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Granada, Potro 124- BIBLIOTECA DÉ A B C SAMUNCHO -J 2 J Los montes parecían cercanos y somonos, un poco amedrentadores con sus tonos morenos y leonados, ai contrastar ingentes con Jos matices blancos de las niñas, andando sobre un tapiz de hojas y hierbas recién sega- das. Todos los antiguos pendones de la iglesia estaban allí iluminados por aquel sol conocido desde hacía siglos, pero al que no veían más que una ó dos veces al año, en las grandes fiestas sagradas. El mayor, el de la Virgen, de seda blanca bordado de oro pálido, avanzaba en manos de Madalén, que iba vestida de blanco, con los ojos perdidos en pleno éxtasis místico. Detrás de las muchachas iban las mujeres, todas las mujeres de la aldea, tocadas con velo negro; entre ellas se veía á Dolores y Paquita, las dos adversarias. Los hombres, en bastante número, cerraban el cortejo con una vela en la mano, la boina en la otra, pero mostraban casi todos cabellos grises, rostros de expresiones vencidas y resignadas, cabezas de ancianos. Madalén, teniendo erguido y en alto el pendón de la Virgen, parecía en la procesión como iluminada por célicas inspiraciones; creíase andando hacia la muerte, hacia los tabernáculos celestes. Y cuando en un instante fugaz cruzaba por su imaginaria visión el recuerdo de los labios de Ramuncho, sentía en medio de toda esta blancura la impresión de una mancha abrasadora, pero deliciosa. Verdaderamente, cuanto más y de día en día se elevababan sus pensamientos, lo que menos le llevaba á su novio eran los sentidos, susceptibles en ella de ser domeñados, y lo que más y con mayor ímpetu, la ternura, la verdadera, la profunda, la que resiste al tiempo y á los engaños de la carne. Y aquella ternura aumentaba todavía al pensar en que Ramuncho era menos venturoso que ella, puesto que al no haber tenido padre estaba más abandonado en la vida... voluntad de insondables designios, para hacernos variar en el camino de la vida que nos lleva á la muerte... ¿No me respondes, Magdaléri, no me dices Bada... s Comprendía que ella estaba embriagada coa la idea como él, adiv ¡nando, en su permanecer tant tiempo silenciosa, cuántas sombras debían amontonarse en su soñar encantador y hermoso. -Ya has recibido- -díjole ella al fin- -tus papeles de naturalización, ¿verdad? -Sí, ya sabes que Uegaron la semana pasada. ¡Los traje porque tú me mandaste dar ese paso... í- -Entonces, eres ya francés... ¡Y si faitas al servicio militar, eres desertor... -No, desertor, no; prófugo, creo que se llama asi. pero es lo mismo, puesto que no se puede v lver más. ¡Yo no pienso en eso... ¡Cuánto le penaba á ella ahora ser la causa dehabei empujado á Ramuncho á aquel acto que haeía que se cerniera una amenaza tan negra sobre la alegría apenas columbrada! ¡Dios mío, desertor, él, su Ramuncho! Es decir, desterrado para siempre del país vasco tan querido! ¡Y esta marcha á las Araéricas, de repente, deseJadoramente grave y solemne como una especie muerte, puesto que no había vuelta posible... ¿Qué hacer... Quedaron los dos ansiosos y mudos, queriendo cacb cual someterse á la voluntad del otro, y esperand COÍ la misma horrible impaciencia la decisión que iban á íomar de partir ó de quedarse. Del fondo de los dos corazones subía poco á poco igual angustia, envenenando h ventura ofrecida allá abajo, en esas Américas de donde no se volvía... Y Jos invisibles incensarios nocturnos 1 Í los jazmines, de las madreselvas, de los tilos continuaban dando al aire, con más fuerza cada vez, para embriagarles, bocanadas de exquisitos perfumes; la obscuridad en que estaban envueltos parecía más acariciadora