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A 8 C. LUNES 37 DE SEPT 1 EMBRE DE raoé. PAG. 5 P A r s I. EL TEMPORAL EN GRANADA LANJARON. DESTROZOS OCASIONADOS POR LA CRECIDA QUE SUFRIÓ EL ARROYO SALADO A CONSECUENCIA DE LAS ULTIMAS CRECJDAS Fot Villena D. JUAN EUGENIO Todos Yo no creo en la ingratitud humana. pero lo agradecemos el bien recibido, preciamos sin acertar á ponerle precio, resultando la mayor t? ele las veces deudores insolventes. Queremos p v r casi siempre, pero por orgullo, -pobr 2 3 íalta de arranque ó deseos de quedar bien, vamos aplazando el pago de ¡os grandes beneficios. A la generosidad de! os bienhechores deseamos corresponder con sorprendente grandeza, y el momento de cumplir debidamente no llega nunca ó llega tarde. Somos propensos a obsequiar, enaltecer y honrar á los espíritus pequeños, de mercader, i quienes contenta y satisface el h. nquete, la coronilla de talco ó el azulejo de la esquina, y un tantico ruines al conceder á los hombres de verdadero mérito cualquiera de esas baratijas, rebajamos así la deuda de gratitud, y esperamos ansiosos que la Sociedad ó el interesado nos firmen el i ecibí. Ni en vida, ni después de resucitar lo hubiera puesto aquel hombre bueno, modesto, sencillo, de tierno y sensible corazón, indulgente y cariñoso, cuyo cuerpo débil y encorvado recordaba la grácil espiga henchida de grano, que no se yergue como la vana, sino que se inclina por el peso de su propio valer hacia el suelo. ¿Quién de los que tuvieron la dicha de tratarle no le recuerda? Aquellos estudiantinos atacidos de! sarampión dramático, benigno en h adolescencia, gravísimo en la edad madura- na olvidarán el bondadoso tratamiento a que el pacientísimo varón les sometía. Sabía aplacar la sed de gloria que les devoraba rebuscando e 1 los manuscritos frases felices, pensamientos delicados, como botánico experto señala la p anta útil entre breñas y malezas, pero á fuer de experto Mentor les hacía sudar tecordándoles los severos é inexcusables preceptos dd arte. Y la dolencia se curaba ronto y bien. Al referir su propia v- da, enseñaba á vivir á los demás Yaya un verídico episodio. Una mañana entró en el viejo edificio de la antigua Biblioteca Nacional un muchacho de unos doce años. Después de la clase de la mañana solía ir á leer algún libro de vaga y amena literatura. Una de sus lecturas predilectas eran las Escenas matritenses de Mesonero Romanos. Aquel día, un mal humorado señor, encargado de la entrega de libros, le devolvió la papeleta azul, diciendo agriamente: ¡Aquí se viene á estudiar, no á divertirse! Herido vivamente el chico, y colorado hasta las orejas, preguntó por el director, el cual le recibió, con gran asombro del estudiante. AI entrar en el despacho para hacer la reclamación, estaba aquél revisando una copia que z entregaba un amanuense, y con la mayor dulzura le decía: -Quise poner tai cosa, pero no la he escrito con claridad. Dispénseme usted la molestia. Enterado de que el menudo reclamante afirmaba que podía estudiarse en ¡os libros de literatura como se hacía con los de ciencia, se sonrió, le confesó paternalmente y Animándole á quz escribíeia y le enseñase sus ensayos, añadió: -Cuando tenía yo su edad, iba también a la Biblioteca y pedía el Arte de hablar en prosa y verso, de Hermosilla. ¡Lo tiene mi padre! -interrumpió á mócete. -Pues bien, un venerable señor biblioteca rio me reprendía porque, según él, no se podía había -en verso. ¡Si hubiera oído á Serral Y con grandísimo cariño le acompañó al salón, ordenando que le proporcionasen los libros que pidiera, porque: A la cuenta, dijo, serán buenos los que desee estudiar. Esto retrata á HARIZIINBUCH. Cuando á muchacho supo que su padre y él eran muy buenos amigos, su gozo excedió á toda ponderación. ¡Cuántas veces subió aquella escale d e U calle de Leganitos acomba. ...2 J a olro chicos como él, aficionados á emborronar cuartillas? ¿Te acuerdas, querido Abel Imart? Y cuando murió aquella santa y bella señor que quiso y respetó tanto á D. Juan Eugenio, no olvídale aquel abrazo del pobre anciano que Horó con e! frotando contra sus mejillas empapadas en lágrimas e! rostro flaco, afeitado y rasposo, besándole con efusión y tratando de mitigar con fácil y tierno llanto aquel dolor inmenso, inagotable... No; no es posible olvidarle. No se le na olvidado. Cierto que con él no se hicieron otras cosas vulgares y aparatosas, prodigadas á hombres de menos valía. Cierto que la Asociación de Escntores y Aitistas no ha colocado aúi.