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U C MARTES 4 DE DICIEMBRE DE- i 9 o6. PAG. 6. EDICiON i. que pensar ante estas paiaaras. o ¿puedo no ser periodista? ¿No es esto un poco absurdo? He cogido mi pase de manos del ujier y he vuelto á bajar al pasillo. El Sr. Moral estaba allí. Sr. Moral- -le he dicho- -no puedo entrar á la tribuna. Un ujier dice que yo puedo no ser periodista. ¡Hombre ha exclamado el Sr. Moral. El Sr. Aguilera, que estaba alli próximo, se ha acercado. ¡Pero si ustedes una representación del periodismo! ha gritad o este bondadoso D. Alberto. Yo estaba muy satisfecho; soy una representación de! periodismo; el señor alcalde de Madrid lo reconocía. El Sr. Moral ha mandado á un ujier que viniera conmigo hasta la tribuna con orden de que me dejaran pasar y otra vez he comenzado á subir las escaleras. Dos ó tres escalones llevaba subidos cuando se me ha acercado precipitadamente un señor. Si no le dejan á usted pasar- -me ha dicho- -baje usted y el senador Parres hará que entre usted en el salón. Ahora sí que me he quedado atónito. ¿Yo iba á entrar en el salón? ¿Yo, pequeño parlamentario, sin la más remota esperanza de ser ni siquiera diputado, he estado á punto de sentarme durante un momento en estos asientos venerables, angostos, donde se acomodan nuestros ilustres proceres? Esto era terrible. Y este Sr. Parres, tan benévolo, que me hacía esta promesa maravillosa, ¿no era casi un antiguo y querido compañero del periódico España, de tan dulce memoria y donde él publicaba atinados artículos? En fin, he entrado en la tribuna y he desparramado la vista por los escaños. Todavía había pocos senadores en los asientos. Pero en las tribunas se veían bellas y encantadoras damas. ¿No os he dicho ya alguna vez que estas damas que aman al Senado son mis predilectas? ¿No os he dicho que ellas han pasado ya la edad de las locuras, de las ligerezas, y que hay en ellas un reposo en las maneras, una languidez y dulzura en las miradas, una calma, una serenidad que nos sugestionan y que en vano buscaremos en las atolondradas é inexpertas muchachas? Yo he mirado y vuelto á mirar con éxtasis á estas damas prudentes y bellas. Ya van viniendo senadores y diputados. De repente entre las negras levitas y los relucientes sombreros Se copa aparecen dos notas incendiarias, llameantes. No os asustéis; son las corbatas rojas de los Sres. Soriano y Junoy. Los dos vienen juntos; los dos, con sus trajes de americana, con sus sombreros hongos, producen un contraste jovial un poco revolucionario, en este ambiente. El Sr. Soriano y el señor Junoy dudan un momento; después van á sentarse. Y repare el lector dónde se sientan: el Sr. junoy en el escaño habitual del señor Montero Ríos, y el S r Soriano en el del Sr. Gullón. No creen mis ojos lo que están presenciando, y sin embargo, es cierto. Poco después, llega el Sr. Gullón y experimenta un ligero asombro; el Sr. Junoy le cede su escaño. Dos minutos más tarde aparecen los Sres. López Domínguez y Dávila; los dos toman asiento debajo de los Sres. Junoy y Soriano, y todos cuatro comienzan á charlar animadamente. Son ya las tres y veintinueve minutos. El salón está casi lleno. En este momento penetra el señor Maura. ¿Dónde se sentará el jefe del partido conservador? Los bancos primeros están repletos; el Sr. Maura permanece un momento en pie; se levanta de su escaño el señor marqués de barra y el ilustre orador ocupa este puesto; á su izquierda tiene al señor Weyler; á su derecha al señor conde de Moral ele Galatrava. Las manecillas del reloj marcan las cuatro menos cuarto. Todos nos impacientamos. ¿Qué sucede que no se abre la sesión? Están convenciendo á Montero Ríos para que retire la dimisión dice un compañero. Por fin, comienza á penetrar por la puertecilla la última turbonada de representantes del país; entre ellos aparecen los dos maceros; se produce un movimiento de ansiedad. El Sr. D Amos Salvador sube á la presidencia. Ya en la presidencia el Sr. Salvador echa mano á la campanilla; luego espera á no sabemos qué; después se vuelve y charla con unos señores; el tiempo transcurre; este querido S 1 Salvador no acaba de tocar la campanilla. Al cabo, transcurridos cuatro ó cinco minutos, la hace sonar y grita: ¡Se abre la sesión! Y un señor secretario comienza á leer el acta. La lectura no es escuchada por nadie; todos hablan á gritos; entre la algarabía se oye exclamar: ¡Pido la palabra! Es el señor conde der Esteban Collantes, Y en este instante, entre la muchedumbre que oculta la puerta vemos aparecer la barba gris del Sr. Moret; detrás viene el Sr. Borbolla; á continuación otros señores ministros. El señor Moret avanza sonriendo; nunca hemos visto en la cara de este también querido amigo una sonrisa tan dulce, tan abierta, tan bondadosa. El Sr. Moret se sienta en la cabecera del banco azul y el Sr. Borbolla al fina! ¡os demás ministros llegan poco después. En esto la lectura del acta termina y el señor conde de Esteban Collantes se pone en pie. Este señor conde había pedido la palabra sobre e! acta y para decir- -cosa que no tiene nada que ver con el acta- -que la proposición que se iba á votar era constitucional El señor conde había oído decir lo contrario; esta terrible afirmación había inquietado, desasosegado al señor conde, y ahora él se apresuraba á decir que no, que ¡a proposición era perfectamente constitucional. Descansó con ello el señor conde y el presidente dice que va á jurar un señor senador. En efecto, todos nos ponemos en pie; un señor vestido de frac avanza todo á lo largo del salón entre otros dos señores; luego jura y se dirige un poco turbado, perplejo, á es trechar la mano del presidente. Y cuando se hace de nuevo el silencio el Sr. Moret se pone en pie. Señores senadores- -dice el Sr. Moret- -habiendo llegado á oídos del Gobierno la noticia de. graves sucesos, el Gobierno, entiende que ha de tomar resoluciones que han de someterse á la Cámara. No ha dicho más e! señor Moret; el presidente levanta la sesión y todos nos marchamos. AZORIN poderosos elementos ae concordia y fraterni dad, unión y compañerismo no interrumpido, que llegan con sus beneficios al fondo del hogar y de la familia con su profesional v benéfico influjo. Antiguamente cargaban ios cánones hacíen do con la misma bala una cruz é invocando el nombre de Santa Bárbara, y muchos militares y guerreros la reverenciaron en todo tiempo. San Fernando grabó! a imagen de esta virgen en su espada de batalla, que hoy guarda nuestra Real Armería; el museo de Cluny conserva la de! marqués de Pescara, que hizo io mismo; Alfonso IV de Aragón hizo diligencias con los mahometanos de Oriente para ir sus reliquias; los reyes de Castilla Alfonso X, el Sabio, y su esposa doña Violante, procuraron también e! precioso tesoro de su cuerpo, oiré ciendo por él crecidas sumas; y Felipe ¡I ob tuvo sus reliquias, las que encerró en una caja de plomo, que hizo colocaren la pirámide con que termina el cimborrio del Monasterio de El Escorial, sitio señalado por una planche; reluciente de cobre dorado, que tiene grabadas algunas oraciones. La catedral de Segovia y la de Córdoba dedican altares á esta Santa; en e! raoiunento público de esta última ciudad, el Triunfo, figura su estatua con ¡as de San Acisclo y Santa Victoria, sus patrones; en el palacio de! Buen Retiro y en el mayor de sus oratorios había dos estatuas de San Fernando y Santa Bárbara, que se presume sean las mismas que hoy se hallan colocadas en e! presbiterio de la Visitación ó Salesas Reales, y en la Universidad de Salamanca hay una capilla famosa, en ¡a que se confeti m los grados de licenciados ante la imagen de dicha Santa. Los artilleros navales también la veneran como su Patrona, y sabido es que en los birques de guerra hay un departamento con el título de Santa Bárbara, donde van los pertrechos de guerra y resguardo de la pólvora; los maestros de escuela de algunas comarcas extranjeras, los libreros de Roma, los jugadores de pelota y del mallo y los fabricantes y vendedores de cepillos y brochas en Francia, pon la identidad de su nombre y la palabra baibe de! francés, ostentan en todos estos artefactos ¡os atributos de la Santa, lo que sz puede dispensary aun aplaudir en gracia á la buena intención de alistarse bajo su advocación v proclamarla su protectora. Los mineros, por los pengros de su oficio y por el uso de los barrenos de pólvora, también la han elegido por su Patrona; D Augusto Piasencia, del Cuerpo de Artillería, llevó el título de conde de Santa Bárbara, y os artilleros de otras naciones, aun los no católicos, la veneran y se asocian en este día á los festejos que la dedican y á consolidar por este me dio la amistad, la unión y el compañerismo, rodeando la imagen de Santa Bárbara con sus baterías, con sus cañones, balas, banderas, armas y pertrechos militares y poniendo á supií esta jaculatoria: Interceded por nosotros para que padezcamos la muerte por la patria y lo gremos la corona de nuestra abnegación y de nuestro heroísmo RAMÓN MÉNDEZ Presbítero. SANTA BARBARA. Y LA ARTILLERÍA Bárbara, umversalmente conocida en tre los católicos como abogada contra los rayos y los truenos, evoca todos los años en la cristiandad el recuerdo de la excelsa Patrona de la Artillería española, de la que es símbolo de su unión, manantial de su fuerza, enseña de sus victorias, foco de sus entusiasmos y sombra protectora que guía á esos caballeros militares é ilustres artilleros, que como soldados cristianos la buscan en la fuente de su verdadera virtud para honrar! a bandera de invicto Cuerpo. Desde que principió el uso de la Artillería empezó también la devoción de sus soldados á á esta Santa, sin duda porque habiéndola proclamado ya abogada de los rayos y de los truenos, y siendo este fenómeno de la Naturaleza el más parecido á los cañonazos, y el más temible, buscaron su patrocinio; fue elegida como escudo de ese Arma, la más poderosa de nuestro Ejército. Es posible que los artilleros españoles no manifestasen su devoción á Santa Bárbara hasta principio de! siglo xiv, en el que comenzaron á oírse los tiros y truenos de la pólvora; pero puede conjeturarse, que desde las guerras de Granada, y muy probablemente desde la toma de la ciudad de Baza, en 4 de Diciembre de 1489, en que los artilleros expulsaron á los mahometanos, data esa devoción. Hoy la Artillería tiene á Santa Bárbara como uno de les más preclaros timbres de su honor y fundamento de muchas cofradías artilleras, us son VULGARIZACIÓN CIENTÍFICA LOS HILADOS Y LOS TEJIDOS i; jVTo tenemos ningún dato positivo que noi dé á conocer cómo, cuándo y por quién empezaron á usarse los tejidos, y es que, ade- J más de que su uso es muy- anterior indudablemente á los tiempos históricos, debió llegarse á ellos por gradaciones insensibles hasta el punto de que fuera difícil determinar el momento de su aparición, aunque conociéramos paso á