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Durante el silencio, aquello tan impío que apenas se había atrevido á concebir y á guardarlo en sí mismo, le parecía menos quimérico, más realizable, casi seguro... N o no es inadmisible que la vuelva á ver. Y si hubiera necesidad, sin duda que le protegería Arrafcoa, su mismo hermano. ¡Oh, que tentación turbaba nuevamente su alma... Preguntó secamente: ¿Dónde está? ¿Lejos de Ü- JÍ? -Bastante lejos, hacia Navarra; cinco ó seis horas de coche. La han cambiado dos veces de convento desde que la tienen. Ahora está en Amezqueta, más allá de los grandes encinares de Oyanzabal; se va por Mendichoco, ya sabes dónde; me parece que pasamos por allí una noche, con Itchúa, en nuestro oficio. Salía Ja gente de Misa mayor... Pasaron algunos grupos: mujeres, lindas mozas de elegante aspecto, entre las cuales no se ve á Madalén; muchas boinas echadas sobre frentes tostadas por la intemperie. Todas esas personas se volverán para mirar á los dos bebedores tras la ventana. El viento, que sopla un poco más fuerte, empuja á fúnebre baile á las hojas secas de los plátanos, correteadoras y danzantes allí fuera, en la calle. Pasó también una mujer, ya de edad, que por debajo de la mantilla negra les echó una mirada triste y siniestra: -Ya pasa mi madre- -dijo Arrakoa; ¡todavía nos mira de mal modo... Y... ¡puede estar orgullosa de lo que ha hecho... La primera castigada, además, es ella, porque concluirá por ser una vieja solitaria... Catalina, la de los Elsagaray, ya sabes, va á servirla de día; por Ja noche no tiene con quién hablar... Una voz de bajo profundo les interrumpió de repente, con un saludo vasco, hueco como el sonido de una ca- verna, mientras ai e una mano grande y pesada cayó sobre el hombro de íVarnuncho: era Itchúa, Itchúa que había concluido de cantar su liturgia en la iglesia, Itchúa, sin cambiar en nada, con su misma cara, por la que parecía no pasar los años, siempre con aquella máscara incolora que igual podía ser de monje que de salteador, con sus mismos ojos hundidos, ocultos, como ausentes de sus cuencas. También su alma debía de conservarse semejante, el alma donde cabían, á la vez, la devoción acendrada y la impasibilidad homicida. ¡Ah! -dijo con tono que quiso endulzar todo lo posible- ¡ya estás otra vez entre nosotros, Ramuncho! Entonces trabajaremos juntos, ¿eh? El negocio marcha bien y necesitamos brazos para la frontera española. Volverás á las de antes, ¿no es cierto? -Quizá- -respondió Ramuncho medio asustado. -Que os pueden oír hablar... Desde hacía algunos minutos había revoloteado de nuevo por su espíritu la idea de marchar á América... ¡No! quedarse en el país era mejor, emprender la vida de antes, reflexionar y esperar obstinadamente. Y mucho más ahora que sabía dónde estaba ella, en aquel Amezqueta, á cinco ó seis horas de distancia... Aunque peligrosos, complacíase entonces en acariciar toda clase de sacrilegos proyectos, que hasta aquel día ni siquiera se hubiese atrevido á concebir. IV A. las doce fue á su casa solitaria para ver á su maaut. La mejoría febril y un poco artificial continuaba. Cuidada por la anciana Doyamburu, afirmó que sentía curarse, y temerosa de ver á su hijo sin hacer nada y pensativo, le hizo volver á bajar á la plaza para que presenciara el partido de pelota del domingo El alentar del viento era otra vez cálido; soplaba el