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VISTA GENERAL DEL BARRIO DESDE LA CALLE DE DIEGO DE LEÓN LOS BARRIOS DE MADRID I os arrabales de la corte han ido cambiando de decoración á medida que se fue ensanchando el recinto urbano y que los habitantes desearon aprovechar las horas de asueto para disfrutar de la vida campestre. Hoy como ayer, el trabajo de los talleres, de la oficina y del estudio, desgastando las energías de la inteligencia y entumeciendo la potencialidad corporal, nos impulsa á buscar sosiego y reconstitución en más amplios horizontes; por eso el reflujo que ahora advertimos en los días festivos hacia las afueras de la ciudad, se observaba también hace más de un siglo, cuando la honesta familia pasaba el atardecer dominical en la huerta del lejano monasterio, y los tímidos discípulos del malhumorado dómine se entretenían en recordar latinajos, aprendidos durante la semana, á la sombra del emparrado de la quinta del apergaminado celador del Santo Oficio. Por los días que siguieron á las heroicas epopeyas de nuestra guerra de la Independencia, los madrileños, aficionados al rosoli y concurrentes á las alojerías, gustaban de expansiones campestres hacia las alturas déla cañada de Aragón, y no era difícil observar el grupo de petrimetres que esperaban la salida de las suri- rr IGLESIA Y PLAZA DEL PILAR pantas en las inmediaciones de los Campos Elíseos para pasar la mañanita en la huerta de don Guindo, no muy retirada del portazgo del Espíritu Santo, y al mismo borde de la senda que traían á la villa los vendedores del pan de bodas de Alcalá y de las roscas de picos de Ajalvir. Por entonces eran aquellos áridos parajes extensas pianicies de sembradura, y desperdigados en la cuenca del Abroñigal, había contados tejares y algunos huertos, tan famosos como el de Isabel la Guardesa, que surtía á los conventos de frutas para hacer compotas y almibares. A la Guardesa la hacia la competencia un terrateniente vecino, dueño de varias plantaciones de guindas, estimadísimas para su conservación en aguardiente, hortelano que alcanzó tanta nombradla entre los traficantes que acudieron á su finca por canastos de frutas, que. le pusieron el originalísimo apodo de D. Guindo, y más tarde, al formarse el barrio de que hoy vamos á ocuparnos, sirvieron dicho mote y aquella fruta para bautizarle con el nombre de la Guindalera. Por ios años 1860 á 1864 unos propietarios de labranzas constituyéronse en Sociedad con e ¡propósito de poblar aquellos sitios, y el terreno que adquirieron fue dividido en pequeñas parcelas para solares, cuya venta osciló entre cinco, 10 y i5 céntimos el pie, teniendo LA CUNA DEL BARRIO DE LA GUINDALERA Fots. ABC