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A B C VIERNES 27 DE JULIO DE i 9 c 6. PAG. 7. EDICIÓN i. No tienen educación y caen donde más molestan. Después de probar un rato lo que un basurero anida, se te posan en el plato y te amargan la comida; ó en tinta mojan las patas, se te van luego al papel, disfrutan las insensatas haciendo estragos en él, y creen que como son lista. á todo tienen derecho. Por ellas suelen ser vistas las jóvenes en el lecho... y aunque de sí las ahuyenten, se fijan las moscas bien. Es lástima que no cuenten un poco de lo que venl Bullen á más y mejor, y opino yo que este año no hay menos que el anterior; jpero, en fin, por si me engaño, todo el que no lo crea le ofrezco una distracción: contar 1 moscas q- c v ¿a por toda la pobla a y saber qué tal verana de moscas es el actual; mas, fuere ó no fuere vano lo dicho en Z Imparcial, con ellas bromas no quiero pues, con cinismo que irrita se burlan del mosquitero v del tonto que lo agita. JUAN PÉREZ ZÚÑIGA ¡Oh, arte sublime! El artista, ante las dificultades que en la génesis de su obra se le presentan, tórnase soberbio y hasta iracundo. Ay de la doncella que haya recibido encargo de planchar la americana y tenga la desgracia de tostarla! ¡Ay de aquel criado que no logre hacer desaparecer una rebelde manchal... Ay de la lavandera que no traiga á tiempo la camisa de listas azuladas! El elegante es inflexible y no perdona. Sin embargo, miradle cuando ya acicalado se dirige á la estación, ó al paseo de moda, ó á la misa de once. Su rostro se ilumina, su sonrisa es bondadosa, sus ademanes son galantes, y sólo conserva cierto cuidadoso empaque para no descomponerse ante las bellas ninfas de la colonia. Y cuan fácil es de conseguir la elegancia en estos sitios! Las muchachas, con una faldita gris de tres volantes (de esas que parecen los conocidos vasos de campo compuestos de tres anillos que unos en otros encajan) y unas cuantas blusas bordadas, tienen lo bastante para que se diga: ¡Qué mona es Fulanita! Los muchachos, con remangarse el pantalón como si lloviera (único medio de que cualquier pantalón siente bien) y con lucir un calcetín de pintas ó una americana original, han asegurado el éxito de la temporada. Yo estoy gustando mucho con una cazadora TIPOS DEL VERANEO ¿Quieren ustedes sa ¿er un secreto de los jue veraneamos por estos pueblecitos de la sierra? Pues oigan, y luego mediten: Todas las ropas que traemos en los equipajes vienen en mediano uso y destinadas á acabar su larga ida entre estas montañas... Muchas veces ht pensado que semejantes veraneos son únicamente pretextos para rematar las existencias que en indumentaria poseemos de temporadas anteriores. Y es que da gusto observar cómo la rusticidad del medio en que vivimos durante estos tres meses, realza el valor de algunas prendas que en la corte juzgábamos ya agotadas. Hay quien no sale de su apoteosis al verse OS ELEGANTES L- entre rocas y malezas, hecho un príncipe d? Gales, con un terno que en Madrid no podía Uevar dignamente. Esta es la causa de que en verano las gentes parezcan de categoría social superior á la que en realidad ocupan. Los vestidos usados se amoldan á los cuerpos con cierta gracia exenta de rigidez, y las personas que los llevan adquieren pasajera distinción. Calculen ustedes, ahora que ya saoen lo an terior, con cuánta facilidad pasarán plaza d elegantes los que se preocupen algo de sí mis mos y traigan traidoramente ocultas en las maletas dos ó tres novedades. Ya sé yo que en las grandes playas y balnearios veranean señoras y caballeros que lucen lujosas toilettes ex profesamente construidas para el caso; pero no es á estos elegantes á los que me refiero. Los elegantes que más abundan por las colonias veraniegas de España son los elegantes á poca costa, las niñas que se defienden con una falda y varias Musitas y los pollos cuya suprema distinción estriba en llevar uní americana blanca, una camisa con cifra, un pantalón de ca i con raya planchada y unas inmaculadas alpargatas. Estos son los tipos más dignos de estudio y ios que constituyen la regla general. Los otros ion excepcionales en nuestro pobre país. Y he dicho antes que estos humildes profesionales de la goma son elegantes á poca costa. Entiéndase bien que con ello quiero decir: á poca costa de bolsillo, pero no del esfuerzo personal, que es tan grande que basta por sí solo para hacer dignos de respeto á tipos tales. Ignoro el trabajo que á las mujeres costará su elegancia; pero sé por cuenta propia el que á los hombres nos acarrea el quedar bien en estas sociedades reducidas que forman los actuales veraneos. Yo, aunque sea inmodestia decirio (que no lo es) pertenezco á la clase de elegantes caniculares. Desde Junio hasta Octubre me doy cierto pisto de dandy barato. Con muy pocas martingalas y con escasos sacrificios pecuniarios ocupo sitio distinguido entre la crema veraniega que, por causa del mismo calor, suele ser crema agria. Y esto me permite conocer al detalle todos los trabajos que el elegante tiene que verificar para presentarse en público con el decoro que tan sagrado papel exige. Claro que con ellos no llego á ser el hon de la e egancia; pero en su banquete consigo sentarme más cerca de Petronio que de D. Valeriano Weyler. Quedamos, pues, en que soy un eíegante que va á traicionar ¡ay! á sus compañeros de dandinismo, descubriendo los secretos de tan difícil arte. La vida del gomoso estival es sin descanso. La propia limpieza del cuerpo y el repaso de su ropa ocúpanie toda la mañana. El cuarto- dormitorio del elegante es culto camarín en el que se engendran los mayores milagros. La entrada en estos misterioso sagrarios está prohibida rigurosamente. ¿Por qué... Porque si en ellos penetrásemos veríamos que el protagonista había dormido sobre su propio pantalón para que así, entre el peso y el calor de los colchones, quedase perfectamente planchado y con el pliegue cortante como afilada arista. Veríamos sobre un mueble la afeminada aguja dispuesta con hilo doble para coser botones y desperfectos, quizá de la misma camisa. Contemplaríamos al luego estirado sujeto, todo encogido sobre sus alpargatas, tratando de blanca y cruzada, que compré por nueve pesetas en Madrid y que á pesar de sus frecuentes lavaduras, aún no ha encogido. Y gustaría mucho más, si no fuera porque recuerdo, con ella, á esos industriales que hacen caramelos estirando una pegajosa pasta, colgada de un gancho. Sin este parecido con los confiteros, semejanza que no previ cuando me la vendieron, quién sabe si á estas horas se hubiera enamorado de mí esa yanqui que vuelve locos á los millonarios norteamericanos. Guasas aparte, lo cierto es que los elegantes cucos abundan por estos contornos del Guadarrama, y que su arte no depende sólo de la ropa sino también de la gracia con que la llevan, de los gestos y ademanes, y sobre todo, de la natural apostura. La buena colocación del cuerpo es esencial en estos elegantes que han de defenderse con poco gasto. Ya estén en pie, sentados, en marcha, ó en reposo, estos modestos arbitros de la elegancia han de cuidar de estar tan bien colocados, por lo menos, como los parientes de Montero F íos. blanquearlas con una pastilla caliza disuelta e agua. Sorprenderíamos, en fin, esa tramoya tramposa que todo arte tiene en su íntimo desarrollo, y n ás que ninguno, el arte de agradar. Y han de poner mucho celo, ademas, en evitar las tempestades, poique esta elegancia de verano, toda almidón y cola, se disuelve apenas caen cuatro gotas Por eso me decía un médico que aun no ha sido ministro de Instrucción, que las mojaduras producen terribles efectos en los reumáticos y en... los elegantes... Sin duda tiene razón. Luis DE TAPIA El Escorial, Julio, 90 S.