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A B C. MIÉRCOLES 23 DE ENERO DE 1907. PAG. 2. EDICIÓN 1. tJ -4 u A. X je EL ESTRENO DE ANOCHE MADRID. TEATRO ESPAÑOL. UNA ESCENA DEL ULTIMO ACTO DE EL GENIO ALEGRE EL REY I J oy celebra el Rey la fiesta de su santo pa tronímico. Mientras la corte acude á su trono para ofrecerle votos de felicidad, en los cuales tiene participación el pueblo español, la crónica puede dar satisfacción á la curiosidad pública, refiriéndola detalles y anécdotas que siempre, cuando se trata de elevadas personalidades, tienen interés. La historia la harán en su día los encargados de escribirla y de reflejar en sus anales la vida de España en el siglo xx. De justicia ha de ser que consignen las excepcionales circunstancias en que se inició el actual reinado. Pocos habrán, olvidado aquella tarde triste, fría, gris, de Noviembre de 1885, cuando vino del Pardo la infausta y sorprendente nueva de haber expirado D. Alfonso XII. Todo inducía á pensar con pesimismo. La Monarquía en manos de una Princesa extranjera, ciertamente buena, pero ajena á las prácticas de los intrincados asuntos de la política y educada en una corte de las más ceremoniosas y apartadas de los procedimientos democráticos. Latente la conspiración, fruto de antiguos resabios y de enérgica protesta, mantenida desde el extranjero por un hombre probo, prestigioso, de convicciones y de carácter indomables. Palpitante aún el recuerdo de los últimos años d p reinado infeliz de una mujer... Pero como si lo imprevisto fuese ley natural y corriente en España, observación que con frecuencia se repite en el desarrollo de los sucesos políticos, aquella Regencia que entre tanta incertidumbre y tantas negruras surgía, constituyó una de las páginas más gloriosas de nuestra moderna historia. La Princesa extranjera, de cuyas virtudes nadie pudo dudar, reveló condiciones de talento y méritos innegables que supieron imponerse y trocar en consoladora realidad lo que en general había sido presagio de desdicha y de perturbación. Aquella figura excelsa, cuya aureola de des- ¡gracia dábala mayor simpatía popular, halló para complemento de sü obra dos figuras también grandes, también dignas de universal ponderación. Cánovas, haciendo la Restauración con sus procedimientos de necesaria energía, y Sagasta, consolidándola con los suyos de saludable libertad, obras ambas de verdaderos hombres de Estado, dieron á la Regencia, secundando las iniciativas felices de la augusta persona que la ejercía, todo el vigor que requería para señalar alas instituciones un carácter histórico definitivo. Pasaron los años. El revólver de Angiolillo privó de la vida á Cánovas y de un estadista á España. Los desastres coloniales hirieron fatal y moralrnente á Sagasta, cuyo defecto más grande de su vida pública fue ser excesivamente bueno, ya que en política hay ocasiones en que es bueno ser malo. Y en condiciones doloroáas, también excepcionales como las de los comienzos de la Regencia, se iniciaba el nuevo reinado. Aquella Ro- radablé- sorpresa délo Inesperado y grato que ofreciera la Regente desde los primeros días de sus funciones, había, sin duda, dejado huella, y todo el mundo esperaba iguales ó parecidos efectos. Recuerdo que al terminar el primer viaje que ya solo y como Rey había hecho D. Alfonso por Asturias, por la montaña y por Navarra, viaje del cual fui uno de los más humildes cronistas, me preguntaban personas serias, ilustradas, respetables: ¿Qué ha hecho el Rey de notable? ¿Qué ha dicho de sensacional? ¿Qué rasgo de entendimiento, de carácter, de sabiduría gubernamental ha observado usted en el joven Monarca? Yo que nunca creí que Back escribiese fugas á los cinco años, ni Beethoven sonatas, ni que Velázquez hiciese cuadros antes de la edad del uso de razón, ni que Edison viese el botón eléctrico del primer teléfono en el pezón de su nodriza, tampoco podía creer en ¡Grandes Federicos y Guillermos de dieciséis años. Además, el oficio de Rey también tiene su parte desagradable, por sabio, por discreto, por ingenioso que sea, si ha de dar gusto á todos. En el viaje que he mencionado, primero de los que para conocer de cerca á España ha hecho S. M. visitaba la Universidad de Oviedo. Mostrábanle los señores doctos de la casa unos planos antiguos reproduciendo la topografía de Asturias en los tiempos de Pelayo. Señalaba el croquis los promontorios donde existie- ron unas torres que servían para comunicar señales. Con un telégrafo así, logró saberse en Oviedo el triunfo de Covadonga el día mismo de la batalla. Vean ustedes, vean ustedes- -exclamó el Rey llamando á los periodistas que le seguíamos, -hace siglos las noticias se comunicaban en el día; hoy, con telégrafo eléctrico, suelen tardar dos ó tres días. La frase nos hizo gracia á los que la oímos. Pues crean ustedes que no se la hizo, ni mucho menos, á los telegrafistas. Aquél día ó al siguiente llegó á la capital de Asturias el general Weyler, que era ministro de la Guerra. La Oorte estaba ya visitando la fábrica de armas. El tren que conducía al ministro se retrasó dos horas. El general, de no muy buen talante, explicó á S. M. la causa del retraso. Era inaudito lo ocurrido. El tren asturiano había estado sin salir de León dos horas esperando al tren de La Coruña, que traía á María Guerrero y Fernando Mendoza, que aquella noche daban en Oviedo una función de gala en honor del Rey. D. Alfonso escuchó sonriente la relación del malhumorado consejero. cDecididamente, general- -le dijo, -el arte del teatro puede más que el arte de la guerra. También hizo gracia la frase á todo el mundo... menos al general. Dos años antes, cuando todavía D. Alfonso era menor de edad, entraba el Giralda condu- EN EL GRAN TEATRO MADRID. ESCENA DEL CASINO EN LA OBRA EL PALACIO DE CRISTAL ESTRENADA CON GRAN ÉXITO ciendo á la Real familia en la na de Arosa. El cuadro era hermoso. Miles de jeitos, conduciendo á sus patronos y sus familias, volaban con su velita blanca, como palomas buscando el palomar, hacia el barco de los Reyes. Hubo un minuto de verdadero peligro. Aquellos barquitos, de los que partían gritos de entusiasmo, porque sus tripulantes veían por primera vez algo para ellos sobrenatural, mágico, se agrupaban á los lados del Giralda, que, conforme á los mandatos de su jefe, marchaba á cuarto de máquina en busca del fondeadero precisa y matemáticamente señalado 1 delante de Villagarcía. ¡Alto! ¡Parad! gritó el Rey niño, conmovido ante aquel espectáculo, y temiendo que fuesen echados á pique muchos jeitos que sin arriar sus velas formaban una valla alrededor del barco regio. Hubo quien advirtió contrariedad en los técnicos que no podían apreciar el entusiasmo y la inconsciencia de aquellas buenas gentes en más que los rigores ordenancistas. Otra vez, en Pamplona, los alcaldes de toda Navarra quisieron que el Rey pasease á pie por la población rodeado y escoltado por todos ellos. Al Rey le pareció de perlas la idea. Los sencillos alcaldes estaban locos de contento. Pero no á todo el mundo le pareció bien, y como no siempre los reyes pueden seguir sus espontáneos impulsos por exigencias de los que les rodean, el paseo no se verificó, y los alcaldes se llevaron á sus pueblos una amarga decepción. Y, en fin, ¿quién duda que aquella orden de expulsión que en el fuerte de San Cristóbal recibimos los periodistas, no nos hizo maldita la gracia á los expulsados, mientras les pareció cosa superior á los devotos de la ordenanza militar? Por eso decía antes que el oficio del Rey tiene también su parte desagradable, porque es difícil dar gusto á todo el mundo y no hay acto ó frase que alcance igual y unánime interpretación. ¿Nohubo empingorotado personaje de la Corte y hasta ilustre ministro de la Corona irrita, do porque en un viaje el cronista consignó que algunos golfillos se colgaban de la capota del coche regio, á los que el Monarca dirigía frases de afecto, con lo que cundían las simpatía: y la popularidad del Rey? ¿No hubo el verano pasado insignes Argos de la policía enojados con el cronista por referir que el Rey había recordado con regocijo la detención en una de sus expediciones de un terrible anarquista que luego resultó un fotógrafo, comisionado por el mismo D. Alfonso para hacer vistas ci- nematográficas con un aparato del propio Rey? Y es que no hay monárquicos menos monárquicos que los más cortesanos. Yo no he visto al Rey más querido, más respetado, más popular que en Galicia entre los pescadores. en Asturias entre los mineros, en Castilla entre los campesinos y en todas partes entre la geute que, ayuna de convencionalismos, muestra la espontaneidad de sus sentimientos. ANQEI. M. CASTELL