DE LA GUERRA. 4. LA PLAZA DE LA VILLA. 5, LIMPIANDO LA PUERTA DEL SOL Fots. GoñJ. r O S A S DE JUEGO, POR ÁNGEL M CASTELL Francia ha p u e s t o sobre el tapete una cuestión que afecta por igual á todos los países, sin excluir á España: la del juego en los Círculos. Clemenceau lia querido meter en cintura, como vulgarmente se dice, á las Sociedades de recreo que cultivan el lucrativo sport de tirar d é l a oreja á Jorge. I os que con frecuencia tienen en los labios el sagrado, pero también elástico nombre de la moral, discurren de este modo: ¡Si será funesto ese vicio social del juego, que un Clemenceau, hombre de radicalísimos extremos y de culto decidido á todas las libertades imaginables, quiere hacer frente á los estragos del naipe y de la ruleta! Falta saber lo que se ha propuesto Clemenceau, gobernante de mucho pesquis, con esa circular que tanta alarma ha producido en algunas poblaciones francesas. Falta saber si hombre de tan finos alcances, ha buscado el medio de que 1 e den planteada una cuestión (jue á un Gobierno le es difícil, ó cuando menos aventurado plantear. Porque el hecho es ijue los diputados de los departamentos donde la prohibición ó la restricción del juego puede peijudicar, las Corporaeiones administrativas de las localidades amenazadas, las Sociedades riue viven de las casnottes, se han cuidado, mas que de poner el grito en el cielo, sistema muy meridional, pero poco práctico, de estudiar soluciones y de ofrecérselas al Gobierno, con el sugestivo aspecto de una fuente de ingresos para el Tesoro nacional. Y Clemenceau, el fiero é inflexible ministro del Interior, ha dejado hacer... Tos diputados de las poblaciones de aguas, de estaciones termales y de balnearios le han propuesto, entre otras cosas, que la explotación de los juegos no sea autorizada en aquellas poblaciones más que por el ministro del Interior, previo informe favorable de las Municipaiidades y de los prefectos. De los beneficios del juego se separará un 10 por 100, cuyo producto se aplicará á obras de beneficencia y de higiene públicas. Y Clemenceau, siempre dejando hacer, ha prometido á los, diputados cuantos informes oficiales consideren necesarios para el más completo estudio de la cuestión. Indudablemente sería más grato para el Gobierno abordar el problema de la reglamentación del juego, cediendo á exigencias imperiosas de intereses ya creados, que plantearlo invocando una razón económica y vina convicción moral en cierto modo indefendible. Reinach, diputado saboyano, muy conocido por las formidables campañas que hizo con su palabra y con su pluma contra los enemigos de Dreyfus, es el ponente de la Comisión encargada de proponer á las Cámaras la reglamentación del juego, por lo menos en las poblaciones de balnearios y de estación climatológica, y sostiene que el juego no es inmoral ni antisocial, sino simplemente antieconómico. Niza, por ejemplo, moriría sin juego. Del juego salen 800.000 francos para fiestas artísticas, 125.000 para subvención de la Oj era, 100.000 para carreras de caballos, 60.000 para fiestas diversas, 40.000 p ara la beneficencia, y otras muchas sumas para obras de caridad y de mutualismo. El Casino ha gastado recientemente dos millones en mejoras del edificio. El Estado percibe, además, un 20 por 100, y la ciudad otro 20. Tos establecimientos de Vichy pagan 120.000 francos solamente de impuesto. Las cifras por este concepto son mucho más elevadas en Niza, Biarritz, Pau, etc. Estas poblaciones emprenden obras que valen muchos millones y dan trabajo á millares de obreros. ¿Para qué invocar más argumentos de los que alegan los defensores de la reglamentación del juego en Francia? Ahora bien; ¿qué diferencia hay entre el problema en Francia y el problema en España? Censurable es la manía de traducir del francés que tanto cunde por nuestro país; pero no lo sería tanto si lo traducido fuese lo bueno. Hn Francia, como en España, como en todcs los países del mundo, si el juego es un mal, resulta un mal irremediable. Cuanto sea re- ducirle á mal menor es hacer un bien. Si eso se reconoce respecto de la higiene y se reglamenta, dándose el caso histórico de que reyes de España como los Católicos dictasen órdenes para reglamentar ciertas costumbres, no es una utopía esperar del Estado que someta á preceptos especiales el vicio del juego, siempr que no sea fomentarle, sino sujetarle á moldes que eviten el abuso y el estrago. Lo que hay es que falta valor para sacudir el yugo del convencionalismo en que se vive y para afrontar la censura de algunas clases sociales que transigen con otras corruptelas y que tampoco son ajenas al fomento oculto y di. íimulado del juego. En España, sobre todo, donde exi. ste una Lotería Nacional explotada i) or el Estado con una cagnotte escandalosa, poner reparos a l a reglamentación del juego, es un refinamiento del cinismo oficial. El dinero es cobarde, según los hombres de negocios. Lo que es el dinero es egoísta y va donde cree hallar más. El español que no puede jugar 5.000 pesetas en Santander, en San Sebastián ó en Barcelona, se las juega, reducidas á francos, en Biarritz, en Pau ó en Niza, y el dinero español allá se queda. El apasionado de la ruleta, porque este juego es de los que apasionan, según los que le conocen, va á buscarla donde la haya: á Monaco, al infierno mismo. Resultado práctico y moral, ninguno. El jugador busca el juego y va donde halle un tapete verde. Sería preciso que no le hallase, y para no hallarle sería indispensable un acuerdo internacional. No hay manera de llegar á un convenio universal para destruir el anarquismo, que es la amenaza de las clases sociales elevadas, ¡menos ¡a habrá para exterminar un vicio que fomentan esas mismas clases! No hay acuerdo tampoco para el desarme general, que es la garantía de la paz y del desarrollo de todas las riquezas, ¡peor ha de haberle para suprimir el juego cuyos estragos sólo pueden hallar un dique en la voluntad individual! Si lo que principalmente ha de evitarse es el riesgo para el menor de edad, para el pródigo, para el ciudadano de escaso sueldo ó pequeños recursos, que es á lo que con preferencia tien- de la mencionada circular del Gobierno francés, sólo con la reglamentación puede conseguirse, porque la responsabilidad ante la ley es la que puede cerrar las puertas de dos recreos en los Casinos á las personas que no deban pisarlos. Y fuera de estas consideraciones, reflexiónese sobre el beneficio que esa reforma reportaría en un país como el nuestro donde tantos odiosos impuestos están pidiendo la supresión sin conseguirla, porque los Gobiernos no hallan medio de suplir sus ingresos, ni descubrir toda la riqueza oculta para que tribute, ni siquiera de hacer que cada hijo de vecino soporte cou equidad las cargas públicas. Obsérvese también que sería un recurso para acabar con tascas chirlatas y demás centros clandestinos de baja esfera, que son los que real y verdaderamente causan dolorosos estragos en las clases necesitadas; que atajaría venalidades donde las haya y suposiciones calumiiiosas, que también las hay; que, en fin, se suprimiría el gusto de faltar á la ley, que es uno de los más poderosos incentivos para nuestro temperamento meridional. Y ningún Gobierno como uno conservador, para acometer una obra así de importante y de trascendental, por lo mismo que se atribuye á sus hombres mayor civismo, mayor rigidez moral. En esta tierra délos monopolios con toda su escolta de murmuraciones, y de la política corruptible é incorruptible, sólo un partido al que se repute como menos dado á complacencias y liviandades puede afrontar cuestión tan capital y tan discutida en la forma, aunque tan indiscutible en el fondo, porque toda la dificultad está en poner el cascabel al gato, y esto se hace teniendo autoridad, prestigio y conciencia del deber. Que los aficionados al juego no habían de protestar, puede asegurarse. Que tampoco protestarían los que no tienen afición, puede creerse también. Sirva de testimonio el del que estas líneas escribe, que no sabe lo que es treinta y cuarenta bacarrat, besique, etc. empezando por ignorar cuántas cartas se dan para ccl nr una partida de aristocrático tresillo ó de burgués mus.