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SRA DE ARTAL. ¿Y por qué no les decíais á vuestras primitas que escribieran? BEATRIZ Porque no nos dejaba nunca solas con ellas; teníamos que estar siempre á su lado para que pudiera oir lo que hablábamos. E S C E N A IX DICHAS, SRA. DE VALLE, MATILDE y CLEMENCIA SRA. DE VALLE. SRA. DEVALLE. CÁNDIDO. SRA. DEARTAL. Ya estamos todos reunidos: vamos á la mesa. ¿Pero qué tienes tú, Paulina? Estás pálida y agitada. SRA. DE ARTAL. E S que acabo de saber por mis hijas lo que han sufrido durante mi ausencia, con doña Severa. SRA. DE VALLE. Ya me han contado también Matilde y Clemencia cosas increíbles de la severidad que ha usado con Beatriz y con Luisa. Y lo peor es que, según se ve, con esa severidad ha conseguido crear en las niñas defectos que nunca habían tenido. DOÑA AMALIA. Seguramente; ahora mentían por evitar los castigos, contestaban si se las reprendía, se enfadaban por cualquier cosa, siempre se estaban peleando á cada momento; pero como acabo de deGir á esta señora, su presencia y su ternura maternal volverá á poner todo en el orden que antes se encontraba, y Beatriz y Luisa serán tan buenas como Matilde y Clemencia. BEATRIZ. S Í SÍ, doña Amalia; nosotras estamos mucho mejor cuando somos buenas; y ahora que mamá está aquí con nosotras, ya verá cómo no tiene ningún motivo nunca para reprendernos. ESCENA X DICHAS y CÁNDIDO CÁNDIDO. (Anunciándose? ¿Dan las señoras su permiso? Entrega una caria á la Sra. de Valle. ¿De quién es esta carta, Cándido? De doña Severa. ¿Cómo de doña Severa? ¿Es que no almuerza hoy con nosotros? ¿Está mala? CÁNDIDO. N O sé, señora; su doncella Brígida me ha dicho de su parte que traiga esta carta. SRA. DEARTAL. En fin, veamos qué dice. SRA. DE VALLE. (Leyendo en voz alta. Señora y prima mía: Permitidme huir de una posición tan incómoda y penosa. Yo no puedo ver, sin temblar de indignación, los modales ordinarios modernos y las costumbres puramente lugareñas de las señoritas encargadas desde hace poco á mi cuidado. Conozco que no podría callarme, y me está vedado el hablar. No queriendo, mi respetable señora y prima, acatar vuestras modernas costumbres, ni obligaros á seguir mi noble y antiguo régimen, costumbres muy justamente llamadas perfictas por la amable señorita doña Amalia (digna de estar iniciada en la distinguida vida de otros tiempos) pongo en vuestro conocimiento mi determinación irrevocable. Dentro de dos horas habré dejado vuestra casa para no volver jamás á ella. La Sra. de Artal me ha hecho ver muy claramente que mi voz no será escuchada. Adiós, señora; dignaos aceptar el homenaje respetuoso de vuestra muy humilde y muy obediente servidora, SEVF. RA. SRA. DE VALLE. E S singular, pero no me importa. Cándido, vaya usted á decir que nos pongan el almuerzo. La pobre debiera haberse esperado, y no irse antes de que nos sirvieran el almuerzo. No quiere comprender que la maña valdrá siempre más que la fuerza. CAE EL TELÓN A V E N T U R A S D E F U- S A N G (Continuación, Le entrego el arma jí fioriíeno que matara a un hombre que- dormís n el cuarta utnsediata. Después dejó solo Fu- Sang, qtte quedó sumido en un mar de confusiones. Penetró en ei cuarto más muerto que vivo, luchando con la idea de aque crimen cobarde. No; ti no habla nacido pat asesino, nano... Y fue y despertó al hombre y se lo contó í El pobr 3 hombre, que era un obrero da as minas de diamante se vistió mas l u i d í piaea. E invitó á Fu- Sang á salvarse con él saltando por la ventana. Así lo hicieron, y cuando se encontraron en la calle los dos, respiraron a sus anchas. EJ minero, agradecido al muchacho, decidió recompensar su noble proceder. (Continuará.