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AÑO CUATRO. NUM. 653. CRÓNICA. UNIVER fe AL ILUSTRADA. OCTBRE. DÉ NÚMERO SU ELTO, 5 CÉNTIMOS jazmín, caldeada por un sol fecundo, ebrios de luz y de alegría, mecida por cantares que repite un río... he aquí que vuelve á cernirse sobre Sevilla el afrentoso estigma medioeval del Cadalso, levantado para agarrotar á los reos de Peñaflor. Aún es tiempo de sancionar con el indulto de esos hombres la abolición indirecta de la pena capital, pero si la tremenda sentencia fuese fatalmente irremediable, no puede, no debe ser Sevilla, ya que no fue testigo del delito, serlo de su terrible expiación Si la ejemplaridad de la pena continúa comoN principal estímulo para que los legisladores consideren eficaz su aplicación, en Lora del Río ó en Peñaflor mismo debe cumolirse el destino irredimible. No hay razón ni pretexto legal que obliguen á sembrar el luto y la consternación en aquella hermosa ciudad, tan ajena á los odiosos crímemenes, origen de tantas lágrimas y de tantos dolores. -La condición de capitalidad no debe llevar aparejada esa desventura. La ley es terminante en ese punto, y si los reos fueron trasladados á la cárcel de Sevilla para asistir á la vista de su proceso, terminada ésta pudieron devolverse á la cabeza del partido en donde tuvo origen. Eso es lo que debe hacerse y lo que seguramente conseguirá el alcalde de Sevilla, dispuesto á agotar cuanto de él pueda depender, para que el pueblo que te vio nacer no pase por el amargo trance que se le viene encima con todos los agobios de una catástrofe. Hay cosas que repugnan á la razón y al sentimiento heridos de consuno, y si la erección del patíbulo parece incomprensible en estos albores del siglo, en cualquier lugar de la tierra ni en el más desolado y árido rincón que pueda imaginarse, no hay forma ni modo de comprenderlo, alzándose sobre los esplendores de Sevilla, alegre, riente y luminosa, símbolo perpetuo de la Alegría de Vivir efecto, el señor ministro de Marina se volvió hacia el presidente de la Cámara y le hizo su petición; el Sr. Canalejas accedió á ella al momento; todos conocemos la finura y mundanidad del insigne orador. Pero es el caso que el Sr. Alvarado se puso los lentes del Sr. Canalejas, intentó leer y se paró otra vez al instante; no, no veía el Sr. Alvarado con los lentes del Sr. Canalejas. El conflicto seguía en pie, se agravaba por momentos. El señor ministro de Marina estaba perplejo. ¿Es que tendría él que quedarse sin leer este proyecto admirable, salvador? Miraba á unos y á otros el Sr. Alvarado; todos esperábamos en silencio la solución de este problema; por fin, una mano amiga, la de un señor secretario, alargó unos lentes al señor ministro y éste pudo leer clara y correctamente. El señor ministro de Marina estaba salvado; todos en la Cámara respiramos. Y después del Sr. Alvarado subió á la twbuna el señor conde de Romanones. El señor conde iba también de uniforme; pero el uniforme del señor conde es más soberbio, más magnífico que los de sus compañeros; no pueden llevarse más bordados en el pecho, más arabescos, más hojas, más palmas relumbrantes que las que lleva el señor conde. Yo siento por el señor ministro de Gracia y Justicia un verdadero afecto. El señor conde es un probado liberal; él ha reñido recientemente una terrible batalla en favor del progreso. Pero lo que yo no comprendo es cierta pequeña paradoja que existe en la vida del señor conde. Todo el mundo sabe que este señor ministro es caballero de Santiago; en esta Orden, noble y vetusta, él es uno de sus miembros más distinguido Ahora bien; en el primer capítulo de la 1 egta de la Orden de la Caballería de Santiago, se fWADRID AL EUA í J ota Interesante, la sesión de la Asamblea f de agricultores en el Ateneo. Discutióse t bre las admisiones temporales para el trigo. ¡Los fabricantes catalanes de harina defendían la admisión temporal. Los agricultores, como es lógico, se opusieron porque son enemigos de todas las admisiones temporales; hasta de la de los fabricantes del litoral en las Asambleas. La sesión fue animadísima. ¡No había de serlo! Donde no hay harina, todo es mohína; pero yer había harina, ó fabricantes de ella, de largo. Mohínos, precisamente por no tener la harina suficiente los panes que fabricaban, fueron á la Inspección ocho tahoneros del distrito dé la Latina, á quienes hizo detener el teniente alcalde, D Luis Mazzantini. Es grato observar que el famoso maestro del volapié, aunque retirado de la ljdia, sabe seguir conquistando el aplauso de lá plaza. Desfiló silencioso por las calles de la villa el entierro de Ángel Rubio, autor de la música de muchas zarzuelas que hicieron las delicias del buen publico madrileño. La política, encalmada. En el Congreso siguió h Sebre de la reforma. Ayer, reformas militares y reforma de la fórmula de juramento ante los Tribunales. El ministro de Marina leyó eí proyecto de fuerzas navales para el año que viene. El ministro había olvidado los lentes, no podía leer. Acudió en su auxilio, prestándole lo suyos, el Sr. Canalejas. Hasta en eso necesita el Gobierno Ix ayuda de D José. La sesión no tuvo gran importancia política. Se discutió mucho acerca de Canarias. El general López Domínguez debió pasar un rato agradable. tSe habló tanto de canarios y Cananas Terminó en la Audiencia la vista de la causa contra el valiente que mató en las Ventas á un anciana. El Jurado estuvo bien; hizo lo que debía. El tiempo, magnífico. Por la noche, apertura de Novedades, el clásico teatro de la calle de Toledo, con Lo sut hme en h vulgar. La gente de por allá acogió Bien á Echegaray. Mejor que cuando el año pasado dejó el teatro Español, de la plaza de O l G U E N LAS S M d á eld o n o s á Continúa n Gobierno de LECTURAS conoSanta Ana, para irse al teatro de Hacienda, de- -cer su copiosa, su mérito- lo calle de Alcalá. vía labor. Anteayer leyó el Sr. Dávila un proLa policía no tuvo quebraderos de cabeza yecto trascendental; ayer leyeron otras cosas persiguiendo crímenes. los Sres. Alvarado, ¿Luque y conde de Roma iVlás vale así. nones. El Sr. Alvarado subió á la pequeña tri- t buna de los secretarios con sencillez y modestia; no se vio embarazado con el sombrero, 1 como el Sr. Dávila; lo dejó á un ¡ado y coy seis años hace que el tintineo lúgu- menzó á leer. Pero cuando llevaba un momen, bre de las campanillas de la Santa Her- to leyendo, el señor ministro de Marina notó mandad de Caridad y Paz, no resuena en las que no veía bien las letras. ¿Qué podía ser esto? perfumadas calles de la ciudad risueña, pidien- Ño era falta de luz, indudablemente, porque la Cámara se hallaba bien iluminada; era que el do limosna para el reo quejestá en capilla... Sr. Alvarado padece de miopía. E) Sr. Alvadejando á su paso cerradas las puertas de los rado echó mano á los lentes; mas los lentes se mercaderes, silenciosos y abandonados los sombríos patios en donde el surtidor de agua habían quedado en casa. ¿Qué iba á hacer el salpica las flores con gotas diamantinas y en Sr. Alvarado? ¿Suspender la lectura? ¿Leer dedonde enmudece la sonora risa de las mujeres letreando, lentamente? La situación era bastan que huyen amedrentadas, mientras sobre la te crítica; entonces el señor ministro tuvo un rasgo de inspiración. Detrás de él, al alcance ciudad van cayendo lentamente las sombras de de su mano, se hallaba el Sr. Canalejas; el sefa noche plácida y estrellada. Pv Y después de tanto tiempo de venturoso olvi- ñor Canalejas usa lentes (bien que en esta última temporada le haya dado al ilustre orador por do en que parecía borrado para siempre en la la coquetería de retratarse sin ellos) Y puesmemoria de los sevillanos el siniestro aparato to que el Sr. Canalejas lleva lentes- -pensaría el del patíbulo, cuya silueta jamás surgió ante los Sr. Alvarado, -nada más fácil y llano que peojos de una generación que aprende á amar la dírsejos 4 tn jnomento para salir del apuro. En vida, embalsamada con aromas de naranjo y IMPRESIONES PARLAMENTAR! AS EN SEVILLA, NO dice lo siguiente con respecto á los caballeros: A los obispos y prelados de la santa Iglesia hagan reverencia y honra, y á todos los fíeles cristianos, monjes y canónigos de cualquier hábito que sean, y á los de la Orden del Templo y Hospital y ministros del Santo Sepulcro, y á todos los religiosos de las otras Ordenes hagan ayuda con todas sus fuerzas y socórranles en sus necesidades Esto dice la T egla. Y aquí entra mi perplegidad; ¿qué es lo que van á pensar del señor conde los obispos? ¿Cómo él no les rinde este acatamiento y honra á que está obligado? Y si es un furioso anticlerical; si ha prestado su asentimiento al proyecto del Sr. Dávila, ¿no ha faltado á su deber de caballera de la Orden, puesto que lejos de atender con su fortuna á mercenarios, franciscanos agustinos, dominicos, etc. intenta, por el contrario, limitarles sus derechos? Estamos llenos de confusión todos los que conocemos estas particularidades; el señor conde debe resolverse por una cosa ú otra: por cumplir la regla de su Orden ó por ser anticlerical. Y si se decide por esto último, tendrá que gritar cada vez que coja una cartera: jEh, señores, que yo ahora que soy ministro, no soy caballero! (Caballero de Santiago, se entiende) Y entonces sabrán á qué atenerse los obispos á quienes él no presta reverencia y los frailes á los cuales él no quiere socorrer con su dinero. El tercero que ha leído en la tarde de ayer ha sido el señor general Luque. Pocas palabras he de decir acerca del señor ministro de la Guerra. El Sr. Luque leyó mucho, leyó durante una hora; pero yo no he de dar mi opinión sobre su lectura; los técnicos expondrán su parecer sobre el asunto. Lo que sí quiero es consigRar. una leve iluda que me asalta estas