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A B C DOMINGO J i DE NOVIEMBRE DE ioo6. PAG. 5. EDICIÓN u EL GENERO CHICO EN LA ACADEMIA la vacante Cuentanhapor ahí que paraencubrirAcademia de que dejado Cheste la la Lengua, -se ha pensado en la persona del sainetero Ricardo de la Vega; de modo, que el género chico, tan despreciado y tan modesto, tan plebeyo y vulgar, va á encaramarse a! santuario de la noble y consagrada literatura. Esta es obra de los tiempos confusos y revolucionarios ¡que corremos! Ya no hay orden ni estabilidad en las cosas de los humanos; ios toreros son ahora concejales; los aristócratas, vale por dos epopeyas; una franca risa, una carcajada bien abierta y bien sonora; equivale á dos horas de compunción y llanto; el reír es más útil que el llorar, y si no tan útil, -cuando menos más agradable y entretenido; y es seguro que un buen payaso, un payaso sutil é ingenioso, nos ayuda gratuitamente á sobrellevar las muchas intemperancias de la vida. N o he de ser yo quien le niegue á un sainetero el derecho de encaramarse hasta la Academia. Además, el genero chico es un género nació nal, digno de toda suerte de respetos; hasta podría asegurarse que el género chipo es un arte nacido de la entraña misma de la nación, un arte que obedece aja ley de los tiempos y chiste limpio, bello y oportuno significa tanto para la salud del alma como una ráfaga de aire montesino para un pulmón enfermo. Luego en un pueblo donde abundan los chistosos de mala ley, quien se encarga de hacer reir bella y noblemente hace funciones de escoba, que barre la inmundicia de la risa brutal ó sucia. Los saínetes son útiles, y cuando son bellos, necesarios. La risa es necesaria, sobre todo en este país donde tantos motivos de lloro tenemos á todas horas; porque si nos quitan la risa, y no nos quitan la honda y secreta angustia patria, ¿que habrá de ser de nosotros... Hagan, pues, académico á un sainetero. Un académico... Sólo de mentar ese notrt EL REY EN LACHAR Í LOS INVITADOS DE LA COMITIVA SALIENDO DEL CASTILLO PARA DIRIGIRSE A LOS CAZADEROS EL SEGUNDO DÍA DE CACERÍA ton comediantes; los saineteros, académicos... Si aquellos graves señores de la Corte de Francia, aquellos que fundaron la Academia y que se sentaban solemnemente en sus sitiales, con sus grandes pelucas y sus espadines de plata; si aquellos otros académicos españoles, que por obedecer los gustos de los franceses formaron aquí la Academia de la Lengua Española, si todos aquellos solemnes señores vieran á un sainetero convertido en académico, ¿qué escándalo y qué pavor no sentirían? Un sainetero en la Academia... Después de todo, eso ¿qué importa? Los tiempos son de trastorno y de paradoja, y nada tiene ya que espantarnos. En último término: un saínete de las circunstancias actuales. Ved: la raza es chica, la política es chica, la laboriosidad es chica, la ilustración es chica, los gobernantes son chicos; donde todo es chico y risible, ¿qué ha de ser la dramaturgia, sino chica también? Pues si la Academia e s t a consagración del pensamiento y estilo nacionales, que entre en la Academia el género chico. Pero con esto del teatro menudo sucede lo que con otras muchas cosas, y es que no comprendemos su verdadero valor. Generalmente, las personas solemnes se figuran que un chiste no significa nada; sin embargo, las personas que no somos solemnes, pero que arrastramos por el mundo alguna tristeza, sabemos que un bre les tiembla de espanto el corazón á los liti ratos jóvenes. La Academia es la vejez, el término, la fin del camino y de la vida; ser académico significa tanto como ser hombre anciano, cerebro gastado, pluma vacilante, gloria que ya no crece, ni se hincha, ni prospera; la Academia es una especie de santuario donde se mete á los hombres vivos para que vayan familiarizándose con la muerte. La Academia pone pavor en el alma de la juventud. ¿Y esto, por qué? Sencillamente, porque? n la Academia no entran más que los viejos. ¿Y por qué ha de esperarse á la vejez para gozar del respeto, del poder y del mando? ¿Qué jnvoluc cíón. extraña es ésta, que niega