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VI El campamento de los náufragos. -Después de la pérdida del Goda- ven Primera comida. -Los lecursos de ios náufiagos Piragua anegada. -Capitán y tripulación. -Los últimos cartuchos. ¡Avantel AI borde del arroyo, cubierto por espesa niebla blan en, cobijado por una viejísima higuera, que proyecta ho srizontalmente sus ramas enormes, estaba inmóvil, silen cioso, un grupo formado por una mujer y un hombre. Recostada en el tronco del árbol, la mujer dormitaba tranquilamente. El hombre vela, en pie, junto á una ho güera y armado de un palo convertido en chuzo. Pálido con los cabellos en desorden, los vestidos desgarrados contempla con tristeza á su compañera. A poco, estremecida por el fresco de la madrugada, despiértase ella, le mira y sonriendo le dice: ¡Christian, hermano mío! ¿Todavía de pie? ¿Cuándo querrá usted descansar un momento? -No hay que pensar en eso. Mi obligación es atender á todas las necesidades de usted, proporcionarle el límento posible, velar su sueño... -Y sucumbir... ¿no es eso? -No, no estoy cansado. Los marinos resistimos mucho. -Pero no hay que confiar en la resistencia. No hay que abusar de ella, sobre todo, sobrando tiempo para descansar. ¡Ay, sí, no es el tiempo lo que nos faltal -i Y las provisiones? ¿Se han agotado? t ienso que corría, gritó: -Sin duda. ¿Y si yo no quisiera? -No habría más remedio. -Repito: ¿y si yo no qui- sie- ra? -Aunque me viese obligada á emplear la violencia, embarcaría usted la primera. -Pues aunque me vea obligada á arrojarme al mar, declaro que sólo saldré del buque inmzdiamente antes que el capitán. -Eso es una locura. Acababa el capitán de pronunciar estas palabras, admirando aquella firmeza de carácter, cuando de todas partes del buque salieron gritos de: ¡Nos hundimos! Nos hundimos! La siniestra noticia era cierta. El Godaveri, combatido por las olas, que amenazaban destrozarle, se iba hundiendo de popa lentamente. -No se ocupe usted de mí, capitán- -dijo! a joven. Haga usted lo que su deber le ordene. Yo le seguiré á usted. Los botes fueron lanzados al agua. Al alejarse el primero, los que le tripulaban gritaron ¡hurrah! Cuando el segundo bote se separó del buque náufrago, parecía que el Godaveri iba á desaparecer de un momento á otro. El salvamento continuó metódica y ordenadamente, sin embargo, y porfinquedaron solos á bordo ei capitán Christian y la joven. Se había reservado para ellos un bote, y cuando se disponían á embarcar, un furioso golpe de mar destrozó la embarcación. ¡Valor! -exclamó Christian, cuya energía aumentaba en proporción del peligro. El Godaveri, dominado por las aguas, se levantó de proa y cayó en seguida pesadamente. El msr, amenazador, invadió la cubierta. La jovenJv advirtiersdo el riesgo