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A B C VIERNES i. DE JUNIO DE 1906. PAG. a marcha LelAcomitiva enmenosy veinte minutos se recilas once be aviso de salida se ponen las tropas en movimiento. Se preparan las carrozas y rodea la puerta te Escolta Real. Creyóse al principio que la carroza de! a llovía podría entrar en el portal del ministerio, pero no sucedió así y tuvo que colocarse en la plaza, junto á! a puerta de servicio. Al aparecer en el zaguán la novia, su madre y la Reina doña Cristina, se percibe un orolongado rumor de asombro en el público. No se oyen más que frases de admiración por la soberana hermosura de la Princesa. Permanece unos instantes en e! dintel de la puerta del ministerio, y la muchedumbre agita Eos pañuelos, dando ¡vivas! En todas partes se escuchan expresiones de entusiasmo hacia la Princesa hermosísima. Entró en el coche, primero, la princesa Victoria, y doña María Cristina la ayudó á recoger y colocar la cola del vestido, pasando luego la Reina á colocarse á la derecha de aquélla. En frente de ambas tomó asiento la princesa Beatriz de Battenberg, madre de la novia. A las once menos diez minutos, se pone en marcha la carroza de las Reinas. El orden de la comitiva era el siguiente: Coche de París con la duquesa de la Conquista, miss Cokrane, lady Wiliiam Cecil y el grande de España de servicio con la Reina doña Cristina. Coche de París con los príncipes Leopoldo y Mauricio de Battenberg y lord William Cecil. Coche de corona ducal, con la princesa María de Battenber, el príncipe Víctor (su hijo) y el príncipe Alejandro de Battenberg. Coche de caoba, con las princesas Victoria y Beatriz de Battenberg y la Reina doña María Cristina. Rodeaba este coche la Escolta Real, y delante iba en su coche el presidente del Consejo. j fn accidente. Al arrancar la carroza denominada de París se espantó el caballo que montaba un soldado de la Escolta Rea 1 que cayó a! suelo delante del carruaje. El jinete, que era el soldado Rafael Alvaíez, quedó debajo de la carroza, y como el coche no había parado, se creyó que una rueda había pasado sobre el cuello del soldado; pero éste se levantó y anduvo unos pasos por su pie. Reconocido en el acto se vio que había sufrido fuertes contusiones en la mano derecha, sobre la cual le pasó la rueda de la carroza, y no se la aplastó por la muñeca gracias al manguito de charol que la resguardaba. El herido fue conducido á la Casa de Socorro del distrito de Palacio. Un policía sujetó al caballo de las bridas, evitando que marchara al galope por la carrera. Los demás accidentes consistieron en desmayos sin importancia. Una mujer del pueblo sufrió un síncope y tuvo que ser conducida á una taberna, donde se consiguió reanimarla. A una niñita la sacaron medio asfixiada de entre la muchedumbre. í os pases de la Prensa. Por lo que respecta á la parte de la carrera comprendida entre la calle de Bailen y la plaza de los Ministerios, los pases de los periodistas han sido respetados, y á sus poseedores se les ha dado todo género de facilidades para realizar su penosa tarea. Tanto el coronel de Orden público, como el capitán delegado, el teniente Sr. Villarreal, y los inspectores ya mencionados, han guardado á los periodistas todas las atenciones conv; patibles con los deberes de sus cargos Lo mismo es justo decir de los soldados y de la Guardia civil; pero esto no es de extrañar teniendo en cuenta que mandaba la tropa tendida en aquel sitio un jefe tan atento y bondadoso como el teniente coronel Sr. Páez Jaramillo, y el tercio de la Guardia civil, un jefe no menos caballeroso, como lo es el señor Madrigal. A todos testimoniamos nuestro agradecimiento por sus atenciones, con las que han demostrado que no con exageradas medidas de rigor se puede conservar mejor e! orden público. EDICIÓN 1. marqués de Sotomayor, y á la izquierda, el jefe interino del Cuerpo Militar, general Bascaran. Delante iba el primer caballerizo, Sr. Alvarez de Toledo, y al estribo izquierdo, el caballerizo conde de Fuente B anca. Al salir la comitiva del Rey ocurrió un pe queño incidente por pretender colocarse inmediatamente detrás de la carioza del Monarca el conde de Rom? nones. E! ministro de la Gobernación, que ocupaba un coche oficial con el secretaiio del Gobierno civil, hubo de quedarse después de la Escolta Reah En la plaza de Oriente y calle de Baüén una muchedumbre inmensa se estrujaba sufriendo los rigores de! sol. El cortejo se organizó en la fórma aue decimos en otro lugar. Antes de salir Ja comitiva todos los Príncipes extranjeros que se alojan en Palacio cumplimentaron á S. M el Rey. A buscar á 3 a Princesa. A las diez menos cinco salió por ia puerta del Príncipe la comitiva de la Rema madre. En la carroza de su servidumbre iban el marqués de Aguilar de Campoo y la duquesa de Santa Cristina. Al estribo se puso el caballerizo Sr. Peñarredonda. Doña María Cristina lucía elegantísimo vestido blanco y mantilla del mismo color. Su aspecto era de gran satisfacción, y contestaba afectuosamente á los saludos que se le acían. Doña Mana Cristina hizo un expresivo sa ludo á la joven princesa de Mettzrnich que presenció en el portal de Palacio la salida de la comitiva que se dirigió al ministerio de Marina. Suspendemos en este punto el relato de la ceremonia para dar cabida á la información del criminal atentado. EN PALACIO preliminares. El día de ayer en Palacio fue de inusitado ajetreo desde las primeras horas de la madrugada. En caballerizas se tocó diana á las tres de la mañana para empezar las complicadas operaciones de enjaezar los caballos. En todas las dependencias del regio alcázar se notaba desde que salió el sol una actividad precursora de la solemne ceremonia que se iba á celebrar pocas horas después. I a Princesa á Madrid. A las seis y media de la mañana salió don- -Alfonso en el Panhard 2O- 3o con dirección á El Pardo. En el Palacio del Real Sitio, y después de los saludos afectuosos, e ¡Rey y la Princesa, con su madre y hermanos, tomaron el desayuno juntos. A las ocho y media regresaron á la corte ios augustos novios. Hicieron el trayecto en automóvil cerrado con las cortinillas echadas y acompañados de la princesa Beatriz. En el pescante venia ei auque de Lécera, grande de guardia con la princesa Victoria. El automóvil regio entró por la Casa de Campo, defraudando á los numerosos curiosos que esperaban el paso de los novios en la Cuesta de San Vicente. El Rey, que vestía de almirante, se quedo en las Reales caballerizas para inspeccionar los últimos preparativos. Luego subió á pie, á entrar por la Puerta del Príncipe, y fue ovacio nado. El automóvil siguió su marcha, conduciendo á las princesas de Battenberg al ministerio de Marina. Toda la servidumbre que estaba en El Pardo, vino en diez automóviles. TZJn marcha. A las nueve y media en punto se puso en marcha la comitiva regia, saliendo por la puerta principal de Palacio situada en la plaza de la Armería. Los Príncipes de Gales iban en una preciosa carroza en forma de berlina, con seis magníficos caballos adornados con las plumas blancas y negras, distintivo de la Casa de Battenberg. El Rey ocupó la carroza de la Corona Real, vistiendo uniforme de gala de capitán general. A su izquierda se sentó el infante D. Carlos, con uniforme de general de brigada y en el testero se colocó el infantito D Alfonso, heredero de la Corona, que llevaba un vestido blanco. Las tres augustas personas iban descubiertas y contestaban con gran afecto á los saludos y aclamaciones con que el público acogió su salida. En el semblante de D Alfonso se reflejaba alguna emoción, aunque aparecía sonriente y alegre. La carroza llevaba echada una cortinilla para evitar los rayos del sol. Al estribo derecho del Rey se colocaron el capitán genera y el jefe de k sco ¡ta Rea! jpn el Congreso En la fachada del Congreso habían sido construidas dos tribunas, que desde muy temprano se vieron ocupadas por gran número de señoras. En la escalinata estaban ¡os senadores, diputados y periodistas. Enfrente, en la plaza ae las Cortes, otrs gran tribuna, propiedad también del Congreso, rebosaba elegantes damas, que sufrían valientemente el calor con tal de no perder detalle del vistoso espectáculo. En ias aceras, aquí como en toda la extensión de la carrera, un inmenso público era á duras penas contenido por la fila de soldados. El Sr. Moret, a) pasar por frente al Congreso, saludó afectuosamente á Jos que en su pórtico y escalinata estaban. El paso del Rey, primero, v ei de la princesa Victoria, después, arrancó una tempestad de aplausos y de ¡vivas! La ovación se prolongó durante largo rato. Y el juicio de todas las señoras y el de todos los hombres coincidía en reconocer la belleza de la nueva Reina. limpia y perfuma eí cabello, el legítimo PETRÓLEO