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Federico Espinos y García Csuzmán el B u e n o 34, M a d r i d T e l é f o n o 1.657 I C 50 BIBLIOTECA DH A B C 9 SAMUNCHO 177 Itchúa manda quedo, como con sordina, al igual del sonido que resulta al pasar el arco p o r las últimas cuerdas de un contrabajo, y á su alrededor, en esas tiniebla profundas, se adivina á otros contrabandistas cargados- prontos á aventurarse en su negocie Esta es, rhora más intensa que nunca, la vida de Rawuncho; su existencia la constituyen las correrías nocturnas, especialmente en las noches veladas y sin luna, cuando no se ve nada, cuando los Pirineos se levantan como un caos sombrío. Queriendo reunir la mayor cantidad posible de dinero para poder marchar, toma parte en todos los contrabandos, lo mismo en los que rinden un buen producto, como en los que se arriesga la vida p o r un puñado de cobre. Y de ordinario también A r r a koa le acompaña, sin necesidad, p o r pura fantasía, más bien p o r entretenerse. Son además inseparables amigos Ramunchoy Arrakoa, que hasta hablan de sus proyectos referentes al rapto de Madalén; Arrakoa, seducido p o r la atracción de una proeza atrevida, p o r el goce de quitar una monja á la iglesia, p o r destruir los planes testarudos de su madre, y Ramuncho, á pesar de sus escrúpulos de cristiano que le detienen aún, viendo en el peligroso paso su sola esperanza, su sola razón de obrar y de existir. Desde hacía un mes se decidió, en principio, la arriesgada tentativa, y durante sus conversaciones de las veladas de Diciembre, en los caminos donde se paseaban ó en los rincones d e las sidrerías de la aldea, separados de los demás, en mesa aparte, discutiendo los medios de realizar su plan como si se tratara de una sencilla empresa de las que frecuentemente ejecutaban en la raya fronteriza. Será preciso obrar rápidamente, concluía siempre Arrakoa, o b r a r en la sorpresa de una primera entrevista que emocionará á Madalén de un modo espantoso, sin dejar que refíe xione ni Que se ponga, habrá que intentar el r a p t o dolorosa concrencia, más desgarradora aun, uel irrevo cable marchar de su madre y para no volver nunca... las lágrimas le asaltaron y lloró allí solo, en medio del res petuoso silencio... Al fin abrió la caja. Sus arterias latían pesadamente. Bajo los árboles di alrededor, en la obscuridad solitaria de fuera, creyó oir el agitarse de figuras indeterminadas para venir á mirar p o r los cristales. Escuchaba el aliento de otros, en su propio pecho, como si respirasen detrás de el. Las sombras se agolpaban cual si quisieran interesarse en lo que iba á hacer... La casa llenóse de fantasmas... E r a n las cartas, conservadas allí hacía veinte años, todas de la misma letra, una letra descuidada y fácil al mismo tiempo, como suelen tenerla las gentes de gran trato y de mucha cultura y que, á los ojos de algunos, es indicio de gran diferencia social. Al principio se dejó envolver p o r un vago sueño de protección, de crecimiento y riqueza, que parecía escaparse de las cartas y que cambió el curso de sus pensamientos tristes... N o tenía duda alguna respecto á la mano que las había escrito; teníalas en las manos temblorosas, no atreviéndose á leerlas ni aun á mirar la firma. Una sola conservábase en su soore; estonces descifró las señas: Señora doña Francisca Duval... j A h sil se acordaba de haber oído decir que su madre, en la época de su desaparición del país vasco, había llevado por algún tiempo ese n o m b r e Seguía una indicación de la calle y del número, que, sin leerla, le produjo mal efecto y que le hizo subir el r u b o r al r o s t r o después el nombre de la gran ciudad en la que él naciera... Con los ojos fijos, se quedó silencioso, sin mirar á n a d a Y de repente tuvo la horrible visión de aquella casa oculta en un barrio apartado y de su madre, joven, elegante, viviendo con un h o m b r e ¡Dios sabe con quién... U n vértigo se