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II AÑO CUATRO. ÍNUM, 5; i. CRÓUN 1 VER (SAL ILUSTRADA. CARTAS POLÍTICAS DE VERANO San Sebastián, Agosto 4. 6 DE AGOSTO DE 1906. NÚMERO S U E L iTO, 5 CÉNTIMOS Razonador y persuasivo quiso estar ei señor Celleruelo, que traía de allende las fronteras monárquicas nuevas y confortantes auras de democrática adhesión. La cosa era tan clara como problema resuelta sobre la mesa de una cervecería; disolución y problema radical aseguraban la sumisión y concurso de elementos todavía residentes fuera de la legalidad. Algo de lo de las honradas masas de Pidal, sino que esta vez de distinto barrio. De no ser así, el peligro era inminente. El movimiento de aproximación se convertiría en movimiento de regresión; la confianza trocaríase en recelo; el ramo de oliva en tea incendiaria. Apocalíptica más que elocuente la voz del orador, anunciaba males sin cuento si les iba á los republicanos, sus poderdantes, con la infausta nueva del fracaso. Poco tuvo que decir el general Luque que, como queda dicho, había expuesto recientemente en La Granja su opinión. Entusiasmo, vehemencia, amores de juven- i tud mostró el ministro de Fomento; fue devoto del nuevo y flamante programa y de su ilustre autorPero la vehemencia tuvo mas relieve y llegó á adquirir sonoras formas de expresión en el ministro de Hacienda, que por un momento debió creerse en animado deba- te con algún in- dómito subalterno de su departamento y mantuvo su criterio francamente favorable á unas, nuevas Cortes. Los restantes consejeros participaron del mismo parecer. Expuso la Corona el suyo, fruto no sólo de su propio saber, sino del severo examen de la cuestión. En él fueron, sin duda, elementos de necesario auxilio las opiniones ya conocidas de. los presidentes de las Cámaras y de los magnates liberales, y cuando tuvo á bien exponer con igual derecho constitucional, con la misma plausible espontaneidad que tiempo atrá tuvo para invitar á su Gobierno á que acome- tiese cuanto antes, si la había de. acometer alguna vez, la reforma liberal que en materia religiosa se había insinuado en un Consejo, la cual invitación no había sido aprovechada por el Sr. Moret, Dios y él sabrán por qué; cuando expresó, repito, ¡os reparos que la Corona oponía á los apremios del Gobierno, hubo entre los consejeros un revuelo de impaciencias y de mal contenidos deseos de discutir. Pudo temerse un instante que los que creían en I existencia del decreto, ó cuando menos en la promesa de la firma iban á reclamar el ejercicio de un derecho de posesión. Solemne fue el momento. La rápiday hábil intervención del jefe del Gabinete dio fin á tanta ansiedad. Una frase remató el incidente. Ilusiones, impaciencias y recelos enmudecieron ante el mágico conjuro de la palabra de Moret, que dijo: CRÓNICA POLÍTICA OMPARACIONES D E CÓMO SURGE LA LEYENDA DE UN DECRETO DE DISOLUCIÓN cesario aq u e l revuelo de la Prensa, pasadas ya las bodas Reales; fue casi indispensable el comentadísimo acto de Maura para que se abordase en regias cámaras el tema de la disolución de las Cortes. Entonces, sí, pidióse franca y decididamente c) decreto, alegando la urgente necesidad de resolver la cuestión religiosa, invocando el ofrecimiento de facilidades de Gobierno y exhibiendo en cuartillas taquigráficas un vasto programa que, como obra de encantamiento y gracia, de fecunda imaginación, acababa de improvisarse. Pero hasta entonces, fuera de algunas indicaciones hechas por el presidente del Consejo á la Corona en vísperas de emprender el Rey su viaje á Inglaterra y con ocasión de firmar D Alfonso algunos decretos, que más adelante había de publicar la Gaceta, y zmén de una conversación que poco antes de la crisis mantuvo en La Granja con el Rey el ministro de la Guerra, conversación que, naturalmente, no podía tener carácter de petición del decreto, porque no era un consejero sino ¿i presidente de los consejeros quien debía forrciularla, no hubo solicitud de disolución seria y claramente planteada por el Gobierno, ni asentimiento de la Corona, ni mucho menos firma del decreto, aunque otra cosa creyesen y afirmasen en público algunos ministros, seducidos por los optimismos del Presidente. Cuando la cuestión se planteó no ignoraba la Corona el verdadero estado de opinión en el seno de! partido liberal. La Prensa io revelaba llevando á sus columnas el juicio de los prohombres liberales, y á buen seguro que no era necesaria esa publicidad para que el Soberano la conociese en toda su integridad. (Así las cosas, vino aquel Consejo celebrado en el Palacio de la plaza de Oriente, donde la complacencia del Monarca permitió que cada consejero expusiera su personal opinión, rom piendo antiguos moldes y añejas prácticas, según las cuales era función privativa del Presidente llevar la voz del Gobierno. Precedió á este Consejo una reunión de ministros, en la cual el jefe excitó á sus compañeros á defender con gran energía la causa de la disolución en los discursos que habían de pronunciar ante la Corona. Avivado así el fuego sagrado en esta especie de conjura de melodrama y bien templadas las armas de la elocuencia que habían de esgrimirse, llegó el momento del Consejo de ministros, presidido por el Rey. Interesante fue la jornada. El ministro de Estado, nuevo en tales lides, se declaró incompetente en materia política; pero alegando la necesidad de hacer Tratados de Comercio, para lo cual era necesario el concurso de las Cortes, porque sólo ellas podrían reformar la obra arancelaria, impuesta por los conservadores con la poderosa fuerza de su minoría, y considerando que la fuerza arrolladura de esa minoría y el estado de inquietud y hasta de indisciplina de la mayoría podían dar al traste con el plan del Gobierno, consideraba prudente la disolución del Parlamento y la convocatoria de otro que asegurase la serena discusión y pronta aprobación de los planes comerciales del Gobierno. Con razón ot serva nn insigne IMPARC 1 ALES escritor que han pasado ya á la categoría de lugar común las semejanzas que ofrece la revolución de Rusia en muchos de sus rasgos, con los de la revolución francesa. Con repetición se ha comparado el malestar del imperio moscovita, con el de la monarquía de Luis XVI, en 1789; el carácter bondadoso y débil de aquel desdichado Soberano, con el del Zar actual; la Corte egoísta, obcecada y dura de los príncipes de la sangre y de los magnates de París, con la de los grandes duques y grandes burócratas de San Petersburgo; la convocatoria aventurada de los Estados generales, con la de la Duma; el arrepentimiento tardío, ciego, perturbador del monarca francés, con el del autócrata ruso, y se ha seguido afanosamente el paralelismo, cual el camino seguro que podía anticiparnos las perspectivas de lo porvenir. Mas, es el caso que, ahora, y en la escala que señalan sus gigantescas proporciones, la revolución de Rusia va tomando parecido con la nuestra. Sus caracteres, en estos momentos, son la participación en ella del elemento militar y la manifestación de la indisciplina. Las úitimas sediciones tienen por base el pronuncia miento. La confusión é incertidumbre de ánimo de la tiranía, recuerdan la que se apoderó de Fernando Vil después dei alzamiento de Cabezas de San Juan, cuando, perdida la confianza en la disciplina de las tropas, recelaba que se iba á pronunciar todo cuerpo, cuyo auxilio se reclamase, según ocurrió con el que á las órdenes del conde de la Bisbal, se enviaba á sofocar la insurrección de Andalucía. A este miedo á sus propios defensores, fue á lo que cedió el despótico monarca español al restablecer y jurar él la abolida Constitución de 1812. En Sveaborg, en Cronstadt, la intentona de revolución se ha apoyado en un alzamiento militar, como ocurrió cien veces en nuestra total revolución. A la vez, -E n materia de hechos, el J ey tiene siempre se nota que los esfuerzos de los reacciorazón. No discutiremos- más. Así se desvaneció la leyenda del famoso de- narios se encaminan allí, como por acá se encaminaron, á mover la masa popular en creto y sobrevino la crisis total. Cuentan las crónicas que días tíaspués algu- sus capas más bajas, más ignorantes y sunos de los ya ex ministros y ex creyentes fer- persticiosas contra liberales y revolucío vorosos en la disolución, comentaban en La narios. Hasta reclamaciones de éstos ha Granja, delante del Rey, el famoso Consejo, habido contra una especie de sociedad y decían que había tenido gracia el hecho de ir del Ángel Exterminador fundada en á la reunión persuadidos de que existía el de- Moscou contra la Duma y sus secuacescreto. Para ustedes tendría gracia, para mí Probable es que, dentro de poco, esté no parece que replicó el Rey. el inmenso territorio ruso plagado de Pasemos ahora á otro capítulo. partidas de aldeanos fanáticos, capitaAEMECBi i neados por popes, que recuerden con sus hazañas Jas- deLcura Merino y el cura