Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
SUPLEMENTO DE A B C JUEVES 17 DE MAYO DE 1906. LA INFANCIA DE LOS GRANDES HOMBRES LUIS VAN BEETHOVEN i EL TARRO DE POMADA r i o s mío! ¡Qué desgracia es ser feo! Así decía un niño de cinco años que, subido encima de una silla colocada delante de un tocador y provisto de un cepillo, sacaba de un tarro de pomada que tenía al lado grandes porciones de ella y las extendía por sus cabellos negros y crispados, tratando de sacar lustre con el cepillo y sujetar su encrespada cabellera. ¡Qué desgracia es ser feo, sobre todo cuando uno es el lieiedero de Mr. Beethoven, primer tenor de la capilla del Elector de Colonia! Y pensar que llegará un día en que tendré que cantar en la capilla y oiré decir á todas las mujeres: ¡Dios mío, qué reo es... ¡Cómo cansa el ser feo! Si ¡yo fuera bonito, hace una hora que ya estaría aviado... Y no es esto lo peor, sino que después de quemarme tanto la sangre, apuesto á que Leonor no estará contenta. Porque cuenta dos años mas que yo, puesto que tiene siete y j está más alta, se cree con derecho á todo... Pero yo sé lo que tengo que hacer... la pegaré mucho... mucho... y al r ín concluirá por quererme... ¡Bonito modo de hacerse querer, Luis! -dijo una mu jer joven, apareciendo en la puerta de la habitación. ¡Qué quieres mamá ¡Es un medio como otro cualquiera! -respondió Luis atusándose con fuerza la cabeza- on el cepillo. ¿A quién piensas tratat con unos modos tan finos? -A Leonor- -dijo Luis. ¿A Leonor, la hija del Elector de Colonia? -preguntó la joven. -Esa misma... -afirmó el sino. ¿Y por qué, hijo mío? ¡Por que no me quie ce! ¡por esol- -respondió aquél sin vacilar. -Y esperasquete quiera. -A fuerza de castigarla, sí, señora- continuó Luis acabando la frase de su madre. -Pero, hijo mío- -dijo Mad. Beethoven, penetrando más en la habitación; -si M r Stumer, tu profesor de escritura, á quien tienes tan poco cariño, te pegara mucho... ¿le querrías entonces más? -Muchísimo menos- -dijo Luis sin detenerse. -Pues entonces... -continuó su mamá, -Sí. madre mía; pero Leonor no tiene motivos para no quererme, como yo los tengo con M r Stumer; yo no la enseño á escribir, ni poso una hora todos los días repitiéndola: No ponga usted los dedos tan tiesos... Coja usted mejor la pluma... Separe usted más el cuerpo de la mesa... No menee usted los codos... Tenga usted quietas las manos... Ese perfil está torcido... empiece usted otra vez... No lo entiende usted... Vuelva usted áhacerlo... Si fuera usted hijo mío, le ponía á usted á pan y agua por quince días... ¡Qué agradable es esto! Yo no digo á Leonot ninguna cosa de éstas. Por lo tanto, no tiene razón para no quererme; es preciso que me quiera... -Pero ¿qué diablos estás haciendo subido en esa silla? -le preguntó su madre, acercándose del todo. -Y al ver entonces en lo que se entretenía su hijo: ¿Qué haces con mi pomada? ¡Toma, me estoy poniendo guapo! -contestó Luis con altanería. f A estas palabras, dos niños, ¡z uno de cuatro años y el j otro de tres, que acababan de entrar en la habitación, soltaron una gran carcajada, tan natural y espontánea, que las lágrimas asomaron á los ojo? de Luis- -Reíos, reíos- -dijo Jleno de rabia; -ríete, Juan, y tú también, Carlos, nete. ¿Es culpa mía que sea feo, moreno y con los cabellos crespos? Si no soy blanco, sonrosado y rubio como vosotros, ¿es cul; JJ pa mía? 1- -No, no, pobrecitoLuis- -dijo su mamá, pesarosa de haberse reído y deseando borrar con una caricia el disgusto que había producido á su hijo. -No, hijo mío... tú no eres feo... cuando eres bueno. -Sí, ya lo sé; soy feo- dijo Luis llorando, -y por eso lloro; y cuando m? pongo á llorar soy todavía más feo... también lo sé; ¡por eso nadie me quiere! ¿Ni yo, Luis? -replicó su madre en un tono de triste reconvención. -Usted me quiere porque i, es mi mamá, y las mamas tienen obligación de querer siempre a sus hijos- -respondió Lu s... -P e r o los de j más... la señorita Simrok... Leonor... -Leonor no te quiere porque la pegas- -dijo Carlos. -La pego porque no me quiere- -contestó Luis; -y tanto la castigaré, que al fin me querrá... ¡Como si pudiera quererse á los que le hacen á uno daño! -replicó el niño más pequeño, que apenas sabía hablar. En este momento se presentó Mr. Beethoven. Este era un hombre de unos cincuenta año; y podría decirse que tenía una buena figuia. Se continuaraj.