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LA HUELGA DE MINEROS EN SANTANDER V- COLISIÓN ENTRE LA GUARDIA CIVIL Y LOS HUELGUISTAS EN LOS LAVADEROS DE LAS MIÑAS LAS CUARTAS (Dibujo de Medina Verá, hecho según las descripciones telegráficas, del suceso. pensión, porque de ese trabajo dependía su subsistencia y la de sus familias. Él Sr. Aguilera manifestó que riada podía nacer que fuese una transgresión de la ley, y Jos comisionados se avistaron con el Sr. Largo Caballero, al cual manifestaron la situación en que quedaban por virtud de su denuncia, suplicándole que intercediera con el alcalde para proseguir trabajando. El concejal aludido rechazó las recriminaciones que le dirigieron y les hizo ver que no podía aconsejar semejante; rectificación, indicándoles que viesen al alcalde otra vez. Los alhamíes abandonaron la Casa de la Villa y poco después volvieron á ver al Sr. Aguilera en solicitud de que les facilitase trabajo en el Parque del Oeste. Y e) alcalde prometió, hacerlo en cuanto los recursos se lo permitiesen. Los ministros responsables, durante él actual estíoj están pasando Jos días en un viajar tan continuó- qtie así cómo dos civiles en cada tren siempre han ido; van. de algún tiempo á- estamparte; en cada tren dos ministros. Para qne se vea cómo se engaña al público, ayer al ir á las vaquerías para ver si estaban bien, cierto inspector sé ha encontrado con un establo en el que no había mas qué seis vacas pintadas en la pared... Sé, en cambio, de otro vaquero que, temiendo al Sr. Alba, lia trasladado á un establo fresco y limpio sus diez vacas. jY mira si estarán frescas, que hoy ha visto al ordeñarlas que en vez de leche caliente le dan leche mererígadal ACETILLA V RIMADA. QUISICOSAS El guardia civil Juan Gómez lo estaba animado á ir al altar, con su futura, y ésta, ayer, viendo El País, exclamó: ¡Gracias á Dios que voy á casarmeí ¡Ál fin declaran obligatorio el matrimonio civil! Dice el vulgo sentencioso que los extremos se tocan Cuando hay concierto en el Paraue en los exiremos se foca. JUAN PÉREZ ZÚÑIGA Ya el paisaje ha cambiado; llevamos casi una hora de caminata. La montaña que veíamos lejana, azul, está junto á nosotros; comenzamos á la puerta del Gran Hotel con su ligero ca- á subir por una empinada pendiente, entre dos EN YALLDEMOSA ha veL A CASA DESUREDA Suredalas dos nido á rruaje; hemos montado en él Torrendell, Salva y yo, y nos hemos dirigido á Valldemosa; aquí reside el Sr. Maura. Valldemosa dista de Palma 18 kilómetros; en hora y media se hace el trayecto. Nosotros atravesamos calles y pía- zuelas; luego desembocamos en el campo y corremos por una ancha y plana carretera. Él paisaje es sobrio, un poco austero; veo primero extensas herrenes y cortinales; entre el maiz, entre las hortalizas, se levantan los almendros con sus troncos retorcidos, costrosos; las higueras redondas, anchas, extienden su copa tupida; Después, las huertas desaparecen y una sucesión interminable dé bancales plantados de olivos, almendros y algarrobos co mienza- No parece que corremos, sino que volamos. QueridoSureda- -digo yo, -este caba 11o es admirable. Puede caminar- -dice Sureda- -á razón de un kilómetro por un minuto cincuenta; segundos. Ha ganado el premio en el Concurso hípico de Barcelona. Pasamos rápidos, vertiginosos, junto á los carros que caminan lentamente por la carretera; u, n momento, al emparejarnos con ellos, parece quevarros á tropezarlos ó á volcar violentamente á un lado de la carretera; experimento una súbita sensación de espanto; creo íntimamente que Sureda es ün hombre temeroso, loco; pero l u e g o cruzamos instantáneamente dejamos atrás el carromato con el que hemos emparejado y la calma vuelve á renacer en nuestro espíritu.