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A B C J U E V E S 28 D E J U N I O Dfí, 1900. P A G 11. E D I C I Ó N i. le puao facilitar porque no había terminado el viejo, ni lo dev Ivio como es costumbre. Añade que pocos días después presentóse Terán en el Banco para cobrar una letra, que sin dificultad fue pagada. ¿Vio usted ¡a letra? -Sí, -señor. ¿Le inspiró á usted alguna desconfianza? -No, señor. ¿Era conocido Terán en el Banco? -Yo no le conocía. ¿Había usted visto alguna firma del Sr. García Gutiérrez el Cantinero -Había visto varias, y puedo asegurar que no eran iguales; bien es verdad- -dice- -que esto ocurre con todas, y si las cotejamos es por rasgos característicos. A ás empleados. Comparecen después D. Rafael de las Heras y D. Andrés García, ambos empleados del Banco de España. El primero confirma lo expuesto por el Sr. Larra respecto al libro talonario de cuentas corrientes, y como aquél, asegura que vio la letra cuando con ella presentóse Terán, y. después de confrontar la firma, convencido de su autenticidad, la pagó. El Sr. García refiere al Tribunal las operaciones que se realizan en el Banco para el cobro de letras, y diré que cuando se presentó Terán á cobrar no se le exigió conocimiento porque ya le traía la letra. Terminada la declaración de este testigo, el presidente suspende la sesión por quince minutos. El calor es asfixiante y la atmósfera de la sala irrespirable. En los pasillos coméntase las rigurosas órdenes que el presidente ha dictado á los ujieres en lo que á la entrada en el local se refiere, pues no se ha conseguido con ello más que dejar fuera de la Sección á personas que tienen más derecho á estar en ella que cierta parte del público que ayer resultó privilegiado. Por lo que hace á nosotros, sin censurar en modo alguno la conducta del presidente, creemos que ciertos extremos de rigor son, cuando menos, innecesarios, Al reanudar la sesión comparece t j l Cantinero. Dice llamarse Manuel García Gutiérrez, y tener setenta y dos años, que el presidente considera bien llevados; al menos así lo dice en alta voz, con general regocijo. Asegura que tuvo á sus órdenes á Terán y á Luciano González, pero á ésts le despidió porque no le convenían sus servicios. En cambio Terán dice que le inspiro siempre mucha confianza, porque cumplió exactamente sus órdenes. Cuando se ausento ae Madrid no le dio orden expresa á T rán para el cobro de cantidades, porque tenía poder para hacerlo. Desde el extranjero, añade que le escribió una carta, pero en ella no le decía más que se internaba en Suiza. ¿Y qué viaje se proponía hacer usted? -Pues desde Suiza me proponía ir á Italia y de Italia á Roma. (Risas. En esta última población supe que Terán había pagado una letra de 254.000 pesetas, y me puse en seguida en viaje para Madrid. ¿Y qué le dijo usted á Terán cuando lo vio en la Delegación? j- -Que había pagado esa cantidad por orden mía; yo lo negué y entonces me enseñó una media tarjeta y el recibo ciya firma yo no reconocí. ¿Y no le dijo á usted nada más Terán? -No, señor. ¿No le enseñó á usted un telegrama y una carta en la que le hablaba usted de la entrega del dinero? -No, señor; no me enseñó nada. ¿Sospechó usted de la conducta de Terán y de Luciano cuando se d scubrió la estafa? -Sí, señor; yo sospeché de todos los dependientes que tenía en la casa. ¿Y por qué sospechó usted? -Porque había detalles y pormenores en la realización de delito que sólo la gente de mi casa podía conocer y facilitar. -Después de descubierto el delito, ¿ha rectificado el concepto que tenía de Terán? O con más claridad: ¿sigue usted, suponiendo que su antiguo dependiente ha tenido íntcrvnelán en la estafa ó cree, por el contrario, que sz hn üejad- o sorpren der por los autores del de ¡to? -No puedo contestarle, poique como hay hombres que parecen honrados y no lo son... ¿Pero no puede usted precisar si sigue sos pechando de Terán? -No; no puedo decirlo, porque unas veces creo que sí y otras que no. -Y respecto á Luciano González ¿puede decir roe si sospecha? -Tampoco puedo contentar; pera más me in duce á suponer que ha intervenido en el delito. ¿Y por qué sospecha usted de este individuo? -Entre otras razones, por su posición, pues se hallaba muy mal de dinero y tenía muchas nece sidades. ¿Conoce usted á Mam Reina? -Sí, señor. He tenido (roetes de dinero cor ella en diferentes ocasiones, ¿Y ha cumplido siempre sus oMjgaclones? -No, señor; porque todavía me adeuda algunas cantidades. ¿Le ha dirigido María Reída alguna carta que contuviera varias amenazas? -No, señor. No he recibido ninguna. A una pregunta del Sr. Ruíz Jiménez, contesta el Cantinero que ya hace bastante tiempo que está retirado de los negocios. Agrega, contestando al interrogatorio á que las defensas lo someten, que Morales, un antiguo funcionario de Telégiafos que con él vivía, es el que quedó al frente de su casa y encargado de los ne gocios cuando él se ausentó. Dice que cuando llegó él del extranjero Terán había desaparecido. ¿Pero no tenía noticias Morales de que Terán se había marchado al extranjero con el fin de visi tar á su familia? -No lo sé. ¿Y no le había dicho á Morales su dependiente Terán que había entregado un millón en Avil? por viitud de una orden de usted? -No puedo decirle, porque a njí no me. maní festó nada Morales. ¿Usted sabe si Morale 6, que no íe dijo á usted nada de esto que le pregunto, se encontraba por efecto de su edad, algo desmemoriado? -Sí, señor; estaba como leto. El presidente advierte que MoraJcs Ji 3 muerto. La defensa dice: -Ha muerto; pero el señor dirigiéndose ai Cantinero) se halla vivo, y nos está refiriendo le que hizo aquél en vida. Cuenta luego que se presentaron en su casa varios inspectores y agentes á ofrecerte trabajar poi la captura de los autores si les daba una cantidat por el servicio. -Yo les ofrecí dinero si lo cobraba del Banco; pero después no he dado nada, porque nada h? hecho ninguno. (Risas. -Después de salir Terán de la cárcel, ¿ha teñí- do cm usted alguna conferencia? -No, señor. -En las confidencias que usted tuvo con la po licía ¿habló algo de Teián? -No, señor. ¿Han sido muchos Jos policías que han ido i visitarle pera pedirle dinerc? -Sí, señor. Añade que alguno de esos policías le visitó para pedirle una prima á cambio de revelar dónde se encontraban los autores, porque algunos afiro maban saberlo. Uno de los defensores pregunta si sabe que á Luciano le llamaban por su fidelidad el Perro del Cantinero. -Nunca he oído semejante cosa. (Risas. -El teniente Robles ¿se presentó en su case para pedirle dinero y detener en cambio á los au tores? -Sí, señor. ¿Llegó usted á darle alguna cantidad? -Mil pesetas; pero no quise pasar de ahí, y le dije que no le daba un cuarto más. ¿Había usted ofrecido algún premio á la poli cía si se castigaba á los auto; es? -Sí, señor, 20.000 peseta i. ¿Es cierto que el teniente Robles te ha recia mado á usted judicialmente e) premia ofrecido? -Sí, señor; pero creo que el pleito está er suspenso. Afirma luego que otorgó un poder amplio Terán; pero en aquel documento a hablaba de) Banco. (Risas. LA. CAUSA D E L CANTINERO TERCERA SESIÓN I os. peritos. A las nueve y medía comenzó á practicarse la piuefaa pericial, compareciendo los Sres. Cuéllar, Romana, Gómez del Campillo. Izquierdo y Cordero. El fiscal pide en primer término que emitan su opinión respecto á la letra falsificada, á las cartas y á las firmas; pero los peritos ruegan á la Sala que antes de informar se les lea el escrito que obra en el sumario con las opiniones que entonces emitieron. El secretario lo hace así, y al acabar la lectura, manifiestan que se ratifican en todo lo expuesto. El Sr. Cuéllar dice por vía de ampliación que Jos documentos que han examinado fueron trazados por una misma mano, y que se advierten analogías entre las cartas falsificadas y los escritos de Luciano González (a) el Perro del Cantinero. Para concretar más el informe pide el Sr. CuéIlar que escriban todos los procesados, pero el fiscal considera que es suficiente con que lo hagan Conde, María Reina y Luciano González. El acusador privado y las defensas muéstranse conformes con lo dicho por el fiscal, y la Sala acuerda que los tres mencionados por el representante de la ley escriban lo que el Sr. Cuéllar les dicte. Acércase Conde á la mesa del relator, y con tranquilidad, sin preocuparse de lo que le rodea, cálase las gafas y comienza á escribir; los peritos se aproximan á Conde y le observan detenidamente. El público espera con impaciencia el resultado de esta pneba. Termina Conde de escribir lo que le han dictatío, y el presidente ordena que los restantes pro esados pasen á una habitación inmediata para que con toda calma pueda prarticarse la pru ba pericial. Lo hacen así, y á excepción de María Reina, que, como Conde, escribe sobre la mesa que hay en la Sala, entran en la habitación donde el Jurado delibera Luciano González, Eugenio Fernández y Lorenzo Díaz, pues el fiscal ha solicitado también que escriban estos dos individuos: el uno, para comprobar si escribió ó no el telegrama, y el otro para que pueda cotejarse su firma con la del ru- iiiesto Manuel Vázquez. pRUBBA TESTIFICAL M a u e l S a n z S a l d a ña. Se encuentra en la actualidad procesado por estafa, aunque en su deseo de ocultarlo dice que tiene cuentas con la jtKticia, por no liquidar las que tenia con un particular. Conoce á Eugenio Fernández hace mucho tiempo. Afirma que el teniente Robles consiguió que le diera una carta, de la que aquél juró no hacer mal uso, pues no se proponía otra cosa que salvar á un anciano inocente y digno de compasión. ¿Qué le prometió el teniente á cambio de esa arta? -Me prometió no descubrirme. ¿De quién era esa carta que tanto codiciaba 1 Sr. Robles? -Era de Eugenio Fernández é iba dirigida á Monte Cario. ¿Sabe el testigo algo del hecho de autos? -No sé nada. ¿Conoce usted á Mariano Conde? -Sí, señor; he tenido y tengo amistad con él, y aun puedo asegurar que le he prestado algunos favores en distintas ocasiones. -Y dinero, ¿le ha prestado usted? -Sí, señor; también le entregué en el mes de unió de 1902 una cantidad, que por cierto no ne ha devuelto. A lartín Sardini. Este testigo preséntase con traje de presidiario, pues se halla extinguiendo una condena en 1 penal de Valencia. Afirma que ha sido cochero en Avila, pero no recuerda sí en su coche condujo á la fonda á alguno de los procesados en la época á que se refieren tos sucesos origen de la causa. T on Federico Larra. Está empleado en el Banco de España. Recuerda que se le presentó Terán en el raes de Agosto de 1901 solicitando un talonario nuevo de cuentas corrientes, talonario, dice, que no se