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A B C VIERNES i. DE JUNIO DE 1906. PAG. EDICIÓN 1 UNA BOMBA DE DINAMITA CONTRA EL COCHE REAL C I atentaao. Llegaba la comitiva en medio de vítores f aclamaciones á la parte de la calle Mayor, frente á la calle de San Nicolás. La carroza se encontraba á la altura del núm. 88 de la calle Mayor, cuando se oyó una formidable detonación. Eran las dos y cuarto de la tarde. La gente se arremolinó, loca de terror, sin saber ni darse cuenta de lo que hubiera pasado. Los cuatro troncos de caballos tordos claros que arrastraban el carruaje ocupado por los Reyes, espantáronse, emprendiendo veloz carrera y arrastrando algunos pasos al caballo de varas del lado derecho, que cayó estremeciéndose violentamente y arrojando gran cantidad de sangre. El cochero, herido también, cayó a 1 suelo desde lo alto del pescante. El general Aznar, que estaba ante la Capitanía general, acudió con su Estado Mayor al lado de la carroza de los Monarcas. Se vio á la Reina Victoria asomarse á la ventanilla derecha, sacar el busto fuera y hacer ademanes para tranquilizar á la multitud aterrada. Por la misma ventanilla, y con evidentes señales de la tremenda impresión que había recibido, se asomó el Rey. Mientras tanto, la Guardia civil llegaba á galope y rodeaba el lugar del atentado. El presidente del Consejo de Ministros, señor Moret, bajó del carruaje que ocupaba, acercándose al de los Reyes. También acudieron el ministro de Estado, señor duque de Almodóvar, y el ex ministro D. Alberto Aguilera, que dictaba disposiciones para restablecer el orden. Los camilleros de la Cruz Roja que habían establecido su puesto en la Capitanía General y que ya habían asistido á doce ó trece señoras víctimas de ataques de insolación durante la mañana, se trasladaron inmediatamente al lado de la carroza regia con objeto de asistir á os heridos. Vióse desde ios primeros momentos que estos eran bastantes y que también había algunos muertos, y tanto los camilleros como los soldados de línea trasportáronlos en seguida, á unos, á la Capitanía general, y á otros, á la farmacia militar número 2, establecida en el número 92 de la calle Mayor. Oe los conducidos á la farmacia militar, dos soldados del regimiento de Vad- Ras núm. 5o estaban muertos, con el pecho, las piernas y la cabeza completamente destrozados; un teniente primero del regimiento, también muerto; dos palafreneros, heridos, uno de ellos llamado José Pripaz; el cochero que conducía la carroza Regia, herido en el maxilar izquierdo; una niña como de diez y seis años de edad, con las piernas completamente destrozadas; un corneta del indicado regimiento, llamado José García, con erosiones en la región tibial y en los muslos. Todos estos heridos fueron asistidos desde tes primeros momentos por él médico primero de Sanidad Militar D. Enrique Obregón, el doctor Tejero, el sanitario Miguel García y el farmacéutico de primera clase Sr. Escudero. El teniente falleció en la farmacia militar y le fueron prestados los auxilios espirituales por el capellán de Ejército O Exuperio Alonso Rodríguez y el capellán de la iglesia de Santa María Sr. Rodríguez. ¡1 a comba. Según unos, me arrojada desde el piso cuarto de la casa número 88, más allá de la Embajada italiana, y según otros, desde la esauina de la calle de San Nicolás; pero en lo que todos están conformes es en que fue arrojade hacia lo alto, único modo de que haya podido llegar al centro de la calle, y en que debió ir envuelta en un ramo de flores. Inmediatamente después de ocurrir el atentado, la carroza de respeto, que iba delante de la carroza Regia, retrocedió algunos pasos y en ella tomaron asiento SS. M M que fueron objeto de una calurosa ovación por la serenidad que habían demostrado. La casa núm. 88 y la calle de San Nicolás fueron acordonadas inmediatamente, y la carroza en que iban el Rey y la Reina, emprendió su marcha hacia Palacio, rodeada por la sección montada de Orden público y por la Guardia civil de á caballo. La carroza, al pie de la cual estalló la bomba, continuó en el mismo sitio. Uno de nuestros redactores se encontró desde los primeros momentos en el lugar del suceso, y fue de los primeros en prestar auxilios á los heridos. Los cristales de los faroles y losjde las portezuelas del lado de la derecha, que es donde iba la reina Victoria, quedaron pulverizados. Los fragmentos cayeron sobre la falda de la Reina. El general Aznar que, como dejamos dicho, estaba próximo al coche Real, dispuso inmediatamente que se cerrase la puerta de la casa de donde había salido la bomba, para no dejar escapar al criminal. El Rey, desde la ventanilla del coche, le gritaba: ¡Calma, general, calma, que la confusión puede hacer más víctimas! A las tres y media se produjo otra alarma tremenda. Corrió el rumor de que el criminal estaba aún encerrado, y tenía otra bomba que se disponía á arrojar. El pánico fue indescriptible. La angustia del público y de los Príncipes y séquitos que esperaban al pie de la escalera aumentó considerablemente al ver que los señores Ruiz Jiménez, Vincenti é Ibarrola emprendían rápida carrera por la plaza de la Ar- meri a. A su encuentro salió el correo de Gabinete que regresaba gritando: ¡Los Reyes en salvo! ¡Una bomba en la calle Mayor! Estas frases corrieron como un reguero de pólvora, por todo el público, y un estremecimiento de terror sobrecogió todos los corazones. El deiegado especial del Rey, Sr. Acín, y algunos agentes á sus órdenes, corrieron al ¡u gar del suceso. A las dos y veinticinco entró en la Plaza de la Armería la carroza con las infantas doña Isabel y doña Eulalia, el infante D Carlos y e 1 heredero de la Corona. El público de las tribunas, balcones y de fa calle, agitaba sus pañuelos y gritaba sin cesar; jViva el Reyl ¡Vivan los Reyes! Ya se sabía que los augustos recién casados habían salido ilesos del atentado S. M la Reina y la Princesa Beatriz, muy conmovidas, eran vitoreadas por la muchedumbre que condensaba su sentimiento en la exclamación: ¡Pobres madres Al llegar la carroza del Rey el entusiasmo se desbordó. D. Alfonso estaba algo pálido, pero tranquilo y sonriente, animaba á la Reina Victoria frecuentemente con frases de cariñosa energía. Escoltando la carroza regia, con sus cuerpos, venían sudorosos, jadeantes, el Sr M o ret, el Sr. Aguilera y todos los ayudantes de! Cuarto militar, con su jefe, el general Bascaran que marchaban á pie. ¿Qué ha sido? -preguntó uno de nuestros redactores al Sr. Moret. -Una cosa horrible- -respondió el presidente del Consejo con voz trémula; -una bomba en la calle Mayor, á veinte pasos del Rey. Custodiando el coche iban también los caballerizos Sres. Alvarez de Toledo y conde de Fuenteblanca Ambos iban heridos: el primero en la cara. que llevaba toda ensangrentada, y el último eit una pierna; cojeaba marcadamente. Un palafrenero fue conducido á la farmacia de Palacio, donde se le curaron heridas leves en una pierna y en la mano izquierda. Al entrar en el gran zaguán de Palacio se irodujo un espectáculo indescriptible, emocionante La Reina Victoria, ¡jo osa, conmovidísims, intentaba sonreír al ver el cariñoso y delirante entusiasmo de los militares y clases de Palacio, que salían á su encuentro. Los Reyes fueron recibidos por sus augustas madres, que les abrazaron y besaron Iguales demostraciones de cariño se c a rabiaron con las demás personas Reales Los gritos de ¡viva el Reyl ¡vivan los Rcyesl (viva el Rey valiente! eran contestados con delirio. El Rey, sereno y sonriente, se dirigió á las personas que tenía más cerca, tranquilizando las con frases de afecto y agradecimiento. El gran ramal y el camón de la escalera de Palacio, lleno de damas en trajes de corte, de Príncipes y Princesas, militares de varios ejércitos, sedas, blondas y pedrería presentaban un aspecto deslumbrador. Por entre una masa compacta ae Keaies y aristocráticas personas subieron los Reyes, en s volandas materialmente. A un lado iban el marqués de la Mina y el La noticia en Palacio. salió de los JeróDesde que la comitiva nimos, en Palacio se recibían frecuentes noticias dando cuenta de su paso según avanzaba. A las dos menos cuarto entró en la plaza de la Armería la sección de la Guardia civil. Entraron después las carrozas de los Grandes y las de ¡os Principes extranjeros. El descenso de los coches se hacía con gran lentitud. Poco después de las dos, las clases de etiqueta se fueron colocando para recibir á los Reyes. A las dos y diez minutos oímos una fuerte detonación estando en la plaza de la Armería. ¡Ya empiezan las salvasl- -dijo un curioso. ¿No será una bomba? -replicó un individuo que estaba próximo á nosotros, y añadió: Hoy hace un año que le tiraron al Rey la bomba en París. El cortejo sufrió una larga interrupción. Después de haber- entrado la carroza que conducía á los príncipes de Gales, ya no se veía ningún carruaje de gala. Comenzaron los comentarios sobre la injustificada parada. De pronto, se vio que dos caballeros vestídos de levita y sombrero de copa, atravesaba corriendo la verja de la citada plaza. Se acercaron al corro que en la puerta principal de Palacio formaban el gobernador, el alcalde, el jefe de Vigilancia y otras personas. Cambiaron breves palabras é inmediatamente salió á galope tendido un oficial de Artillería y detrás un correo de gabinete. En Palacio se produjo grandísima alarma. Todo el mundo comprendía que sucedía algo extraordinario.