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A B- C. -MARTES- 2 tí ü AGOSTO DE JQC 6. PAC. 7. EDICIÓN 1 LA HUELGA MINERA DE BILBAO f f 1- ORTUELLA. VISTA GENERAL DE LA ZONA MINERA Fot. Asenjo EN MALLORCA p L VIAJE Un bote que se llama J afaetiío me lleva desde e) muelle de Alicante al costado del vapor Cataluña. Subo por la escalerilla; el maletero se detiene ante na puerta; sale un mozo; le entrego mi billete y paso adelante. Estoy en el comedor; un señor está sentado ante la mesa y devora un biftec; siento una súbita ansia de comer. Azorín- -me han dicho repetidas veces antes de embarcarme; -Azorín, cuando se embarque usted, si no quiere marearse, coma usted mucho. Tengo estas palabras muy presentes. ¿Se puede comer ahora? le pregunto al camarero. Sí, señor contesta el camarero. Son las diez de la mañana; habituaimente, yo no como hasta la una; no siento ni asomos de apetito; pero estoy dispuesto á tragarme todo cuanto me sirva el camarero. Me siento á la mesa; el mozo de comedor ¿e ha olvidado de traerme vino. jVinol- -exclamo. -Haga usted el favor de trajr vino. El señor que se hallaba comiendo cuando yo he entrado me mira fijamente y pregunta; ¿Englisb? i ¡Español! replico yo. Y añado sonriendo: Hay también muchos españoles rubios. Sin embargo, la dicción... torna á decir él. 1. a dicción es perfectamente castellana vuelvo á decir yo. Nuestro interlocutor queda perfectamente convencido de que soy español y me mira con un profundo desprecio. Yo devoro una tortilla, un plato de pescado, un biftec. Siento un leve temor á marearme el barco comienza á caminar; miro receloso á un lado y á otro; acaso convendría comer algo más; sin embargo, no me decido y subo á cubierta. Salimos del puerto. La ciudad queda atrás, amarillenta, dorada, confundida en la ladera de la montaña. Cae un sol cegador que reverbera en las aguas tranquilas; al pasar frente á uno de los extremos de! muelle, unas señoras agitan unos pañuelos; yo saco el mío y lo hago flamear en el aire. Y el barco entra lentamente en el mar inmenso. Señor Azorín- -me dice el capitán, ¿quiere usted venir sobre el puente? Con mucho gusto, capitán contesto yo. En el puente, el capitán coge una manivela de un cilindro y la coloca sobre un letrero que dice: Toda máquina; después con un catalejo va mirando á lo lejos. ¿Cuántos años lleva usted navegando, capitán? le pregunto yo. Treinta y cinco responde él. Yo comienzo á sentir un ligero mareo; tal vez sea una aprensión; acaso no sea nada. Ello es que juzgo conveniente ir á dormir la siesta. En la cámara se presenta á mi consideración un grave problema; hay en ella dos literas. ¿En cuál he de acostarme? Si lo hago en la de abajo, me parecerá estar encajonado; si en la de arriba, puedo caerme en un vaivén del buque. Esto es grave, trascendental; estoy indeciso; miro á una y á otra litera con un gesto de duda y al fin me cuelo en la de abajo. Mi sueño es dulce, tranquilo; cuando me despierto me río á carcajadas de los pobres hombres que se marean. Me encuentro en el mejor de los mundos posibles; no prenso en nada y gozo tumbado del suave balanceo del barco. Ya aue estoy en este estado de serenidad espiritual- -me digo- ¿por qué no escribir un artículo? Me levanto, salgo al comedor y comienzo á escribir; llevo dos ó tres cuartillas escritas cuando comienzo á sentir una angustia indecible y noto que el sudor corre por mi frente. No puedo seguir escribiendo. ¿Será posible que yo que no me he mareado antes, me maree ahora al escribir. Recojo las cuartillas y en ¡os archivos de mi memoria deposito esta breve máxima: Cuando se viaja en un vapor el escribir un artículo es una cosa funesta D. Juan, D Rafael y D. José están sobre cubierta; voy á tomar el fresco con ellos y charlaremos de las cosas del día. La tarde va muriendo; el mar, plano, de color de acero, apenas se mueve. Un faro, en la lejanía remota, comienza á brillar con un ojo intermitente. Capitán- -pregunto- ¿por qué tienen ese eclipse los faros? Para que no se confundan- -dice él- -con las luces de los barcos. ¿Habrá aquí mucha profundidad? dice D. José. Ciento cincuenta metros contesta el capitán. Ya nos podíamos ahogar observa lleno de sabiduría D Juan. Y como es la hora de yantar bajamos á cenar... El barco va marchando, marchando. Sui movimientos son tenues, suaves. No sabemos si caminamos ó si estamos parados. En el comedor nos hallamos tres ó cuatro personas en una completa tranquilidad; estamos de sobremesa; no sabemos de qué hablar; todos se han marchado á dormir; el reloj suena con su tictac. De pronto se oye un estrépito de cadenas; estamos en el puerto de Ibiza; unas barcas se acercan; se oyen gritos; los marineros cargan