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ABC, DOMINGO 2 DE SEPTIEMBRE DE 1906 PAG. 5 EDICIÓN 1 I- tt -il? 1 LA HUELGA MINERA DE SANTANDER FERROCARRIL DE LAS MINAS DE CAMARGO, PARALIZADAS CON MOTIVO DE LA HUELGA Fot. Duomarco belloy queridopueblo de Valldemosa; vamos en el carruaje T o rrendell, Salva, Sureda y yo. No rae cansaré de elogiar á estos buenos amigos. Comenzamos á atravesar Miramar, la posesión del archiduque Salvador. Se ve á lo lejos, al pie de la montaña, el mar infinito y azul; el bosque se extiende á uno y otro lado del camino. De pronto el carruaje se detiene. ¿Qué sucede, querido Sureda? -digo yo. -Que éste es el sitio donde ha dicho Maura que debíamos bajar. -Entonces- -replico yo- -vamos á bajar. Este sitio maravilloso, único, se llama Son Maroig; e! paisaje que desde aquí se descubre no tiene igual en todo Miramar. Estamos en un elevadísimo mirador de piedra; tenemos bajo nuestros pies una arboleda inmensa, cortada por camimtos blancos que suben y bajan, que se cruzan en mil direcciones, que atraviesan diminutos jardines puestos entre la umbría, que llegan hasta pequeños estanques. Después la roca bordea el paisaje, abrupta, de color de acero: roca que forma eminentes acantilados, que entra ó que sale en suaves ó angulosos recodos, que se mete en el mar formando una aislada lengua de piedra batida por las olas. Y sobre el bosque, y sobre la roca, y sobre el mar, una luz fina, viva, pone á través de un aire sutilísimo y transparente, violentos colores de añil y de verde, tintas de rosa ó de oro, matices suavísimos de lila ó de violeta. En este paraje es donde más ha pintado el Sr. Maura. Subimos de nuevo al arru ¿iie y EN MALLORCA DE VALLDEMOSA Alas diez déla mañana dejamos este A SOLLER comenzamos á caminar velozmente otra vez. Al poco rato, el carruaje torna á pararse. -jSucede algo, querido Sureda? -pregunto yo. -Nada, que es preciso ver el Museo- -replica Sureda. Este Museo, ¿merecerá ser visto? ¿Tendremos que molestarnos para pasar la vista sobre cuatro bargueños, ocho cuadros negros y seis vulgares panoplias? Expongo discretamente mis dudas. ¡No, no- -exclama Torrendell; -no se trata de un Museo cualquiera; es un Museo que el archiduque Salvador ha formado exclu sivamente de mjebles y demás menaje de la casa mallorquína! No es preciso hablar más; hace mucho tiempo que yo vengo pidiendo en mil artículos la formación en cada región española de un Museo de la casa Mi sorpresa no puede ser mayor al encontrarme ahora en pleno campo con lo que tanto yo deseo. El archiduque Salvador ha formado un Museo perfecto, irreprochable. Todo sstá limpio, brillante; desde la estera que cubve el pavimento hasta el menor detallito de la cerradura de una puerta, todo es pura y castizamente mallorquín. Hay aquí soberbias camas de columnas salomónicas, sillas con el asiento de esparto, cántaros, peroles, platos, tornos para hilar, velones, candiles, lamparillas, arcas, armarios... Los balcones están abiertos de par en par; se ve por ellos el mar ó el bosque. No se oye ni el más ligero ruido; no nos acompaña nadie; circulamos por las salas desiertas con entera libertad; no vemos ni vigilantes ni cicerones. Y una profunda sensación de sosiego, de arte y de añoran 4 ás de tiempos que no hemos conocido, d e generaciones que no hemos tratado, llevamos en el espíritu cuando nos vamos. Y otra vez corre rápido el carruaje. A la hora de haber salido de Valldemosa, Sureda dice: -Aquí dejamos los dominios del archiduque. ¡Pero esto es inmenso! -exclamo yo. Un millón de duros! -contesta lacónica y elocuentemente Sureda Encontramos á poco junto ai camino un pino solitario, que eleva su tronco recto, liso, y extiende en el azul su copa redonda, perfecta- -Este pino- -digo yo- ¿no será ya del ar chiduque? El archiduque ama apasionadamente los ár boles; en sus dominios no se corta jamas ni la rama más pequeña. -No- -contesta Sureda; -este árbol no es del archiduque, pero él lo comprará. Una vez él vio una encina soberbia, gigantesca, y la compró, juntamente con el ruedo de tierra que; cogía su copa, por 5oo duros. La carretera comienza á descender de la montaña; á lo lejos, allá en lo hondo, en lo profundo del valle, se divisa ya el blanco caserío de Soller. Recorremos un puente, pasamo 5 entre bardales de huertas y herrenales y nos encontramos en un pueblecillo de calles estre chas y limpias. Todos los pueblos montañeses son limpios. Soller tiene las casas de piedra gris y las ventanas verdes. Al pasar atisbamos los zaguanes claros, blancos y anchos de í. ss cas s viejas. D. Jerónimo Estades nos espera en su puerta; estrechamos la mano de este coirtctr y afable caballero y entramos en la casa. -Sería necesario- -me dice D. Jerónimo-