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LA PLAZA LLAMADA PUERTA DEL SOu EXCURSJONES VERANIEGAS J s domingo. Son las seis de la mañana. La estación del Norte se ve concurridísima. Centenares de personas tornan por asalto los trenes, acomodándose como Dios les da á entender en ios no siempre confortables vagones que aún circulan por nuestras vías férreas. Los viajeros son todos aquellos madrileños que aún se permiten el lujo de pasar el día en el campo; los que trabajan toda la semana, y soportan con evangélica resignación los 38 ó 40 grados- -la temperatura del frito- -de que disfrutamos gratuitamente en este Madrid de nuestros pecados; los que no pueden visitar las frescas playas del Cantábrico ni los balnearios de moda, y, en una palabra, todos aquellos que se contentan con la consoladora ilusión ds que veranean. A las seis y media silba la locomotora y se pone en marcha el convoy. No hay despedidas tiernas, ni lágrimas, ni abrazos... ni detalle alguno de esos que dan carácter á la partida de los trenes. Todos los que se van volverán al día siguiente, salve descarrilamiento, choque ú otra cualquiera chapuza que pueda ocurrir por el camino, porque la oficina, el taller ó la ií- UN LUGAR TÍPICO, LOS PICUTOS brfca esperan, y no caben aplazamientos ni argucias para tornar á la ergástula. La mañana es fresca, deliciosa; una mañana primaveral. A medida que el tren avanza cruzando los extensos y aromáticos pinares, nuestro consecuente amigo y vecino el Guadarrama, nos envía sus frescas caricias. Una hora más tarde llega á Villalba e! llamado tren de los maridos. Los viajeros descienden apresuradamente de sus respectivos vagones; unos se quedan en el pueblo, convertido desde hace algunos años en estación veraniega, y otros, los más, toman por asalto unos carricoches desvencijados que hacen el servicio entre Vilialba y Guadarrama. ¡Arre, Coronela! ¡Arre, Generala. -grita el mayoral. El coche se pone en movimiento, y nosotro? nos encomendamos al santo de nuestra particular predilección, ante la aterradora perspectiva de nueve kilómetros en coche y por carretera. Pero ¡oh, sorpresa gratísima! la carretera está limpia, cuidada con esmero y ¡sin un bache! ¡En qué buen estado se halla la carreteral- -dijimos á un peón caminero. ¡Ya lo creo que lo está! -nos contestó sonriendo. -Como que por esta carretera anda siemore en automóvil S. M UN PEÑASCAL DE LA SIERRA Fots. Goñi.