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A n v JUEVES 9 Db AGOSTO HE JQ- 6 6 ED 1 CTON i.9 CARIDAD I a visión de la España pintoresca que Gau tier, Dumas y Menmée, principes de! eolousmo transpirenaico, dejaron sancionada con brillantes reflejos oro y grana, sobra un cielo azul de! color del añil, intenso y fulgurante, continúa vibrando sobre la retina de todos los artistas, de todos los. transeúntes mundiales que nos honran con su rápida visita organizada por Cook y C. a hmited, a falta de las clasicas diligencias movidas al compás lento de! collerón cascabelesco y de la canturria mo nótona de los mayorales... Seguimos siendo para nuestros huéspedes y Dará los que desde Europa central piensan en Los toreros tienden sobre eí suelo, temovizón inflamado por ios arríelos del milagro do por las pesuñas del toro, Jas desganadas Seguramente es por todo eso y por algo más hondo que no sería pertinente examinar capas con negruzcas manchas, y tod i squeíl? ahora; pero es lo cierto que deoajo de la exte- gente que llena el cuco, desde la hez narinere. ca hasta la linajuda aristocracia, se yergue morior dad aparatosa surge potente la vigorosa vida por un impulso de caridad suprema, de manifestación del sentimiento que mas avalora el progreso de la humanidad: el sentimiento de amor al prójimo, de solidaridad ante el dolor la solidaridad de los hombres ante el dolor. humano, y el oro y la pUta y las monedas de bionce y los billetes del Banco caen como lluHace pocas horas, pocos días, en la plaza via de redención sobre el redondel, enrojecido de toros de Cartagena, se ha dado ejemplo de por la sangre que doran los reflejos del sol esa sensibilidad, brotando entre la hojarasca poniente. goyesca de nuestros atavismos externos. El anchuroso circo estaba invadido por un ¿Qué diferencia puede encontrarse entre este público compuesto de todas las clases sociales, latido del alma de un pueblo que obedece así desde la hez manneresca del muelle, hasta la los supremos mandatos de la verdadera civiliaristocracia linajuda, señora del solar y de las ¡zacion, consagrando el amor altruista, en me- LA CATÁSTROFE DE CARTAGENA WUcSTACION REALIZADA POR LOS TOREROS A BENEFICIO DE LOI NÁUFRAGOS DEL SIRIO DURANTL LA CORRIDA DE TOROS DEL OOM 1 NGO Fot Haio Hermanos. nosotros, un pueblo maravilloso surgido vagamente de entre las brumas medioevales, un pueblo de magnates que parecen poidioseros, y de pordioseros que semejan conquistadores ¿Por qué perdura y prevalece ese enor? ¿Es, acaso, porque en nuestias costumbres peculiares, en nuestro habito externo, no hemos sabido deshacernos de un bello gesto artístico que toman por tónica dominante los que sólo ven la superficie sin advertir la recóndita palpitación del alma de las cosas? ¿Es porque el alma nacional, tierna y sencilla, sutil recipiente de toda sensación intensa, se cubre y enciperuza con la fnvoíidad clásica latina, como se cubrían los monjes místicos el cráneo calenturiento transfigurado por el éxtasis p tr oiulur el tsans to de su coratierras que caldeaba con el sol del cielo, inclemente y abrasador, los entusiasmos de su afición delirante á la lidia de reses biavas. La sangre de ¡os caballos muertos salpicaba el traje de seda bordada de los toreros; ei vino rojo coiría por los tendidos de la plaza, y el clamoreo de la multitud, ebria de gozo por los incidentes de la con ida, resonaba triunfal en aquella fiesta, peculiarmente pintoresca. Mas he aquí que por los ámbitos de la plaza corre un escalofrío de emoción generosa. Aquel publico piensa en que mientias se divieite con mareos de horroi y de admiración ante la audacia de los lidiadores, un puñado de cnaturas desfallece, retoiciendose en l ¿s póstreos convulsiones de la agonsa, vietira. dz una ciUsüofe tifmenda e inesperada. dio de las exter. orid. ades de una fiesta tradicional y las explosiones de caridad surgidas en Viena, en París o en Londres, en medio de una fiesta apacible y solemnemente preparada de antemano? Ninguna que no pueda interpretarse en favor nuestio, en pro de la sincera espontaneidad de! sentimiento de nuestro pueblo maravilloso y pintoresco Lástima que la dispersión veraniega de las clases pudientes de la sociedad española no haya consentido que este genero de publicas espontáneas cuestaciones para socorrer a los náufragos del Sino, se hayan repetido en todas partes, demostrando una vez más que en el fonda de nuestra frivolidad clás ca latina late el sentimiento de la ternura infinita.