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AÑO CUATRO CRO 1 M 1 CA UN 1 VER BAL ILUSTRADA. ijOreíraos empezar á disfrutar el clásico verade S in Martín. Una mañana tibia, (aunque de cielo cubierto, nos lo hizo creer; pero por la tarde volvió la lluvia y nos deshizo 5 a combinación. Madrid se dio tono de París. Tuvo su pe queño Longchamps. En e! Hipódromo una íraiaja de raocín, ó si se quiere de bronca smart porque se dio raai la salida á un cat w n o MADRID, i 2 DE NUMERO SUELTO, 5 CÉNTIMOS sidencia se gobierna á iodos los españoles y desde la jefatura sólo á una fracción de ellos. Ahora se busca la presidencia del Consejo para llegar á la presidencia del partido. Lo cual demuestra lo inconsistente, movedizo y circunstancial de una investidura que puede obtenerse por un decreto. Y demuestra además po ¿a fe en! os derechos propios y mucha esperanza en las flaquezas ajenas, cuando la jefatura se fía á las influencias del Poder y á las mercedes, carteras y actas que se otorgan desde lo alto. Y así resultan partidos creados por el jefe, y no jefe creados por el partido. Puro artificio que deshace y desbarata luego la realidad, única madre creadora de partidos, jefes y Gobiernos vivideros. Y mirando serenamente! as cosas, este pleito que devora y consume la vida de las huestes liberales, es un conflicto inventado por ellas. Porque, en verdad, ¿son necesarias las jefaturas, ó son simplemente invención y convención para recreo de la vanidad? El ejemplo de otros países y la Historia en el nuestro enseñan la inutilidad de esas investiduras. ¿Sirven para definir dogmas? Pues en este caso es que no los hay preestablecidos, y entonces tampoco hay verdadero partido. Habrá banderías que acompañan y hacen coro á un personaje movidas de intereses, esperanzas, promesas y ventajas meramente personales. ¿Sirven para más alto objeto, para aplicarlos dogmas ya definidos á cada problema de Gobierno? Pues en este caso la doctrina es la que dirige: la bandera es el jefe, sea quien sea el abanderado que la lleve. Así sucede ahora en Francia, de cuya buena gobernación no cabe dudar. Allí hay partidos, pero no hay jefes. Waldeck Rousseau, Combes, Sarrien, Clemenceau, por no ir más atrás, han salido indistintamente de la fila de la mayoría para, presidir Ministerios. Y entonces han llevado la representación de su partido, sin adjudicarse su jefatura permanente é inamovible. Se ha visto, por ei contrario, á los presidentes descendiendo á ser presididos por ministros que ellos presidieron hasta el día anterior. Y lo mismo se ve mirando á la era romántica de nuestra política, de nuestros grandes políticos. No fueron jefes de partido los hombres que gobernaron más y mejor en aquellos años de gloriosa, pera costosísima evolución hecha ó con la sangre, ó con la palabra, ó con la pluma por el periodismo vibrante, por la elocuencia caliente y por las últimas espadas vencedoras. Por la sola y natura supremacía del talento, formaron Gobiernos Mendizábal, Calatrava, López, Olózaga, González Bravo, Arrazola, Bravo Murillo, Sartorius. Y más adelante, Cánovas y Sagasta dirigieron á conservadores y liberales, y, sin embargo, hubo Ministerios de Malcampo, Martínez Campos, Jovellar y Posada Herrera, que ni eran jefes ni podían codearse con ellos. Y acaso, lejos de ser un mal, son un bien esta divisibilidad de los partidos y esos matices dentro del mismo color. Y acaso también la ihertad y la autoridad de los monarcas sufran merma indirecta con la institución de esas subreionarquías que les constriñen á delegar siempre en un hombre ya nombrado y elegido por otros poderes subalternos. Si los liberales, conteniendo emulaciones, olvidaran los honores fútiles del penacho, se descargarían del peso más. grave que embaraza su camino, por querer ¡reunir en una cabeza la autoridad temporal rigiendo el Estado, y la autoridad espiritual rigiendo las conciencias de su Iglesia. Vale y puede más un partido sin jefe á la vista, que varios jefes sin partido en la opinión. Tal vez en recientes actos pailamentarios se señala esta tendencia á reconoces por apoderado legítimo del partido á todo Gobierno formado con sus hombres, y hay un atisbo de esta necesidad, que es vital ante las osadías reaccionarias que se estrechan y empujan al primer asomo de la verdadera democracia. EUGENIO SELLES fcallo. No hubo, afortunadamente, incendio ni saJéjueo de pabellones, como los hubo reciente jnente en e! Longchamps de París, pero con el (barullo fue bastante para podernos codear con la capital de Francia. Ya que no encaje aquí la (fiesta, que encajen siquiera sus naturales consecuencias. En la Academia de Bellas Artes se celebró Ja solemnidad de recibir como académico al gran pianista navarro Larregla. Los obreros de pan francés tuvieron una retinión, pero no para declararse en huelga, como se temía, sino para protestar en forma legal y correcta contra supuestos abusos de los patronos respecto al descanso dominical. Es decir, que el suceso, como el pan, no tenía toda Ja miga que llegó á temerse. Los estudiantes persistieron, en una nueva jfunta que celebraron, en honrar e! nombre del sabio Ramón y Caja) cosa que á todo el mundo le parece bien, é insistieron en que a la ¡calle de Atocha se la dé el nombre de aquel inísigne hombre de ciencia, cosa que á los vecinos y propietarios de dicha calle les parecerá jnal. La verdad es que se ha abusado tanto en eso de dar nombres nuevos á muchas calles, que el favorecido ahora con la pretensión de los estudiantes no ha de salir muy beneñciado pon ello. La indiscreta lluvia privó á los devotos de Ja fiesta taurina de la novillada anunciada en la Plaza de Madrid, pero no de una becerrada en Tetuán. Se conoce que cuando llueve en la trilla, en sus suburbios hace sol. La política, en actitud expectante. Se habló de crisis con motivo del percance sufrido por tí Tratado de comercio con Suiza, aquel famoso Tratado hecho este verano á la americana en Cauterets, pero todo ello no pasó de un decir. Sucesos callejeros, no obstante la festividad del día, dado á sucesos, se registraron pocos y de escaso interés. Más vale así. BASES ORGÁNICAS DE KITCHENER uinplo lo ofrecido en mi último artículo so bre las J eformas militares, y dedico éste al general Luque para que se convenza de que en los cuarteles y en las campos de batalla es posible adquirir ideas sobre organización milit- r, que se parecen poco á las que é 1 ha adquirido. Lord Kitchener, comandante en jefe del Ejército ihglés de la India, está al ícente da 5.721 oficiales y 2i3.ooo soldados, en cu o entretenimiento se gasta un presupuesto de yj 3 millones de pesetas. Es un ingeniero müit. w, cosa que ya Guibert en 1780 apreciaba mucho, y que en 1906, cuando no es fácil domit t corao aficionado los progresos de la industria militar, debe ser más apreciada, Kitchener h sido sucesivamente caudillo vencedor del Mahdi en el Sudán y de los boers en el África meridional. Por todo esto, sin llegar á la altura úz un Federico, de un Napoleón, de un Moltke, es una figura preminente en la historia raiíitsr de la época. El general Luque, partidario ds la experiencia, no podrá recusar por metafísica y libresca la opinión de quien ha guerreado tanto, en tan altos puestos y con ventajas pcsitivas para su patria. La fama de Kitchener en Inglaterra es tal que hace dos ó tres años, cuando se nombró la comisión Exher para estudiar el procedimiento de- reformar el ejército, propuso! odr Rosebery que el mariscal decidiera entodo y por todo; pero éste, más experto y más entendido, declinó el encargo, y aun en Marzo último, a! informar al gobernador general de la India sohre la reorganización del ejército que el mismo Kitchener tiene á sus órdenes, expuso lo qus copio: Que el único procedimiento para establecer racionalmente las bases orgánicas de un ejército, es el siguiente: i. amplio y cuidadoso examen de la situación militar del país (externa é interna) por los mejores peritos de que se disponga (el Estado Mayor Central, ó lo que. haga sus veces) i. sumisión del resultado de este estudio al Gobierno (especializado para el caso en el Consejo de la defensa nacional) 3. decisión del Gobierno total respecto á los medios financieros que han de dedicarse á la defensa nacional, y acomodamiento de las fuerzas á esto medios. Trátese de un despotismo paternal como es el Gobierno de la India, ó de una Monarquía constitucional como la de Inglaterra, no se puede adoptar otro método más cuerdo ni tan bien calculado para colocar la política militar sobre un pie sano, y fijar las responsabilidades futuras sobre autoridades que no puedan subrepticiamente evadirlas. He traducido casi al pie de la letra, dejando ins frases en inglés ó poco menos. EL PENACHO las divisiones, desgracias y caídas que el partido jiberal padece en esta su etapa tde malandanzas, procede de la reñida y no resuelta cuestión de su jefatura. En su desgarrado seno no se contiende por Jas ideas, por el más ó el menos de su oportunidad y aplicación práctica; sus diversas mesnadas concuerdan, al parecer y salvo propósitos ocultos, en ¡os principios y se cobijan bajo la misma bandera. Dispútense solamente el penacho de generalísimo y en eso ni están conformes ni se divisa el camino de la conformidad. s Antes se buscaba la jefatura para asegurar la presidencia del Gobierno siempre que el partido fuer llamado á gobernar. Ambición loas grande y noble, puesto que desde la pro-