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CUATRO, CRONUM. NICA UNIVERSAL ILUSTRADA. SIMADR 1 D, 3o DE D 1 CBRE. DE 1906, NUMERO SU ELTO, 5 CÉNTIMOS -sxtraños como capital de un país muerto, miserable. De vez en cuando se dice, ó se hace decir a los periódicos que se han dictado instrucciones para recoger mendigos y golfos de la vía pública. No lo crean ustedes. De algunas calles sí desaparece esa gente; pero es para trasladarse á otras. Si pasan ustedes por alguna calle principal y no ven en ella algún golfo ó un mendigo, piensen ustedes: En esta calle vive el gobernador, ó el alcalde, ó algún teniente alcalde, y acertarán. Si tes acosa á ustedes alguna de esas nubes de proceres banqueros Demóstenes y plañideros, en calles como la del Arenal y la de Serrano, por citar algunas de las predilectas, digan ustedes: Por aquí no vive ninguna atu Y acertarán también. ÁNGEL M. CASTELL MADR 1 LEÑER 1 AS un pueblo no huMadrid sería él tanto cursidelicioso sipobre biese en y tanto me decía hace tres años un ilustre periodista francés, que vino á estudiar costumbres espafiolas, de las que dijo luego- muchas verdades y muchas mentiras, como ocurre con frecuencia i nuestros comentaristas extranjeros. No dijo, ciertamente, una novedad; pero na verdad como un templo sí que la dijo. ¿Han dudado ustedes un solo momento de que en Madrid hay peste de cursilería? Jamás de los jamases. El tipo de la mujer cursi es especialmente español. En Madrid abunda que es una compasión. En el extranjero existirá lo que vulgarmente se llama la mujer facha La que viste descuidada, mal, sin mirarse á un espejo, sin preocuparse de que la miren y se rían de su facha Pero la cursi, esto es, la presuntuosa, la que quiere aparecer elegante, sin serlo ni poder serlo; la que imita sin saber imitar; la que copia con trapos pobres los trajes de trapos ricos y pasea esas calles de Dios poseída de que llama la atención, esa es española neta. Esa la padece Madrid como pocas capitales en el mundo. El genial Tabeada la retrató maravillosamente. Pero el ridículo, que pasa por ser el urna más terrible, no corta ni pincha tratándose de la gente cursi. N o hay dios que pueda con ella. Del otro defecto que mi amigo el extranjero atribuía á Madrid, tampoco cabe discutir. El pauperismo es tan indestructible como el cursiíismo; pero éste no ataca más que á la vista y la conciencia, y aquél á todos los sentidos. Que hay pobres de verdad, no cabe dudarlo; pero que los hay de mentirijillas, que son los más abundantes y molestos, también es indiscutible. Tampoco hay quien crea que la mendicidad no se suprime porque no pueden hacer esos milagros las autoridades. No son milagreras las de Sevilla, Zaragoza, San Sebastián, etc. y han acabado con los mendigos en las calles, socorriéndoles de manera más práctica y edificante. Efecto de esa lenidad, resulta que los pobres de oficio adquieren una práctica asombrosa. Los hay que son unos Melquíades Alvarez en punto á oratoria para contar lástimas al transeúnte. Si va usted hablando con alguien ó se para á saludar á un amigo, renuncie usted á la conversación mientras el pedigüeño esté á su lado diciéndole que no ha comido, que tiene á su madre enferma, que acaba de salir del Hospital, que no tiene trabajo, etc. Hace pocas noches, conversando en el Real con el gobernador civil, le invitaba á que me acompañase á pie por la calle del Arenal, á la salida del teatro, para que viese cosa buena: criaturas que apenas han aprendido á andar y á hablar poniéndose delante de los transeúntes, pidiéndoles una limosna por la salud déla señorita, que es muy bonita si se acompaña á tina señora; por la salud del caballero, que es muy bueno si se va solo... Y esto todas las aoches, ya de madrugada, con una temperatura de cero grados y con infelices veteranos de seis á diez años por héroes. Pero el gobernador no pudo acompañarme. Las autoridades, afortunadamente para ellas, van á todas partes en coche y no ven esas escenas de miseiia- -de explotación muchas veces- -que ilustran á Madrid y le ofrecen á los ojos LA CASA DE BLANCO Y NEGRO Cabrás, lector, que esta casa en donde se pu- 1 blica el periódico que lees, tiene una gran terraza que da. sobre Madrid; nada tan hermoso, ni que de tal modo incite á la contemplación, como esa terraza abierta enfrente de la metrópoli española. Pero, desgraciadamente, en la terraza no se pueden escribir las cuartillas; es necesario escribirlas dentro de un salón; y así como la terraza convida á las ideas contemplativas, el salón de un periódico moderno convida á las ideas reconcentradas y tristes. Nada hay tan triste como una mesa, un tintero, una pluma y un manojo de papeles recortados; nada tan triste como la producción á plazo fijo, las ideas á compás, lost artículos á fecha determinada, los nervios puestos automáticamente en tensión; nada tan triste como los telegramas, que llegan desde las cuatro partes del mundo chorreando sangre, ó llanto, ó miseria; nada tan triste como las noticias de la política, los murmullos del Parlamento, los vaivenes del intelecto de los oscilantes ministros; y nada, en fin, tan triste como los timbres del teléfono, que repican y chirrían continuamente en esta casa moderna. Nada tan triste como la electricidad, que inventaron los hombres para crear la neurosis; esa electricidad que pone un timbre en cada ángulo, un teléfono en cada habitación, y que todos los timbres, juntos, semejan voces de mando de un ser que está invisible; voces de mando que gravitan sobre la voluntad, que irritan, que amenazan... Nada tan triste como el ruido estridente de los timbres, como la electricidad, como la civilización moderna, agria, autoritaria, mercantil y plebeya. En cambio, desde la terraza de Blanco y Negro, ¡qué amable se ofrece el mundol Como la terraza es tan alta, los palacios próximos quedan chicos y por debajo, y los jardines muestran la paz de sus senderillos solitarios, y el paseo de la Castellana se abre como un río ancho por donde ruedan los infinitos carruajes. Aquel barrio tiene una paz, un recogimiento aristocrático. No se oyen allí gritos de vendedores, crujido de carros, cantos de ciego, toda esa balumba de cosas agrias que forman el núcleo del Madrid central; allí sólo se ven las mises, que empujan un carrito ligero, que lanzan miradas blandas sobre las cabecitas rubias de los ricos mayorazgos; allí sólo se ven los ancianos, enfundados en abrigos de pieles, ancianos que fueron un día ministros, generales, guapos mozos, y que ahora salen á tomar el sol, poco antes de dormir, ó tal vez de morir. Va cayendo la tarde y el sol cae sobre la masa revuelta de Madrid, que está allá abajo. Una franja de oro ciñe la silueta obscura de la población. El sol ha muerto, la ciudad se obscurece más. Ya la franja de oro se esfuma y palidece. Entonces el perfil de la ciudad se delínea vigorosamente en la dulce claridad del cielo, y las torrecillas, los cimborrios de las iglesias, yerguen sus siluetas negras; y algunas torrecillas, de tan afiladas como son, parece come que desean sutilizarse, elevarse, desprendersf y huir al cielo... Allá abajo está la Puerta de Sol: allá están los cafés, los teatros, el barullo, la tertulia, la murmuración, la envidia. la hiél, la lucha, el cansancio, la ira, todo cuanto com pone la civilización. Pero cuando el espíritu, asustado de esa vi sión del Madrid central quiere apartarse y sosegar, he ahí que por la otra banda aparece ut espectáculo admirable, como es la Sierra, come es el campo llano que se pierde lejos, en la nebulosa vaguedad del infinito. Aquella es la Sierra, blanca de nieve, con un penacho de n ubes, y con unos barrancos y cuestas agrestes que un postrero rayo del sol ilumina, tal como un último beso de la luz á la nieve... Aquellos son los campos rasos de Castilla, vacíos, planos, inmensos, buenos para cabalgar, para vagabundear; los campos llanos, patria de los mendigos, de los pastores y de los guerreros, las tres formas de expresión castellana. Y entonces que la llanura tiene tan honda sugestión, cuando los campos se ofrecen á las almas errabundas y soñadoras, entonces, huyendo del horror y tiranía de los timbres de la Redacción, ¡con qué avidez contempla mi alma aquellos campos llanos, imagen de la libertad, patria de la vagabundezl Ir por allá, huyendo de los timbres y de la civilización eléctrica, cabalgando como un guerrero, errando como un mendigo, vagabundeando como un pastor, con una alforja, un mendrugo, un rebaño que tin tinea, una vida contemplativa y serena por delante... 3 M. a SALAVERRJA A TRAVÉS DE LA FRONTERA Austria que tanto dio que hablar hace cuatro años, entra en su última fase. Nada idílica es, por cierto. Se recordará que el archiduque Leopoldo Salvador, hijo del gran duque de Toscana y emparentado muy de cerca con la Casa Imperial, renunció bruscamente á todos sus títulos, al propio tiempo que su hermana, la princesa consorte d; Sajonia, se marchaba en brazos del profesor Goron. El Príncipe facilitó la fuga de su hermana, y Cuando la dejó en seguro, se marchó á Suiza. Escribió entonces al emperador Francisco José anunciándole que renunciaba á su título de gran duque de Austria y á todos sus derechos y privilegios. Le anunciaba como postdata que tomaba el nombre de Leopoldo Wolsling. Y ya tenemos á Periquito hecho fraile, esto es, al Príncipe hecho un burgués, un ciudadz N OVELA DE AMOR. EPILOGO El idilio de un archiduque de