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CRUCERO CHILENO EN LA BAHÍA DE SAN SEBASTIAN LA TRIPULACIÓN DEL CRUCERO GENERAL B 1 QUEDA. NO AL LLEGAR AL COSTADO DEL BUQUE LA CANO QUE CONDUCÍA A S. M. EL RbY roí. v n o r Ho el de Londres, de tan du ces recúbr- dar un paseo dice Torrendell. Vamos aos. Esnermoso esto! le ligo a Aibareda. contesto yo levantándome de la mesa. La ciudad de Palma es una vetusta C udad; P A S E O POR PALMA Aún no ha atra- Aioareda se indina y sontíe. Debajo, en os hay en ella callejuelas retorcidas, llenas de si -cado el vapor a! subterráneos hay tantas habitaciones como enuHuelle cuando saltan de un bote y suben aoi- ni 3 í, obse! va Torrendel! ¡Hombre! excla- lencio piofundo, y caseiones venerables, con mo yo, y doy un goloecito con ei bastón en el patios centrales vastos, que huelen á humedad, damente por la escalerilla Torrendell, Salva y suelo, sobre estas habitacones misteriosas Y en que no se oye nada ni se ve á nadie y er Peiró; todos son ledactores de La Almudatna Yo estrecho sus manos efusivamente. Torren- pasamos al comedor. Se trata de una sala de- que un faiolon viejo de vidrios blancos pende del techo. Recorremos algunas callejuelas y dell es nervioso e impetuoso; su filosofía es ¡a corada sencilla y elegantemente; á un lado hay dos cuadros de Mir, grandes, fantásticos; Ru entramos en algunos zaguanes; se respira en exaltación de la vida. SiUa dice como e) maesesta Palma venerable un sosiego, una calma setro Montaigne que su arte y su oficio es vi- sino! ha pintado para el otro testero tres de dante, una paz que en un punto apacigua nues wir tiene flema; nvra tiartquilamente el espec- sus visiones románticas, sutiles Este comedor táculo de! mundo. Penó informa a su periódi- es el de invierno, cuando la afluencia de turistas tros enaidecidos nervios de cortesanos, un exco sobria y exactamente de lo que ocurre. M e extranjeros es mayor, en verano se utiliza otro tranjero cansado, fatigado de los tráfagos y mas pequeño; tomamos en éste el desayuno y andanzas mundanales ha de encontrar aquí, en despido de los amigos del vaje y ba amos todos al muelle. Aquí esta Albareda, vestido de luego yo subo a mi i- uarto. He mandado que estas callejuelas, en este mar azul y quieto, ep le pongan en el lavabo tres pastillas de jabón- -estos pinares aromosos, unas horas lentas y soblanco, con su corbata negra, fino y amab e; Albareda es el dueño del Gran Hotel. Monta- dice A bareda tiendo; -para que no diga us- segadas que vuelvan a reconci iaile con la vida ted después que en los hoteles españoles no se Torrendell y yo caminamos despacio por las es mos en ei coche y comenzamos a caminar poi la ciudad. Veo ai pasai viejas casas, tiendeci- ve una pastilla nunca. Albareda se marcha y trechas, limpias, desiertas y calladas callejuelas ser una capital con todas las comodidades de h Has, un paseo, un teat. o Llegamos ante ur. yo me lavo y me siento a escribir; oigo de la calle la voz de un ciego que toca una guitarra existencia moderna y al mismo tiempo ser un ediiicio nuevo, soberbio; el coche se detiene y pueblo con todas las monotonías, los silencio bajamos. Entiamos en el hotel No he visto y que canta; un canario trina y llega el ruido lada igual en España, á no sei el hotel Cristi- de sígun coche. Voy llenando cuartillas y cuar- y las lentitudes de un pueblo; éste es el encan til as, apenas he puesto en U última Azort n, to de Palma. Entramos un momento en la Lon na de Algecir s. Es un vasto hoKl a U inglesa, 1 con un espacioso vestíbulo, enlosado de mar- llaman a la puerta. ¡Adelante grito. Y apa- ja y devaneamos por el ancho ámbito silencio mol con mesitas y mecedoras, aito de techo lim- rece la figuia cenceña de Torrendell, con sus so; visitamos después la catedral. Antes en ests recios bigotes y sus lentes de oro. ¿Varaos á catedral, como en todas, el coro ocupaba el pio, tefu gente. Yo creo que estoy e el Gros EN MALLORCA