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A B C. V I E R N E S 3o D E N O V I E M B R E D E 1006. P A G 9. E D I C I Ó N i. sobre mí los amplios mantos y los sombreros con eso que llevan colgante, que no sé qué nombre Je dan las mujeres; pero que yo le lla AS ENLUTADAS Me agrada sobre manera estudiar las maría como nuestras madres llamaban en sus caras y los trajes de los transeúntes, tratando tiempos á ciertos lazos, sigúeme polio... Bueno; de adivinar así su historia íntima. quedamos en que cada vez que mis ojos veían- ¿Eres tú de los que creen aún que el ros- galas negras, se ponían en campaña inquisitiva. tro es el espejo del alma? ¡Vaya un inocente! Esta hermosísima rubia- -me decía á mi mis- ¿Y los vestidos, no te dicen nada mo- -tan distinguida y elegante, debe llevar- ¡Hombrel ¡Como decir... sí! Suelen decir luto por su padre: la cara pálida denota pena muchos embustes. Cualquiera averigua en es- muy honda; sus ojos azules no tienen alegría tos tiempos la verdad á través de un traje! más que á ráfagas y hasta parece que se avergüenzan de ello, y los párpados apagan el bri- ¿Ni aun tratándose de las mujeres? ¡Alto ahíl Tratándose del bello sexo... llo momentáneo. Pobrecita huérfana! Cuánto debe haber sufridol mucho menos. D 1 ME COMO VISTES... lor! ¡Lo menos hace tres años que la conozco de vista! Siempre va envuelta de pies á cabeza en ese velo que parece de los tiempos de Manatos y capas... Asi continuaba yo mis observaciones... ¡Y qué? ¿Qué? Pues supe que la hermosa rubia había matado á disgustos á un tío riquísimo cuya fortuna tenía que heredar, y casi no podía disimular la satisfacción, que ¡a salía por los ojos, de haber ganado la partida. La morena llevaba luto, efectivamente, pot su esposo; pero el pobre había pasado con su dulce mitad, de ojazos trasnochadores, las penas del infierno; coqueta, dominante, nerviosa. UN DESCARRILAMIENTO P; MIERES. ESTADO EN QUE QUEDO EL TREN DE MERCANCÍAS DESCARRILADO ANTEAYER AL ENTRAR EN LA ESTACIÓN Fot. Villa. ¡Qué herejía; eres un incrédulo en todos los asuntos! -Mis razones tengo. Escucha: No te referiré las veces que una belleza provocativa, á juzgar por las líneas del rostro y la viveza del colorido de una toilette, me ha resultado ser una honesta y dulce joven capaz de hacer simpático el matrimonio al más descontentadizo. Haré caso omiso de las numerosas ocasiones en que he quedado chasqueado en sentido completamente contrario. ¡He hallado por el mundo cada niña de apacible físico y modesto aspecto, que ya ya! Sólo te contaré mis episodios de las enlutadas. Durante una temporada larga, hace de esto pocos años, me dio por observar á las que iban de luto. Qué poderosa atracción ejercían Aquella morena con ojazos endiabladamente complicados de color, pues no se sabe si son negros ó pardos ó de todos los colores á un tiempo- -continuaba yo en mis soliloquios cuando se presentaba ocasión- -debe ser viuda; creo que las viudas llevan ese velo flotante; sí, indudablemente, es una viuda; el marido habrá estado muy enfermo, y hasta quizá ella, en su abnegado papel de hermana de la Caridad, haya sido contagiada del mal; ese color de rosa que en ocasiones se torna casi encarnado, será producto de la fiebre; la calentura mina su naturaleza creada para la dicha, y empleada en el dolor por una crueldad del desfino... ¡Qué cantidad de heroísmo encierran esos cresponesl ...Por la acera de enfrente va la del manto largo... ¡Vaya una mujer consecuente en su doirascibie, caprichosa, cuando yo la conocí estaba próxima á casarse con otro, á pesar de lo cual prolongaba el luto, porque con su rostro coloradito la favorecía lo negro. ¿Y la del amplio manto durante años y años? ¡Ah! esa era otra cosa... ¡Cómo que no llevaba luto por nadie! Su envoltura era sencillamente un gancho... ¡Había observado la pobrecita que con el manto largo hacía más conquistas, y le usaba constantemente; como si di jéramos, para capear incautosl Anda, ver. me á mí con cuentos de que el rostro y el traje son el reflejo del espíritul M. a DE A. OSSOR 1O Y GALLARDO