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A media noche, un vivo resplandor y una humareda sofocante le despertaron. Levantóse alarmado, se arrastró hasta la orilla del río guiado por las llamas, y vio que la piragua de que hasta entonces se habían servido estaba casi consumida por el fuego. La noche anterior se había olvidado de retirar las ascuas enterradas en la ceniza y aisladas por el amasijo de arcilla; éste, agrietado por la acción del fuego, dejó paso á la lumbre, y como el casco de la piragua era de madera muy resinosa, t a r dó poco en arder. Era aquélla una irreparable catástrofe cuyas consecuencias habían de ser terribles. Privados de la embarcación, los náufragos no podrían salir de aquel maldito lugar. ¡Era lo que nos faltabal- -murmuró Christian dolorosamente. Para calmar la fiebre que le atormentaba bebió grandes tragos de agua, y luego volvió á echarse al pie del árbol. Adormecióse de nuevo. A poco sintió en las sienes un dolor penetrante; su corazón comenzó á latir des ordenadamente; su piel, seca, ardia, y su vista se nubla ba con una nube rojiza. Sus ideas desvariaban, atrope liándose con intermitencias de lucidez. -T e n g o fiebre- -pensó. ¿Será fiebre sólo, ó será también efecto del hambre? Le asaltaron nuevas pesadillas espantosas y un desea invencible, de hablar. Esta enfermedad, en la que cualquier práctico hubiera reconocido la fiebre perniciosa, le privó de la noción del tiempo, le inmovilizó y no le dejó más que una sensibilidad dolorosa y exasperada. La joven, sumida en un -refundo sueño que había sttbs tituído á las mortales angustias de la jornada, no oía los gemidos de su compañero. Los ruidos de la selva, con los cuales se ha familiarizado, no la desvelan ya, y los queji- pombres gznencos de Orangs btnua (hombres t tóelo) Otangs Onlans (hombres de los bosques) Boukí (hombres de las montañas) Orangs Oubou (hombres d los ríos) Orangs Daral Liar (hombres salvajes) sencillamente Orangs Ouhu (hombres del interior) Alrededor de los hombres de los bosques se tía creado una temerosa leyenda que los representa como fieras horribles y antropófagas. Aun deseando encontrar nlgún alma viviente, Christian temía eí encuentro con ellos. La subsistencia de los dos náufragos era cada vez más precaria. Hacía dos días que no habían encontrado qué comer; el hambre les aguijoneaba, y sus fuerzas decaían. El desdichado oficial estaba en ayunas desde hacía doce horas. Queriendo ocultar á su compañera el horror de la situación y preservarla el mayor tiempo posible de los tormentos del hambre, aparentaba una alegría claramente desmentida por su palidez, y la reservaba los pobres alimentos que habían podido encontrar hasta entonces. ¿Pero usted no come? -le preguntó Ana al ver que no compartía su frugalísimo alimento. -Gracias, ya he comido- -contestó él sonriendo. -Usted me engaña- -repuso la joven. -No duerme usted, no come... -Sí como, s! Esta noche me sentí co? apetito y en tré á saco en las provisiones. Justo es que le ceda á usted lo que ha quedado. -N o extreme usted su abnegación y comprenda que nuestros apuros de ahora n o serán soportables si no ¡os Compartimos equitativamente. -Da usted mucha importancia á un detalle que no fa tiene. Además, ya no hay caso. N o tenemos ya ruda que comer. E s la primera vez que nos ocurre y hay que r e mediarlo. Voy á dejar á usted sola y á buscar, alimento Dará la noche. ¿No tendrá- usted juiedci?