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SUPLEMENTO DE A B C VIERNES 3i DE AGOSTO DE 1906. NUM. EL GORRIÓN CIEGO i p r a el alborear de la fría mañana de un domingo del mes de Marzo. Allá, muy cerca déla cumbre del Gorbea, la elevada montaña desde donde el observador aprecia el vivo contraste que ofrecen las fértiles y pintorescas provincias vascongadas con a tradicional aridez de la vieja tierra castellana, se alza un ruinoso caserío envuelto en la nieve, que cubre también las argomas de los jaros y las verduzcas plantaciones de los sembrados. Densas nubes ocultan el fondo del valle y aumentan la vibración del eco de las campanas que anuncian la primera misa de la mañana. Desde la cima de la montaña se ve salir de sus caseríos á los aldeanos de la comarca que, en animados grupos, acuden al templo con sus pipas de barro entre los labios y sus inseparables paraguas bajo el brazo. La mañana es triste y silenciosa; todo lo que no cubre la nieve tiene ese melancólico tono gris tan característico del pueblo vasco. Santi y Josechu, los dos pequeños del caserío, aparecen en la puerta y si dirigen hacia ¡a tejavana del pajar, donde, la noche anterior, habían colocado un pequeño cepo de siembre. Santi, el mayor, es un muchachote alto y fornido que, á pesar de sus once años, maneja la laya y gobierna e! ganado como un experto aldeano. Josechu es una encantadora criatura de cuatro años, rubio, con hermosos ojos azules y tez sonrosada. El primero lanzó un grito de contento apenas llegó a la tejavana. ¡Josechu ¡Josechu! ¡un gorrión! -dijo á su hermano, que se había quedado atrás porque se hundían en la nieve sus abarcas, y saltando de alegría fue á enseñarle un hermoso pájaro de cabeza parda, pecho negro y cuello castaño, que picoteaba de un modo desesperado, haciendo inauditos esfuerzos por escapar de la mano que oprimía sus alas grises con manchas negras y rojizas. -Tenlo mientras busco la jaula y traigo un alfiler- -agregó Santi; ¡cuidado con que se te escape! ya verás, ya verás, qué pronto le dejamos ciego, y, después, qué bien canta. El chiquitín lo cogió temeroso é impresionado, porque no le parecía bien aquella idea de dejar ciego al pobre pájaro. Santi no se hizo esperar; volvió en seguida con un grueso alfileren una mano y una jaula mugrienta y desvencijada en la otra Dejó aquélla en el suelo y cogió el gorrión. Lo demás fue cosa de un momento. Bastó que introdujera la punta del alfiler por los ojitos del pájaio para que éste quedara ciego y la maldita hazaña consumada