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A B C DOMINGO n DE NOVIEMBRE DE róo 6. PAG. n EDICIÓN í. MK I S. M. EL REY EN MADRID. SALIDA DE LA ESTACIÓN DEL MEDIODÍA CON LA REINA VICTORIA Fot. Goñi. AL LLEGAR AYER DE REGRESO DE LACHAR SITUACIÓN INSOSTENIBLE e tal puede calificarse la del Gobierno ac tual. Nuestros políticos se muestran como fatalmente impelidos por el afán de destruir con el título de reformar. Vamos á tratar, en un diario de la excepcional importancia de A B C, de la situación difícil por que atraviesa el Gobierno actual y de las tremendas responsabilidades que ante la nación y la Corona han de incurrir los sucesores Gobiernos dinásticos sino tratan con gran pulso, serenidad y prudencia, los problemas de honda trascendencia que se agitan en el seno de la patria española. La mayor de las calamidades de una nación no es precisamente carecer de Gobierno: cuando esto sucede, hay esperanzas de que en ese período crítico y angustioso se constituya un Poder fuerte y moderador. Lo más malo es que al frente del Estado aparezcan Gobiernos débiles é inestables, sin más arte de regir las naciones que lo que dice la Prensa de partido ó lo que se oye en los sugestivos escaños del Parlamento. Ésto es lo que sucede actualmente en España exasperando al espíritu más patriota y mejor intencionado. Aquí, se dice, el gran problema, el hondo problema que tiene que resolver éste y cualquier Gobierno, es el problema clerical. Sin esta resolución, nada de positivo y práctico se puede hacer en los demás órdenes del Estado. Cuando esto se afi. ma con todo el aplomo y gravedad del mundo, es para ponerse á temblar, si no estuviéramos curados de espanto, ante el porvenir de la desgraciada patria española: divíase que por una especie de sino de fatalidad, estamos condenados á perdernos. Evidentemente aquí se ha perdido ya por completo la brújula de la buena gobernación; la nave del Estado se ve amenazada por encrespadas olas y furiosos vendavales, y para dirigirla á puerto no se ven más que pilotos que no saben ser sino niitiistros. de la tempestad misma. No negaremos que hay ef ctivamente en España un problema que, á falta de otro nombre menos hipócrita, se ha llamado aniiclericaí; la supuesta invasión frailuna es, á lo menos, un problema para los exaltados de la izquierda democrática y para todos aquellos que, después de haber proclamado la libertad, son sus mayores verdugos. Asombra el ver que mientras Alemania, Inglaterra, Bélgica, Suiza y Estados Unidos reciben con Ha mayor cordialidad y respeto á las expulsadas congregaciones francesas, los que se llaman á boca llena demócratas liberales nieguen la respiración y el aire á las congregaciones españolas, tratándolas con más dureza que á los masones, librepensadores y anarquistas. Y todo en nombre de la libertad y del progreso. Pero es indudable que para la mayor parte del país el problema anticlerical no existe, ó de existir, no puede ni debe solucionarse en la forma que intenta el actual Gobierno, que ea este asunto no ha sabido inspirarse en el criterio de un liberalismo sincero y respetuoso para las convicciones y creencias de la mayoría de los españoles. Esto lo conocen los mismos prohombres del partido liberal que no están atacados de clerofobia. Parala mayoría, mejor dicho, para todos los españoles, existen otros problemas más trascendentales, de cuya solución pende la tranquilidad de los espíritus y el bien de nuestra desdichada patria. Estos problemas son: el de la escuela y cultura nacional; el económico, en sus tres principales fases de agrario, industrial y mercantil; el militar, que entraña la respetabilidad del Estado, la paz interior y la defensa del territorio; el de nuestras relaciones internacionales, y, sobre todo, el político, hoy más hondo que nunca, por la levadura separatista que lleva en su seno el regionalismo actual Estos, sin desconocer la importancia del religioso, son los problemas verdaderos, los preeminentes, que deben preocupar á todo es pañol que no haya perdido el sentido común y el amor á la integridad de la patria. Hay que buscar para ellos una solución perentoria, si se quiere que España se regenere, í ue su población no emigre desfallecida de hsKibíe y de miseria, sino que aumente y crezca y que, después de la catástrofe colonial, no empiece k desmembración y aniquilamiento de la Península é islas adyacentes. No hablamos de peli-