Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A R C J U E V E S 14 D E J U N I O DE 1006. P A G 4 ¿D 1 C 3O W y. 9 pintores singularmente- -presfjban los artistas granadinos de más nombradla, quedan ya reducidas á las infantiles carocas, encanto de los campesinos de la vega, en las que más es de ver la agudeza del rimador (poniendo cómicamente de relieve los sucesos ó tipos de actualidad, en redondillas ó quintillas) que la destreza del que manchó los lienzos del decorado con los colores de la paleta. No se levantan ya empalizadas de laureles, ni alrededor del altar se colocan fuentes que diviertan los ojos, ni siquiera, como todavía en el siglo xvm, las tropas dan guardia en la plaza las veinticuatro horas que está adornada. Hoy todo es sencillo y como para salir del paso sin aprieto. Con todo, ¡a velada en Bibarrambla es, del cartel de festejos, uno de los números más interesantes. j p N CARLOS V Es la hora del concier- to. Centenares de coches pasan como una exhalación por los bosques de la Alhambra. En el camino las llamas de! as farolas oscilan movidas por el viento. A través del ramaje de la espesa arboleda vense por las cuestas desfilar, vestidas con trajes claros, figuras á que la distancia y la imaginación dan aspecto de sombras morunas que reviven para poblar de nuevo aquellos encantados lugares. Contemplando ías Juces errantes de! os carruajes, dijérase que desfila una procesión fantástica y silenciosa. rídades de fuña sobre Jss c íestas. Por ellas descienden á la ciudad las moras cristianizadas, perfumando las: alamedas. Mientras, allá en ío alto, el palacio de Carlos V vuelve á quedar muerto en la obscuridad. Solamente los gnomos de la música puedef resucitarle. T ía grande es en Granada el del Corpus. Pregónanlo alegremente las campanas de las cien iglesias y conventos de la ciudad, echadas á vuelo en rivalidad armoniosa. Las calles hierven con ruidos y agitación de colmena, y para alfombrarlas, los pueblos de la vega inundan de juncia y hierbas olorosas la población. Nadie teme al sol, que de ¡os damascos de las colgaduras, de la plata de los candelabros que ornan los altares, del oro y las sedas que brillan en tos ornamentos sagrados, de las armaduras militares y de los bordados estandartes, arranca chispas de viva luz que rinde las raíradas. Soñad con Granada. Que con razón la llamaron los poetas árabes el cielo del mando. ROBOLFO G! L LOS AMIGOS O A Z O N D É L A Hombres desapiadados, A M I S T A D c r u e I e s P e r 1 tíé -réis q u e nosotros no seamos amigos de todos los políticos? ¿Es que nosotros no vamos á poder tener una sonrisa de afecto, un apretón de manos, una palabra amable, todo esto que no vale nada y es sigo, para estos compañeros nuestros que nos han acompañado en nuestros monótonos paseos por los pasillos del Parlamento ó se han sentado- á nuestro lado en los pobres divanes del salón de Cemferencias? ¿Es que nosotras- no sabemos que hay en la vida algo más hondo, más inapreciable que la inteligencia, y que este algo es la efusión, la cordialidad, ese efluvio espiritual que se desprende de nuestro ser, que no podemos definir y que obra el milagro de que un hombre nos cautive más, por humilde que sea, qtre si nos dijera ías palabras profundas de Platón ó los sutiles conceptos de Petrarca? ¿Y es que sobre la inteligencia y sobre la cordialidad no debemos tener en cuenta para juzgar á un hombre, para disculparle, las mil circunstancias que nos empujan por e! ca mino de la vida, las mil fatalidades que nos llevan por esta senda y no por aquélla, ¡as mi 1 fuerzas desconocidas que juegan con nosotros, que nos oprimen y c uc hacen que, á pesar nuestro, seamos de trna manera y no de otra? Hombres crueles, tengamos un poco de amor paia los seres que marchan á nuestre lado por el camino de la vida. Pasada la media noche, cuando Jas músicas han enmudecido, todavía resuena en las calles e! eco de la voz de los aguadores ambulantes y el pregón de los que en las esquinas venden las clásicas barretas hechas con miel cuajada y garbanzos ó con miel y ajonjolí, y los obligados turrones del Corpus. Re! el jueves grande más q ningún otro que g ó P día del año. Es la hora de la procesión. Por Jas vías de la carrera el viento esparce el penetrante y suave olor del incienso y el eco de lasmúsicas. La luz y el fuego que del cielo caen pasan tamizados por los toldos de lona que sombrean las casas y las aceras llenas de gente. Ya viene la comitiva de la Pública, precedida: por los alguacilillos. Los gigantes y ios enanos son entretenimiento, distracción y castigode los muchachos que los acosan. En la famosa y tradicional Tarasca, las damas buscan, más que su sentido alegórico, los caprichos y elegancias de la moda. Tras ella van los clarines, timbaleros y palafreneros, el heraldo con el estandarte de Granada, los pajes con el precioso y venerado escudo de Castilla, que se ha creído bordó la Reina Católica, y la carroza de flores de la ciudad. La procesión hoy no es ni remedo de lo que fue antaño. De ella han desaparecido los diablillos, que ya en el siglo xvi abrían marcha, las carrozas triunfales simbólicas, las danzas de sarao, cascabel y quenia, los célebres carros de Autos, llenos de comediantes, y los gremios organizados en cofradías. Ni lucen ahora, como en lo antiguo, en la torre de la catedral y en las fortalezas las luminarias que en la noche del Señor ardían y fulgían en los monumentos como ascuas de ora; ni la artillería de la Alhambra con salvas repetidas y estruendosas, hace los honores debidos á la fiesta. La Custodia, de estilo plateresco, pasa sobre la creyente muchedumbre arrodillada, como sobre el mar de Tiberíades Cristo, entre nubes de incienso, músicas graves y cantos litúrgicos, bajo espesa lluvia de flores que de todos los balcones desciende, y despidiendo de sus argénteas filigranas y rica pedrería, mal oculta por rosas y magnolias, deslumbradores destellos que ciegan ios ojos y reavivan los corazones. LA PROCESIÓN Hasta el portillo abierto en la muralla, y convertido en puerta, llega el resplandor de los focos eléctricos del palacio de Carlos V. El genio de la música agita con sacudimientos de vida al ingente coloso petrificado. Ni son ceguíes, ni abencerrajes, ni cortesanos del gran Emperador, los que llenan el recinto. El arte congrega en el patio circular y en las amplias galerías á los caballeros y á las bellas de Granada. Más parece aquel lugar templo que palacio, con el cielo por techumbre. Coronas de laurel y guirnaldas de flores ornan arcos y columnas. Puestos los ojos en el mago de la música, todos escuchan con religioso recogimiento. En vibraciones suavísimas, y en frases valientes y expresivas parecen venir del alcázar de A hamar los sonidos que en sus instrumentos despierta la orquesta. El Sr. Borbolla es uno ele nuestros mejores amigos; todas! ac tardes él y nosotros éramos los primeros que aparecíamos en el salón de Conferencias; noto ros habíamos llegado un momento j antes, habíamos encendido las cuatro chime neas- -ésta era nuestra misión sagrada- -y nos habíamos sentado tranquilamente en un diván. Entonces entraba el Sr. Borbolla. Nuestro amigo es alto y cenceño; su faz es morena, cetrina; una barba negra, ancha y corta lo encuadra. El Sr. Borbolla entra con paso rápido, vivo; viene con un fajo formidable de cariasen la mano; se detiene un momento en medio del salón; echa una mirada súbita por su ámbito; nos ve á nosotros; grita: ¡Hola, Azorínl y se acerca, casi de un salto, con un gesto instantáneo, á la chimenea junto á ¡a cual estamos nosotros sentados. Ya en la chimenea, el señor Borbolla deja sobre la repisa de mármol el gran montón de cartas, permanece de pie, se Flotan aún en el espacio las últimas notas, moja instintivamente el pulgar derecho con eí cuando los bosques de la Alhambra fulgen con labio y comienza á abrir sobres y leer cabías, üamarsda de incendio fantástico. Las bengalas Todas las tardes nuestro amigo se entera en enrojecen los torreones vetustos y arrojan cía- esta forma de su correspondencia. Y cuando el BORBOLLA