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CUATRO NUM. 5 4 4 CRONICA UN 1 VERSAL ILUSTRADA. que un cammo de criterio. A pesar de esto, el rumor público asegura que ese criterio se rectifica. Una mera combinación política sirve de fundamento á la mudanza. ¡Esto, para ir levantando el prestigioso concepto, que la política y los políticos merecen de la sociedad española! Pero ¿qué objeto puede tener esa combinación? ¿Es que se trata de crear un capitán general, que suceda en la jefatura del Gobierno de los liberales al general López Domínguez, cuando el cansancio ó los achaques de la edad obliguen á éste señor á retirarse de la vida pública? ¿Es esto solamente una malicia? ¿A qué obedece entonces, el indicado propósito? ¿Cómo lo habrán de apreciar los que antes se vieron en el mismo caso, y hubieron de. ced r á la corriente de opinión? Y, sobre todo ¿qué necesidad obliga á prescindir de todo antecedente, y á crearse tamaña dificultad, sin causa reconocida? Como no sea la de probar que continuamos inalterables en nuestros procedimientos políticos, no es fácil acertar con la respuesta MANUSL TROYANO 5 ¿MADR! P, 10 DE JULIO DE 1906, SUELNUMERO TO, 5 CÉNTIMOS rés debieran temerlas y evitarlas: tos Gobiernos. Los últimos Gabinetes han muerto por suicidio. 1 Parlamento, la Corona, sus amigos, hasia sus enemigos políticos les deseaban vid más dilatada. Ellos la han rehusado voluntariamente; ellos se crearon conflictos que nadie les suscitaba; ellos, enfermos de aprensión, se sugirieron la enfermedad de que murieron. El Sr. Montero RÍOS murió de miedo á un problema, que habría él resuelto como su sucesor, porque estaba resuelto fatalmente desde que fue planteado. Ei Sr. Moret ha muerto de otra aprensión: la de que las Cortes no habrían de votar un progra ma nonato, desconocido, quizá imaginario. ¡Oh! ¿habría de resistirse á un programa libera aquella mayoría dócil que, cabalmente pop complacencia pecaminosa, se resignó á votar una ley reaccionaria? CRÓNICA POLÍTICA En nuestro desdichado país los Gobiernos, cuando no hallan en! as circunstancias, que inmediatamente les rodean, dificultades graves, se apresuran á creárselas ellos. Y, cuando tropiezan con muchas, también se crean una más. No encuentra pocas á su paso el actual Gabinete. Sin embargo, ya se dice que Se está preparando una, que ni las necesidades de la Nación la demandan, ni en modo alguno la realidad impone: tal es la concesión del tercer entorchado. En la memoria de los habituales lectores de A B C estará algo de lo mucho, que se dijo en estas columnas, cuando al fallecimiento del ilustre general Blanco se trató de cubrir la vacante de capitán general que el marqués de Peña Plata había dejado. También se reprodujo no poco de lo mucho que decían otros periódicos. 1 candidato de entonces no era el mismo que parece serlo ahora. Mas las observaciones y consideraciones hechas entonces, pueden ser hoy repetidas con idéntica razón. Se tuvo presente, á la sazón, que la dignidad de capitán general es demasiado alta para ser estimada cual mero ascenso de la carrera militar. Se recordó, que fue instituida para premiar gloriosos y extraordinarios servicios, prestados á la Nación por un teniente general. Se demostró que la ley constitutiva del Ejército fijaba en cuatro el número de capitanes generales, no por satisfacer necesidades permanentes de aquél, sino como máximum, para evitar, sin duda, los abusos, que habían permitido un tiempo tener España más príncipes de la milicia que todo el resto de Europa junto, atrayéndose las burlas consiguientes. Se expuso la consideración de que equivaldría á remover como posos en el ánimo de otras naciones los depresivos juicios, sujeridos por nuestros ya casi olvidados desastres, el hecho de dar por ellos tan valiosa recompensa á los caudillos que habían intervenido en aquellos sucesos. Se dijo, en fin, acerca del asunto cuanto la sana razón inspiraba. No se insistió en ei proposito. La pla a pareció quedar, si no amortizada, en espera de gloriosos acontecimientos que justificasen su adjudicación. El elemento militar fue el que más agradeció resolución tan bien aconsejada. Porque, mientras más se eleva esa suprema dignidad jnás se enaltece á los que ejercen la noble profesión de las armas; pues la altura de una cordillera se mide por las de sus más elevados picos. Nada ha ocurrido después que justifir SEGUNDO GOLPE Pero el Gobierno se fingía ese peligro an tes de acometerlo. Es original el empeño de obtener la respuesta antes de hacer la pregun ta: es cruel en el marido matar á la mujer re cien desposada por temor de las infidelidades futuras, y es injusta manera de enjuiciamiento el decapitar á unas Cortes sin oírlas. La disolución á deshora, hubiera adquirido, por innecesaria, improcedente y caprichosa, color de golpe de Estado en provecho de un favorito. El joven Monarca ha dado una lección de derecho parlamentario y de doctrina democrática al viejo demócrata que debe su elevación, muy legitima, a las lides del Parlamento, donde su admirable palabra fue siempre rayo de luz nueva. Y ahora el Gobierno actual debe comenzat su obra, no en palabras de futuro sino en acatos de presente. Pero sin tardanza, al entrar, y apenas pasados los umbrales de los ministerios. No haga lo que aquellos enamorados, pobres de ingenio, que dejan olvidado intencionadamente el paraguas como pretexto para volver á la casa anuda. Y estos programas postumos suelen ser los paraguas con que se guarecen nuestros políticos mientras están en la calle: lo plegan en cuanto entran en el Ministerio. Si el Gobierno es derrotado en las Cortes (y el Sr. Moret amenaza con contribuir á la derrota) entonces serán llegadas para el señor López Domínguez la razón oportuna y la hora propicia de pedir la disolución en nombre del programa liberal combatido. Pero si con el actual continúan tos Gabinetes de los siete durmientes, si prosigue la política vacua é inane, el Gobierno morirá pronto, y el partido liberal h brá dejado por toda huella de su paso y toda muestra de su. liberalismo la ley arancelaria que nos ha atraído la excomunión mercantil de Europa, y la ley jurisdicciones que ha puesto el pensamiento bajo la espada y sometido aquellos ya olvidados derechos individuales al derecho de la fuerza. Y dentro de pocos meses el Crucifijo y el tapete rojo presenciarán otra mudanza y otro juramento. Pidamos para bien de todos que no suceda así. Hay que sentar á los políticos agitados por inconstancias neuróticas; hay que serenar la política insegura, infecunda y sin raíces en terrenos tan movedizos. Porque cuando menudean los Ministerios relámpagos y los ministros exhalaciones, no está 1 lejano el trueno: el trueno de una política, de un régimen, de una nación. EUGENIO SELLES PROCESIÓN DE GOBIERNOS íl tapete de terciopelo rojo que cubre la re gia mesa y el paciente Cnic ¡fi o que. le- -vantado en ella, consagra el juramento de los ministros en la cámara Real, deben de estar muy deteriorados de) continuo traer y llevar y quitar y poner en que los complica la mudanza vertiginosa de consejeros de la Corona. E! guarda- muebles de Palacio haría un bien i la conservación de aquellos preciosos objetos st los dejara instalados de modo definitivo bajo un rótulo que dijera asi: Servicio permanente para crisis y juramentos. Se recomienda á los señores ministros entrantes que jureí sin detenerse, por si sus sucesores están ya esperando turno en la antecámara. Justifica estas precauciones la política de tiro rápido que se usa ahora. En pocos meses cuatro crisis totales, con tres presidentes nuevos y seis ó siete crisis parciales con sus sendos ministros novatos, y no salidos del cascarón, porque ie ellos contaron, los que mas, seis meses de vida, varios una quincena, y alguno, el último de Estado, ni siquiera ha merecido la quincenal era tan inocente, que en el primer Consejo i que asistió se enteró de que estaba en crisis. Tal ajetreo no es ciertamente sano ni para el Crucifijo y el tapete, ni para la seriedad de la política, ni para los intereses de la Patria, encomendados siempre á la negligencia de lo interino. ¿Y quiénes sem los culpables de e tas muaan. zas extemporáneas? Parece que debieran de ser aquellas instituciones que tienen potestad para hacerlas: las Cortes ó la Corona. Pues no; las hacen precisamente quienes por su propio inte-