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Tres años han pasado desde que se marcho... fres años, ¡ayl es un nada fugitivo en el andar de la vida, pero á su edad es un abismo de tiempo que cambia y jíiuda las cosas todas. Después de esta ausencia tan larga, aquella aldea adorada, ¡qué empequeñecida se le aparece, qué pobre, encerrada entre montes, triste y perdida... En el fondo inculto de su alma de muchacho acercándose á la virilidad, resurge para atormentarle aquella lucha de sentimientos propios de un hombre de cultura y refinado, y que son la herencia de un padre desconocido: el apegamiento casi enfermizo á la casa na. iva, al terruño donde corrió la infancia, y el horror á volver á él, á encerrarse allí, cuando se sabe que hay en el mundo un más allá tan vasto y tan libre... Después de aquella tarde primaveral, mostróse el otoño en el ponerse rápido del sol, en el subir desde los valles bajos un aire fresco cargado del olor de hojas moribundas y de musgo. Se ¡e lepresentaron entonces á Ramuncho mil detalles Se otras otoñadas del país vasco, de los Noviembres de tiempos que fueron: la noche viniendo fría y desapacible después de un día espléndido de sol; las tristes brumas envolviendo el caer de la tarde; los Pirineos, borrosos entre los vapores de un gris negruzco ó bien destacándose recortados en obscura silueta sobre un cielo de oro pálido; rodeando las casas, las flores tardías de los jardines, que la helada aquí perdona largo tiempo; y dejante de todas las puertas, el manto de las hojas de los plátanos que se abovedan, el amarillo manto que se queja fúnebremente bajo las alpargatas del labriego que va á su casa á la hora de la cena... ¡Qué deliciosa ventura y qué íntima alegría, sin cuidados, al volver al hogar en otros atardeceres, después de las jornadas, por el áspero monte! ¡Qué goce en aquel tiempo arrimarse al fogón humoso que se adorna con tiras de papel de rosa calado, y calentarse al amor de las llamas de las primeras lumbres invernales... No; en la ciudad, en esos amontonamientos de habitaciones de interiores bullentes, no se tiene la verdadera impresión de volver á casa, de albergarse por la noche al modo primitivo; no se disfruta como aquí bajo los techos eúskaros, solitarios en la paz de los campos, con la negrura de los contornos, la negrura estremeciente del follaje y la negrura cambiante de las nubes y de las cimas... Ahora, su ausencia, sus viajes, sus concepciones nuevas, le han empequeñecido y como ocultado su hogar montañés; va á encontrarlo, sin duda, casi desolado, y piensa Ramuncho, sobre todo, en que su madre no estará allí siempre, y en Madalén, que ya no estará nunca. Aceleró el paso, deseoso de abrazar á su madre; dio un rodeo, sin entrar en la aldea, para ir á su casa por un camino que domina la plaza y la iglesia; pasó rápidamente, mirándolo todo con turbación inexplicable. La paz y el silencio reinaban sobre la pobre parroquia de Etche-