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A B C VIERNES 14. DE SEPTIEMBRE DE 1906. PAG. ¡o FDSC 1O N diendo que raí edad no me permite esa oesadísima labor, la he dejado ya... Con estas palabras, Teodoro Llórente nos ha confirmado ia noticia. Queremos creer que esta jubilación, con ser tan voluntaria, no ha de llegar totalmente á la rea idad... Y mirad, sin embargo, qué evolución tan lógica la de este espíritu delicado. A través de los años, entrado ya en el ocaso, Llórente, decepcionado en la política, Llórente, abrumado por su obra titánica, Llórente, envejecido y desalentado, vuelve los ojos, con anhelos de mocedad, á su pasión íntima é inefable: su mano, ya trémula, traza todas las tardes, á orilüs del mar, nuevos versos floridos, mientras el pase de los barcos que se alejan y el vuelo de las gaviotas reproducen el recuerdo de un mundo de ilusiones que se alejaron para no volver; su vejez va brotando nuevamente las rimas coi? que tejió los primeros lámeles de su juventud; revive el trovador felibre, y el poeta castellano, y el traductor exquisito; y en las cuartillas, desordenadas y revueltas sobre la mesita- -que tiene siempre un búcaro con rosas y jazmines y un ventanal cercano para mirar al mar, -se aprietan los renglones de letra minúscula, cantando, á los setenta como á Jos veinte años, Jas galas de la tierra y el eterno romanticismo del amor... En 1860 dio Llórentela traducción de Jas poesías selectas de Victo -Hugo; en el y 5, las Leyendas de oro y las ¿morosas; en el 83, la traducción del Fausto; un año después el Libro de los cantares (Der Lieáer Buch) de Heine; Juego un sin fin de poesías lemosinas, que con el tiernísimo Testament saboreamos hace veinte meses; ahora, una colección escogida (biblioteca de L Avene, de Barcelona) dentro de unas semanas aparecerá el tomo de las traducciones francesas, que torna á emprender (poetas franceses del siglo xix, editado por Montaner) y seguirán otros dos libros, en lemosín y en castellano: el de versos y Vetsos de la juventud. Ese es el veraneo de Teodoro Llórente, nuestro glorioso en Teodo- alma y sostén del renacimiento lemosinista y de la poesía en esta región. Sus hijos, sus nietos y sus versos: he ahí su caudal y su dicha. V 3 áifií SV 1 D. TEODORO LLÓRENTE TRABAJANDO EN EL JARDÍN DE SU CASA DE CAMPO DE VALENCIA VERANEO DE UN POETA TEODORO LLO- Orilla del mar, en la de NazaRENTE playa vecina huerta feret, entre la racísima que lleva sus tesoros de vegetación hasta las pinadas de la Dehesa, y las olas suaves del Mediterráneo, veranea Teodoro Llórente. Setenta años ha cumplido este hombre insigne, y es el primero en que se ha regalado con un reposo de tantos días; porque el nom bre de Llórente, antes que sus lauros y sus destellos geniales, ofrece á la admiración el D e r o ya Teodoro Llórente nos abandona en F. SÁNCHEZ OCAÑA ejemplo de una labor gigante. este campo donde su figura ha sido tanAllá por 1860- -ayer, como quien dice, -to tiempo la primera. Cansado, y comprenValencia, Septiembre 1906. se hacía cargo de La Opinión, periódico conservador, que cesó el 66, y á seguida fundaba, por su cuenta, con la sola base de su firma, ya prestigiosa, Las Provincias, diario acreditadísimo, y hoy decano, que goza de indiscutible autoridad y que ha sostenido, sin ayuda de nadie, cuarenta años. No es posible, ni justo, condensar en una sola fórmula de alabanza i cuanto Llórente ha hecho desde su tribuna, durante medio siglo, por el adelanto, por ¡a cultura, por la paz y por el renombre de Valencia. Hijo amantísirao de este suelo sin pac, ha rendido a la esperanza de su engrandecimiento sus más férvidos entusiasmos y los mejores frutos de su cerebro. Pudo, quizá dsbió, er plena edad madura, formar en el éxodo provinciano que se encaminaba á la corte en época de favorable agitación política, cufndo las circunstancias, antes que los merecimientos, encumbraron tantas osadas medianías; pero su alma de poeta jamás transigió con la ausencia de X hcrta, de la burjaca, de estos campos mágicos, de este cíe Jo único; y el cariño profundo de la familia, el gran culto de su corazón y la vecindad del Micdlei, han prolongado dulcemente el sueño de su existencia sentimental, á cuyo término ls Providencia le otorga el premio más grato al patricio y al hombre de bien: una vejez tranquila y dichosa, esclarecida por las ternuras de! cariño y consagrada por el respeto y e: reconocimiento públicos. Hasta poco há, el maestro acudía cotidiaD. TEODORO LLÓRENTE CON SUS N 1 ETEC 1 TAS A LA ORILLA DEL MAR namente, como treinta años atrás, á su despaFots. Barberí. chito del periódico, y allí le sorprendía, invariablemente, la luz del sol, bajo los fulgores de Ja lámpara, inclinada su venerable cabeza sobre Jas pruebas y las cuartillas. Y muchas veces, mientras el personal del periódico reponía sus fuerzas entre gado al descanso, Teodoro Llórente, despreciando sus achaques, insaciable en su fiebre de producción, se encerraba nuevamente en el gabinete de su casa y seguía hasta mediodía con la pluma en la mano, dando i la imprenta páginas de la Historia de Valencia, ó derramando nuevas galanuras de su numen, siempre tierno y lozano.