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ABC. MARTES 17 DE ABRIL DE 1906. PAG. 10. EDICIÓN blar del crimen de Cifuentes, pues su mirada, sus modales y hasta su figura regordeta de mujer pacífica hacen pensar en una sencillez que dista mucho de la realidad. Pero empieza á interrogársele acerca del delito que su marido cometió, y el aspecto de aquella mujer sufre un completo cambio. Su mirada adquiere un fulgor extraño; sus mejillas se enrojecen, sus labios tiemblan, y las palabras salen en desorden, atrepellándose, á impulsos de un coraje que no intenta ocultar. Procuramos calmarla inútilmente. Su despecho, su desesperación no tienen límites, y en su furor habla mal de) juzgado, de las autoridades, de los periodistas, de los fotógrafos, de los individuos de su propia familia, de todo el mundo, en fin. algunos escalones, y allí estaba, cerca de la puerta, con ios ojos desmesuradamente abiertos, la boca contraída y los brazos en cruz... Yo no quise verlo, pero cuando Vicente lo encerró en una de las habitaciones de la casa, volví á la cocina y no pensé más que en salvar á mi marido. Mira- -le dije, -Dios no puede castigarnos por lo que has hecho, pues te has limitado á defender tu vida; pero nos castigaría seguramente si nos lucrásemos con algo que perteneciera al ermitaño; coge, pues, todos sus papeles, su dinero, cuanto en la casa tenga, y hazlo desaparecer. Vicente siguió mis consejos. Registró el cuarto de Bibiano y recogió lo poco que éste poseía; pero cuando, ya bien entrada la noche, salió con el cadáver á cuestas para arrojarlo en la sima, olvidóse de los papeles, y tuvo que volver á casa dos ó tres veces... ¡Pobre Vicente! Si ustedes le hubieran visto llorar, si hubieran presenciado la escena de desesperación y horror que siguió al crimen, le habrían tenido lástima. Porque mi marido- -continuó, exasperándose por momentos, -mató á aquel hombre por la infamia que hizo con mis hijos; pues de otro modo no le habría tocado al pelo de la ropa, porque es bueno, porque es honrado, porque jamás ha querido un céntimo de nadie... Ya ve usted, el ermitaño poseía algunas monedas de oro; para nosotros, aunque la cantidad no era muy grande, suponía, sin embargo, la satisfacción de algunas necesidades... Pues en el fondo de la sima debe de estar ese din; ro, más sanción que la de la opinión; ésta ha aplaudido Ja gallardía juvenil de Alfonso Xlll en la ocasión citada en el suelto; los ministros no tienen poder efectivo ni legal p a r a casar ni confirmar las sentencias ineludibles de la opinión. Se dice en el suelto copiado que el Rey no quiere ostentar ciertas condecoraciones hasta que se haga acreedor á ello; esto es otra cosa que aplaudirá la opinión. Alfonso Xlll, al subir al trono dz sus mayores, encontró la Nación desprovista de toda fuerza naval; encontró, adenvis, un presupuesto insuficiente para crearla y sostenerla. Con prudentes y humanas economías en el presupuesto de Guerra y en el de Clases pasivas militares, con racional organización de los organismos encargados de atender á la defensa nacional, es posible llegar á tener, en un plazo de algunos años, una escuadra de cuatro acorazados, con los cruceros, torpederos y demás buques auxiliares necesarios; á ello puede contribuir poderosamente la voluntad, bien dirigida, del Rey constitucional de España. El día en que éste pase revista á esa escuadra en las aguas del Ferrol, de Cartagena ó de Cádiz (constituidos los tres en bases eficaces de operaciones marítimas) Alfonso Xlll podrá ostentar con legítimo orgullo y con unánime aplauso de la Nación la Gran cruz del Mérito naval. Que á ello le ayuden los políticos que le rodean, es lo que deseamos todos. JENARO ALAS EL ERMITAÑO DE Cl FUENTES ni I A ENCUBRIDORA. -Parece una in feliz- -nos dijo un empleado de la cárcel cuando María Crespo entró en el patio donde acabábamos de conversar con Vicente del Olmo; -pero es peor, mucho peor que su marido. w D. TOmnS BIRAYO LECEA, abogado defensor de María Crespo. Ya más tranquila, cuéntanos algo del crimen; pero sus manifestaciones, verdaderas ó falsas, no tienen ¡a amplitud ni la aparente sinceridad que observamos en las del pastor, pues recelosa, viendo peligros aun donde no los hay ni puede haberlos, procura con habilidad no decir más que lo que la conviene. -Yo no presencié la muerte de Bibiano- -dijo contestando á preguntas nuestras. -Me hallaba fuera de la casa con mis dos hijos, cuando llegó mi marido, y apartándome de aquéllos, díjome con aire misterioso: Chica, no sé lo que he hecho. Acabo de reñir con el hermano, y lo he dejado de muy mala manera. No sé si lo he matado. ¿Pero le has dado algún golpe? -le pregunté con ansiedad. -Sí; me tiró el ollero y quena apalearme con la cayada; no he tenido más remedio que defenderme, y le he dado un golpe con las tenazas en el pecho; ha caído como si le hubiera atravesado el corazón, -Puede- -repliqué- -que no haya muerto todavía; ve á prestarle auxilio... Mi marido vacilaba. -Sí; ha debido morir- -dijo en seguida, -VICENTE DEL OLMO JODJ J! acu- porque tenía muy mala cara; los ojos se le sasado como autor del asesinato del ermita- lían de las órbitas, y daba unos saltos en el ño de Cifuentes. suelo... No voy, no voy aún, porque me impone... A primera vista tiene, en efecto, la esposa Cuando al fin se decidió, encontró en la esdel pastor un aire de bondad que aleja del ce- calera el cadáver del ermitaño; sin duda por lebro la idea que de ella se forma oyéndola ha- efecto de aquellos terribles saltos había rodado MA 7 A CRESPO BÍMZ, esposa de Vicente del Olmo, acusada como encubridora del asesino del ermitaño. Habló luego María de sus hijos, á quienes desea por momentos estrechar entre sus brazos, como estrecha al más pequeño de ellos, que ha nacido hace ocho meses en la cárcel, y del cual, por consecuencia, no se ha separado, y nos reveló la desconfianza de su espíritu ante un juicio que teme le sea desfavorable, por el ambiente de hostilidad que contra ella y su marido se formó en el pueblo. Desconfianza que demuestra, como otros detalles que en ella observamos, una inteligencia superior á la de Vicente; pues éste, como ya