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A B C. S Á B A D O 6 D E O C T U B R E D E 1906. P A G 7. E D I C I Ó N i. a MADRILEÑERIAS A fuerza de contemplar en estampas y grabados y desde nuestra mas remota niñez la tradicional escena en que varias damas, vestidas con el airoso traje de medio paso, casi ocultos los hechiceros rostros entre los pliegues de la mantilla ó tras el varillaje del abanico, pisan, entre ruborosas y triunfantes, por cima délas capas extendidas bajo sus diminutos pies por estudiantes sopistas ó majos de rumbo que las requiebran con entusiasmo, hemos llegado á persuadirnos de que uno de los rasgos distintivos de nuestra raza y personalidad étnica lo constituye esa franqueza con que exponemos, sin Iraba ni rebozo, la admiración que nos causa la belleza femenina, expansión que ejercitamos de continuo como si fuera un derecho expre, PIROPEO Claro es que éste que pudiéramos llamar derecho al piropo, no es condenable en absoluto desde el punto de vista de nuestra ética nacional, sobre todo cuando quien lo ejercita tiene gracia, ingenio y buena crianza. Trasplantada esa flor, hija de nuestro suelo, á otros climas, el de Inglaterra pongo por caso, moriría á manos de policeman que, á petición de la piropeada, pondría á muy buen recaudo al osado que se atrevió á manifestar sus pensamientos sin contar con el permiso de la bella y sin previa presentación. Pero, como antes decía, el piropo culto y gracioso, cuando es espontánea y casi instintiva muestra de admiración hacia la hermosura, la gallardía, el garbo de una real moza, no podrá en mucho tiempo proscribirse de nuestras costumbres, principalmente porque halaga á las interesadas recibir ese homenaje callejero rendido á su be- ineducadas, sino que pertenecen también á otras esferas en donde la cultura debió siquiera poner freno á la siempre repugnante exhibición del instinto. Y aun cuando aquella antigua zarzuela asagura que los impulsos del querer no se pueden resistir, es lo cierto que los piropeadores refrenan sus ímpetus y se tragan la frase indecente ó la acción insultante tan pronto como ven que una mujer va acompañada de quien puede hacerla respetará fuerza de mamporros y trompicones. Porque eso sí, los tales son muy osados y muy audaces con las mujeres indefensas. Para evitar estos males vergonzosos y conseguir que las mujeres puedan en Madrid salir á la calle sin tener que llevar la navaja en la liga, como persisten en creer nuestros vecinos los msKPM j: SAN ILDEFONSO. LOS MINISTROS AL SALIR DE PALACIO DESPUÉS DEL CONSEJO DE ANTEAYER Fot. Goñi. 1. G E N E R A L L Ó P E Z D O M Í N G U E Z 2. S R D A V 1 L A 3. SR. GARCÍA PRIETO; 4 SR. CONDE DF ROMANONES sado en la ley escrita y con mas asiduidad y mayor constancia que otros varios derechos cuyo logro costó luchas sin cuento á varias generaciones. Fumar pitillos, á pesar de la natural protesta del estómago inocente, y decir chicoleos á las muchachas, son las dos primeras manifestaciones de hombría que todo jovenzuelo da en cuanto se emancipa de la ominosa tutela i ¿l criado que antes le acompañaba ul colegio. Y conforme va entrando en años, los chicoleos ganarán en intensidad lo que pierden en libertad de expresión; quiero decir, que se dispararán aprovechando casuales proximidades, a! entrar ó salir de un tranvía, a! cruzar una acera llena de gente, ó a! desfilar, después de misa, por entre ¡as dos apretadas filas de mirones que sü forman á la puerta. de) is Calatía va 5. lleza ó á su distinción. Lo malo es que de todo se abusa en este picaro mundo y que, validos de la impunidad que da la fuerza, del beneplácito que merecen las groserías á los groseros que las presencian y también a! temor de cada cual á recibir dos moquetes ó un bastonazo y, como fin j de fiesta, dar con sus huesos en ¡a preven, o cual! ti ae aparejado, y como por contera e ¡molesto I juicio de faltas. todo por haber acudido cabaüe 1 vosamente l onore e ¡avirtít a sostener, o malo, digo, es que nadie se arriesga á atajar los desj manes, las verdaderas tropelías que cometen con cuantas raujeresde toda condición encuentran á j su paso, una porción de individuos que tienen! por campo de operaciones las calles, plazas y j plazuelas de la coronada villa. i Conste que éstos á quienes aqueja un ero 1 lismo de difícil y complicada explicación, no ss recluían sóío entre las clases humildes é franceses, y sin temor de que las insulten ó las ofendan, deberían las autoridades, que pueden hacerlo, indicar á quienes lo deben saber que los hechos apuntados tienen ó deben tener en la ley una sanción más severa que la imposición de unos cuantos días de irrisorio arresto, y que la pena señalada, ó que se señale, debe aplicarse sin rebajas ni contemplaciones. Y en cuanto los agentes de ia autoridad am paren á cualquier mujer que reclame su auxilio para contener á un transeúnte demasiado em- prendedor, y éste tenga que dedicarse durante un par de meses á contemplar el espléndido panorama que ofrece desde el Jlbanico la vecina sierra, es seguro que cada cual limitará en una muda admiración la expresión de! goce es tético que le cause ver por la calle una mujer hermosa, con hechuras y con andares. Porque hay aue desengañarse, ssí como las CONSEJO EN LA GRANJA