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A B C. VIERNES 3 DE AGOSTO DE 1006. PÁG 0 EDICIÓN 1 3 EL VERANEO EN SANTANDER 31 JULIO pequeño Biarritz llamaba al Sardinero al fin de mi última crónica telegráfica de Santander. De Biarritz, su abundancia de playas, su independencia de lineas- -porque la simetría de lo monumental donde esto abunda llega á abrumar, -lo abrupto de su terreno, lo bravio de sus acantilados. Tiene también algo de Arcachón: sus hermosos pinares. Lo que desgraciadamente no tiene de Biarritz ni de Arcachón es ese espíritu industrial que allende las fronteras hace milagros. Resultaría ridículo descubrir ei Sardinero. Parecería sospechoso arremeter contra sus defectos, porque éstos no son de la Naturaleza, pródiga con Santander como con pocas provincias, sino de poderosas empresas, desde la de los ferrocarriles del Norte, que no hace nada, mejor dicho, que hace cuanto puede en perjuicio de esta ciudad y de su puerto, hasta la explotadora del Sardinero, que no hace por el negocio más que sacarle el jugo que puede. Tampoco saldría bien librado en el capítulo SANTANDER. EL SARDINERO POR LA MAÑANA plir. Todos los servicios públicos de esta preciosa barriada ha de pagarlos el Municipio santanderino, que, en cambio, no ha de beneficiarse de una pulgada de terreno ni de un centímetro cúbico de aire. Eso es todo de la Sociedad explotadora. ¿No conoces tampoco, lector, la historia de La Alfonsina? De seguro que si. De fijo que sabes que un Ayuntamiento, allá en las proximidades de la Revolución, cedió á Isabel 13 magníficos terrenos entre la Magdalena y el Sardinero para que la espléndida soberana edificase un palacio que la sirviese de residencia de verano (en aquellos tiempos había, por lo visto, Ayuntamientos que sabían cómo se explota una industria veraniega) pero con la condición de que los terrenos volviesen al Concejo si aquel proyecto no se realizaba. Considerados como patrimonio Real por los Gobiernos revolucionarios, se incautó de ellos el Estado. Pleiteó Santander; se le exigió un depósito previo de muchos miles de pesetas; le constituyó; ganó el litigio en todas las instancias y al cabo de cerca de cuarenta años Santander no es dueño de sus terrenos ni del depósito. Se le declara, sí, propietario hasta el punto de no hacer el Registro de la Propiedad ninguna inscripción á nombre de particulares; i, a LAS CASETAS DE LA PLAYA DE BAÑOS de cargos el Ayuntamiento santanderino, que consiente abusos como el de cobrar i5 céntimos por ocupación de una silla en el paseo público (acaso como merecido castigo á este público que comete el delito imperdonable de sentarse dando la espalda al mar) y como el de tolerar que ¡os propietarios de las casas no pinten, revoquen ó aseen la cara de sus fincas para que el interior de la ciudad resulte más en consonancia con la grandiosidad monumental del caserío que se mira en el espejo inmenso de su hermosa bahía. Es como la mujer bonita, que por cuidar su rostro abandona la pulcritud de su cuerpo. Santander, á poco que haga por si, puede sostener ventajosa competencia con las ciudades más preferidas por la gente que veranea. Hoy, sin hoteles de primer orden y sin refinansientos que la moda y la práctica demandan, compite. ¡Qué sería si diese ese paso de avance tan necesario para adaptarse á la vida moderna! Pero Santander, pueblo tan noble y tan simpático, es también, y acaso por lo mismo, un pueblo desgraciado, víctima de la injusticia de los hombres y del caciquismo de la política. Santander, siendo suyo el Sardinero, no tiene en él más que muchas obligaciones que cura- EN LOS CESTOS DE LA PLAYA fots. Asen jo