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A B C SÁBADO 28 DE ABRIL DE 1906. PAG. 6. EDICIÓN i. Consejos interesantes I emos recibido el Boletín del instituto de Sueroierapia, Vacunación y Bacteriología de Alfonso ITI, que contiene una interesante información científica y trabajos que, como el relativo ai tratamiento antirrábico que firma el ilustre D r LSsvador, merece ser leído, pues trata de las precauciones que debe guardar todo el que sea mordido por algún animal sospechoso de rabia. He aquí los consejos que consideramos de más interés: Toda persona rnoraida por anima! que se sospeche está hidrófobo, d e b e sin perder tiempo, recluirlo, cuando esto es posible, llamando al veterinario. Si el animal recluido muere dentro de los ocho días después de haber mordido, es necesario mandar su cabeza, con parte del cuello, en un cajón con serrín ó arena fresca y hielo, ó bien un trozo de masa cerebral en glicerina, á este Instituto, para su análisis; todo esto hecho con ¡a mayor urgencia posible. Estando comprobado por repetidas experiencias, que cuatro días antes de declararse la rabia en el animal, ya la baba es infecciosa, y, por lo tanto, puede transmitir la enfermedad al hombre, todo mordido en este período de tiempo debe someterse al tratamiento. uTodo animal recluido para su observación, y que al noveno día no ha muerto, puede asegurarse que no está hidrófobo, y, por lo tanto, no son peligrosas sus mordeduras. Es necesario desechar la mala costumbre de dar muerte inmediata al animal que se sospecha rabioso, haciéndole desaparecer, cuando tan necesario es para las investigaciones y análisis. Los auxilios que deben prestarse á los lesionados por animal rabioso, son, en primer lugar, ¡a aplicación del termocauterio ó hierro candente, limitándole al sitio de la herida, siempre que e ¡tiempo transcurrido no pase de una hora. Como la preparación de este medio siempre exige algún tiempo, puede suplirse con los toques de tintura de yodo ó de zumo de limón, que son tópicos admitidos como atenuantes de! virus rábico. El trabajo del D r Llavador contiene, además, una estadística que demuestra que, durante el año 1905, han sido sometidos al tratamiento antirrábico en Madrid a 5o enfermos, sin que ninguno haya fallecido de la terrible infección rábica. Estos datos no pueden ser más significativos. Después de hsber oído cuatro ó cinco historias inverosímiles, uno de los invitados, dirigiéndose á Sarcey, le dijo: -Usted también, querido maestro, habrá sin duda cazado alguna vez. Mucho nos agradaría oírle referir alguna de sus aventuras. -Confieso que no soy grsn cazador... He cazado una sola vez, y he conservado de esa caza tan nial recuerdo, que no se me ha ocurrido repetir la suerte. ¿Cómo fue? Los detalles deben ser interesantes. -Nada de eso. Hasta temo aburriros. La aventura as insubstancial. Se trata de una vulgar caza de osos. Y Sarcey prosiguió: -Me encontraba en los Pirineos, y hacía frecuentes expediciones por las montañas. Mi guía me dijo un día: -Si quiere usted cazar un oso, puedo ofrecerle una magnífica ocasión. Todas las mañanas, hacia las diez, un oso enorme se pasea por el- sendero que está del otro lado de la roca que hemos visto el otro día a! regresar de Estaube. Si quiere usted matarlo, podemos aguardarle emboscados detrás de la roca. Subiré á un alto, anunc: aré la presencia del animal, y en el momento preciso en que pase a tres metros de donde esté usted emboscado, disparará sin riesgo dos tiros á quema ropa. ¡Es un juego de niños! -Bien; pero si se le ocurre ai oso variar de camino y venir hacia mí. -Ya se ve- -contestó riéndose el guía- -que no conoce usted ¡as costumbres de los osos. No se apartan nunca de su habitual camino. -Está bien. Resolvimos en emprender la caza al día siguiente. A la hora convenida, mi guía, pretextando un súbito malestar, se excusó; pero como la aventura me agradaba, fui solo. A las nueve y media estaba ya en el sitio indicado. La larga caminata, tras de un madrugón, me había cansado; me senté en la brecha formada por la roca, luego me tumbé; por fin, me dormí. -jQué imprudencial- -Un gruñido sordo me despertó. La cabeza del oso estaba á diez centímetros de la mía; su aliento caliente y apestoso llegaba hasta mi nariz. Me había olido de lejos, y para alcanzarme había dado la vuelta á las rocas. Supongo que adivinarán ustedes lo demás. -No. ¿Qué hizo el oso? Entontes, con su acostumbrada naturalidad, con tono de absoluta sinceridad, Sarcey declaró: CONCURSO DE APUESTAS MUTUAS SUMAS REMITIDAS por nuestros helores de provincias, ios de Madrid (condición j. no figuran en estas lisias. En vez del nombre puede indicarse un seudónimo condición 8. s) D Emilio Yela Acevedo Doña Dolores Andreu Jacinta Andreu D Mariano Camáñez Rosendo Monllon Luis Bohigas. José Solís José San Juan. R. G. Tabepré. J. N M D. Arturo del Campo Ajma! Cédula núm. i.53o Cédula núm. 7.923. D. José María Yarra Miguel de Fuentes Guillermo Ginesta Antonio Pozano. Sebastián Barba. B Vicente Díaz B Francisco Servat. B Juan Vilagrán Emilio Torren José F Caldeiro Julián Carandelí B Joaquín Amaré B Francisco A. Humanes Eduardo de Francisco. J Rafael Pardo O Doña Luisa Mora. D. Enrique Quepón Lsón María deí Campo Thucidides. D. Ciríaco Granados Cayetano Pardiñas Antonio García Cédula núm. 21.254. D José Amaldos B Munuel Vicente B Federico Amaldos B Blas Rais Doña Prisca Gesta D. Antonio Bassa lsabelsta F de la C. y C J Orozco Doña Isabel García D Enrique Rodríguez Ramón Mora Julián Ruiz B Filadelfo Castrillo José Castrillo Honorato Calleja José Resat José For Juan B. Rivas. Leandro Soler B Ángel Latre José Sempere B Antonio Fabra Aurelio Rodríguez B Miguel Monforte JÍ Eduardo Domingo Cecilio Vela. JO Pía 2 jo 5 5 2 5 ¡jo 16 2 3o 3 25 5 o 1 ¡s ¡1 1 i 3 5 2 1 2 2 3 4 2 a 2 2 2 1 1 1 2 5 JO 10 LA CAZA D E SARCEY T eferiré este cuento tal como me lo ha con tado un amigo íntimo de Sarcey. Cierto domingo estábamos convidados a almorzar Sarcey y yo en el cattillo de X. Llegamos, nos presentaron á una docena de cazadores allí reunidos. Encantados de encontrarse en compañía del célebre crítico, y sabiendo que éste solía reflejar sus artículos en la 2 1 3 1 5 6 4 2 1 vida real, hablaron de caza, de sus hazañas cinegéticas, de sus aventuras, de sus proezas, capaces de hacer palidecer de envidia al Tartarín de Daudet ¿El oso? ¿Pero qué demonios querían ustedes que hiciera... ¡Me devoró, y nada más! Desde entonces, como ya lo he dicho, no he vuelto á cazar. Fue entendida la lección. Los cazadores de imaginación demasiado fecunda se rieron. con risa forzada, y variaron de conversación. MAKC LANGLA 1 S ESPAÑA Y 1859- 60, 1906 tratado de paz de Como consecuencia delaño siguiente en MaTetuán, se firmó al drid, el 20 de Noviembre de 1861, el de comercio, que aprobado por las Cortes y recibída la sanción Real, a- pareció en la Gaceta de 20